«¿Qué es una mujer?»—Del signo heredado al operador jurídico
La pregunta «¿qué es una mujer?» rara vez plantea dificultades en el lenguaje ordinario. Los hablantes adquieren el término «mujer» tempranamente, lo utilizan con soltura y se orientan en su significado sin reflexión consciente. En contextos cotidianos, funciona de manera fluida, sin vacilación ni exigencia de una definición explícita. Sin embargo, en ámbitos académicos, jurídicos o políticos, la misma pregunta suele producir silencio, aplazamiento o una incomodidad visible.
Este contraste no indica ignorancia ni un colapso de la comprensión. Más bien señala un desplazamiento en las condiciones semióticas bajo las cuales opera la pregunta. El problema no reside en la palabra en sí, sino en el sistema que le exige desempeñar una función distinta.
El lenguaje como sistema heredado
La concepción del lenguaje de Ferdinand de Saussure ofrece un punto de partida decisivo. Para Saussure, la lengua no es una herramienta inventada o modificada a voluntad por los hablantes individuales, sino una institución social transmitida a lo largo de generaciones. Los hablantes no eligen los elementos básicos del sistema que heredan; ingresan en una red de signos ya constituida.
Como observa Saussure en el Curso de lingüística general, la asignación inicial de un significante a un concepto puede imaginarse teóricamente, pero nunca observarse históricamente. El lenguaje siempre se presenta como algo ya dado. Esta estabilidad heredada explica por qué la mayoría de las palabras funcionan sin definición explícita: su valor se sostiene sincrónicamente mediante un sistema de diferencias y un uso colectivo, no por acuerdo consciente ni por intención individual.
En este nivel, ningún individuo posee la autoridad para asignar significado de manera unilateral. El signo «mujer» opera como una unidad completa, con significante y significado ligados entre sí dentro de una práctica lingüística compartida. Su inteligibilidad no depende de criterios formales, sino de la participación en un sistema de uso históricamente sedimentado.
Reconocimiento sin codificación
La estabilidad de los términos heredados no depende únicamente de reglas formales o de definiciones exhaustivas. El lenguaje ordinario opera mediante el reconocimiento más que mediante la codificación, permitiendo a los hablantes orientarse en las categorías a partir de señales sociales, experiencia perceptiva y patrones habituales de uso. Las ambigüedades menores rara vez interrumpen la comunicación, pues se absorben de manera natural a través de la práctica.
El significado en este nivel es práctico antes que normativo. El lenguaje funciona de modo descriptivo, no jurídico. Su eficacia depende precisamente de que no necesite estar plenamente especificado. Por ello, el término «mujer» rara vez requiere aclaración en la interacción cotidiana: su inteligibilidad se sostiene en formas de vida compartidas y en la competencia lingüística, no en criterios explícitos.
Este modo de funcionamiento presupone un consenso de fondo que permanece en gran medida implícito. El signo opera porque su significado no necesita ser articulado para ser reconocido.
De la descripción a la operación: el segundo orden semiótico
La distinción que establece Roland Barthes entre sistemas semióticos de primer orden y de segundo orden ayuda a esclarecer lo que ocurre cuando los términos lingüísticos heredados migran a dominios institucionales. En los sistemas de primer orden, los signos describen y diferencian dentro de un mundo social compartido. En los sistemas de segundo orden —el derecho, la política, la ideología— los mismos signos se reutilizan para desempeñar funciones: regular conductas, autorizar decisiones y distribuir derechos u obligaciones.
Barthes formula este desplazamiento de manera concisa: «lo que es un signo en el primer sistema se convierte en un significante en el segundo». El signo no desaparece, pero su modo de operación se transforma.
Cuando «mujer» ingresa en el discurso jurídico o administrativo, deja de funcionar meramente como un término descriptivo. Se convierte en un operador cuya aplicación conlleva consecuencias materiales, normativas y exigibles. La estabilidad heredada que basta en el lenguaje ordinario ya no es suficiente. Esta transición no es ni neutra ni automática; altera las condiciones mismas bajo las cuales el signo debe operar.
