La trágica muerte de la tragedia: del teatro al concepto y de este al psicoanálisis
La tragedia griega ocupa una posición singular en la historia cultural de Occidente. A diferencia de otros géneros antiguos, no parece haber dejado una descendencia directa que prolongue su forma sin fisuras. En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche formula esta idea de manera provocadora: la tragedia muere, y su muerte es, paradójicamente, trágica. Sin embargo, esta desaparición no implica esterilidad conceptual. El presente artículo defiende que la tragedia se extingue como género literario, pero sobrevive como estructura de pensamiento que migra hacia la filosofía y, más tarde, hacia el psicoanálisis. Allí donde ya no puede representarse en escena, comienza a operar como principio interpretativo de la existencia humana y del conflicto psíquico.
La tragedia griega y su final literario
Nietzsche sostiene que la tragedia ática no tuvo herederos legítimos. Mientras la épica, la lírica o incluso la comedia generaron continuidades reconocibles, la forma trágica se disolvió tras el auge del socratismo. La llamada Nueva Comedia Ática, históricamente posterior, carece de aquello que definía a la tragedia: el enfrentamiento irreductible entre fuerzas igualmente justificadas. En su lugar aparecen conflictos domesticados, resoluciones morales y personajes adaptables.
Hablar de “muerte” no implica aquí un juicio de valor negativo. No se trata de un fracaso artístico, sino del agotamiento de una forma específica de pensar el conflicto. La tragedia exige una tensión sin síntesis, algo que la cultura posterior ya no pudo sostener en el ámbito literario.
Literatura sin tragedia: Heine y Hamerling
En el siglo XIX, la literatura alemana recupera motivos trágicos, pero ya no su estructura. Heinrich Heine, en Götter im Exil (1836), imagina a los antiguos dioses viviendo disfrazados en la Europa cristiana. Dionisio aparece como figura clandestina, reducido a la ironía y al exceso nocturno. El conflicto subsiste, aunque transformado en sátira.
Algo similar ocurre en Ahasverus in Rom (1866) de Robert Hamerling. El exceso dionisíaco se convierte en espectáculo grandilocuente, pero pierde su carácter trágico. La literatura conserva imágenes, nombres y gestos, aunque ya no puede producir la experiencia de irresolución que definía al drama griego. Lo trágico se vuelve temático, no estructural.
Nietzsche: la tragedia convertida en filosofía
Nietzsche radicaliza esta pérdida. En El nacimiento de la tragedia, Apolo y Dionisio no son simples figuras mitológicas, sino principios estéticos que explican el surgimiento del arte trágico. Cuando la tragedia desaparece, el conflicto no se resuelve; cambia de lugar. La tragedia deja de ser un género y se convierte en una forma de interpretar la existencia.
En los escritos tardíos de Nietzsche, el binomio Dionisio/Crucificado emerge como traducción filosófica de una tensión ya no representable. No se trata de una oposición trágica en sentido estricto, sino de un diagnóstico cultural. Dionisio encarna la afirmación de la vida incluso ante el sufrimiento, mientras que el Crucificado simboliza una moral que transforma el dolor en valor negativo. “La afirmación de la vida incluso frente a sus problemas más difíciles” es, según Nietzsche, el núcleo de lo dionisíaco (Nietzsche, 1888/1990).
Aquí la tragedia sobrevive como criterio ontológico y axiológico, no como forma literaria.
Freud y Jung: la tragedia sin escena
El psicoanálisis hereda esta mutación. En Freud, Edipo Rey ya no funciona como obra teatral, sino como matriz estructural del deseo. El conflicto no conduce a reconciliación alguna; se inscribe como destino psíquico. La tragedia se interioriza.
Jung profundiza este desplazamiento al pensar figuras como Dionisio en términos de arquetipo. La energía vital, cuando no encuentra forma simbólica adecuada, amenaza con desbordar la conciencia. En sus seminarios sobre Nietzsche, Jung sugiere que la imposibilidad de integrar lo dionisíaco conduce a la desintegración psíquica. La tragedia reaparece, entonces, como dinámica interna, sin coro ni escena.
Conclusión
La tragedia griega no desaparece sin dejar rastro. Su muerte como género literario abre el camino para una supervivencia más profunda. Desde la literatura decimonónica hasta la filosofía nietzscheana y el psicoanálisis, lo trágico migra de la escena al concepto y del concepto a la psique. Allí donde ya no puede representarse un conflicto irreductible, este continúa operando como matriz de pensamiento. La modernidad no hereda la tragedia; hereda su estructura.
Bibliografía
- Freud, S. (1900). The Interpretation of Dreams. Standard Edition, Vol. 4–5. London: Hogarth Press.
- Hamerling, R. (1866). Ahasverus in Rom. Vienna: E. Hölzel.
- Heine, H. (1836). Götter im Exil. Hamburg: Hoffmann und Campe.
- Jung, C. G. (1954). The Archetypes and the Collective Unconscious. Collected Works, Vol. 9. Princeton: Princeton University Press.
- Nietzsche, F. (1872). Die Geburt der Tragödie. Leipzig: E. W. Fritzsch.
- Nietzsche, F. (1888/1990). Twilight of the Idols. Trans. R. J. Hollingdale. London: Penguin.
- Kaufmann, W. (1974). Nietzsche: Philosopher, Psychologist, Antichrist. Princeton: Princeton University Press.

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