La emergencia del significante «vacío»
En el segundo nivel semiótico, el signo lingüístico «mujer», originalmente compuesto de significante y significado, pasa a funcionar como significante en sí mismo. Su significado ordinario no desaparece, pero ya no puede presuponerse tácitamente. Como señala Barthes, el mito (o la significación de segundo orden) «vacía» el primer signo de su plenitud, no borrándolo, sino colocándolo a distancia.
Los signos de primer orden, cuando se reutilizan en sistemas de segundo orden, conservan su forma, pero pierden la copresencia automática de significante y significado que caracteriza al lenguaje cotidiano. Para operar eficazmente dentro de marcos institucionales, el signo debe ser resignificado. Su significado debe hacerse explícito, justificable y operativo.
La dificultad surge precisamente aquí. En el lenguaje de primer orden, «mujer» funciona como un signo estable porque su significado se mantiene socialmente y resulta prácticamente suficiente. En el segundo orden, esta estabilidad queda suspendida. El significante requiere un significado nuevamente articulado para recuperar su plenitud y poder actuar dentro de un sistema que exige aplicabilidad formal.
El signo es «vacío» no porque carezca de contenido en el uso ordinario, sino porque su significado heredado no puede transferirse directamente a un dominio que requiere criterios explícitos y precisión jurídica o administrativa. Aquello que antes se sostenía mediante el reconocimiento compartido debe ahora reconstruirse bajo condiciones de responsabilidad institucional.
Por qué el silencio se vuelve racional
La vacilación observada entre académicos, juristas o profesionales de la medicina refleja este desplazamiento estructural. Su reticencia no indica incertidumbre respecto del significado ordinario. Señala, más bien, la conciencia de que toda definición en un sistema de segundo orden es normativa: traza fronteras, incluye o excluye, y conlleva consecuencias para derechos, obligaciones y protecciones.
El silencio, en este sentido, no es un fracaso, sino una forma de contención estratégica. Reconoce que la pregunta «¿qué es una mujer?» ha pasado de un dominio descriptivo a uno que exige una asignación deliberada y responsable de significado.
Un desajuste estructural disfrazado de controversia
Buena parte del debate contemporáneo surge de no distinguir entre órdenes semióticos. Afirmaciones como «nadie sabe qué es una mujer» confunden el desafío operativo de la categorización institucional con la funcionalidad del lenguaje cotidiano.
Una perspectiva más precisa reconoce que, si bien el término funciona eficazmente en el primer nivel, su despliegue en sistemas de segundo orden exige una recalibración activa. El aparente bloqueo es, por tanto, estructural, no meramente cultural ni semántico. Tratar un signo heredado como si pudiera operar sin cambios dentro de un marco regulatorio produce confusión en torno a la inteligibilidad, en lugar de dirigir la atención hacia las decisiones sustantivas que las instituciones deben adoptar.
Conclusión: no hay definiciones inocentes
Distinguir entre niveles semióticos no resuelve los desacuerdos normativos ni determina resultados jurídicos. Sin embargo, aclara por qué ciertas preguntas generan vacilación en lugar de diálogo. El lenguaje ordinario no puede soportar el peso de la precisión jurídica sin transformarse, del mismo modo que la indeterminación teórica no puede sustituir los cierres provisionales que el derecho requiere para funcionar.
Comprender el desplazamiento semiótico restituye la claridad: el desafío no consiste en saber qué es una mujer en la vida cotidiana, sino en reconocer que los contextos institucionales exigen una asignación deliberada y responsable de significado.
Bibliografía
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Seuil, 1957.
Barthes, Roland. Elements of Semiology.
Nueva York: Hill and Wang, 1967.
Harris, Roy. Saussure and His Interpreters. Edimburgo: Edinburgh
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