¿La IA vuelve más tontos a los estudiantes, o es nuestra definición de inteligencia la que ha quedado obsoleta?

Fuente: Wikipedia
Introducción

La conversación en torno a la inteligencia artificial y la educación suele comenzar con una acusación conocida: los estudiantes que utilizan herramientas como ChatGPT de algún modo se engañan a sí mismos, producen trabajos superficiales o “aprenden menos”. Un estudio reciente del MIT ha alimentado este relato, sugiriendo que el uso de la IA reduce la implicación cognitiva y la capacidad de recuerdo. En apariencia, la conclusión es clara. Pero bajo los datos se oculta un problema más profundo: el propio debate está anclado en una metafísica de la presencia ya superada.

El supuesto de fondo es que la inteligencia es algo plenamente presente, una posesión de la mente, medible una vez retiradas las herramientas auxiliares. Dicho de otro modo, el mundo sigue tratando la cognición como si fuera un libro: delimitado, estable y autosuficiente. La IA interrumpe esta ilusión. No vuelve menos inteligentes a los estudiantes; pone en evidencia la obsolescencia de un paradigma que aún evalúa el pensamiento según lo que puede ser interiorizado y recordado. Esas métricas nunca fueron neutrales: eran logocéntricas, privilegiaban la presencia sobre la relacionalidad, el origen sobre la huella, la mente sobre la red. En este sentido, el fin del libro es inconfundible, y el comienzo de una nueva escritura, una inteligencia distribuida y dependiente de trazas, ya está en marcha.

De la economía del libro a la escritura

La escuela fue concebida para cultivar una forma específica de dominio, adecuada a un contexto de escasez. Los libros eran limitados, la información circulaba lentamente y la inteligencia se definía por lo que podía memorizarse y reproducirse de manera independiente. Las herramientas eran secundarias; se asumía que la cognición residía por completo en el individuo. Esta “economía del libro” valoraba la presencia y la retención. El estudiante era un autor autosuficiente, cuya producción demostraba la posesión del saber. Los errores eran fallos de la mente misma.

La IA desmantela esta organización. Opera en un campo de abundancia, donde redactar, resumir o reformular son tareas instantáneas. La cuestión ya no es si el estudiante “sabe” en aislamiento, sino si puede orientarse, evaluar y sintetizar. La inteligencia deja de estar interiorizada; se vuelve relacional. Surge en la interacción entre el juicio humano y la traza generada por la máquina. Allí donde el libro exigía un sujeto originario, la escritura, en sentido derridiano, es siempre ya un sistema sin centro fijo. El dominio ya no consiste en reproducir, sino en comprometerse críticamente con una red de signos en constante despliegue.

Lo que el estudio del MIT revela… y lo que oculta

El estudio del MIT divide a los participantes en tres grupos: escritura sin ayuda, escritura con motores de búsqueda o escritura con un modelo de lenguaje. Quienes utilizaron IA obtuvieron peores resultados en las pruebas de recuerdo, lo que dio lugar a la conclusión mediática de que la IA perjudica el aprendizaje. Sin embargo, el estudio presupone que el aprendizaje existe en aislamiento y que las herramientas son distracciones en lugar de elementos constitutivos de la cognición. Al retirar la IA y medir lo que queda, castiga la delegación, precisamente el momento en que se pone en acto la inteligencia distribuida.

Los participantes no recibieron formación para colaborar con la IA, ni eran competentes en técnicas de prompt o evaluación crítica. El estudio mide, por tanto, el fracaso de una externalización inicial bajo condiciones diseñadas para la autoría solitaria. Sus resultados no sorprenden: confirman la lógica del paradigma del libro, no las realidades del pensamiento mediado por IA. Lo que no evalúa es el desarrollo del juicio, el discernimiento y la fluidez, capacidades esenciales para desenvolverse en un mundo donde la inteligencia se ejerce a través de humanos y sistemas.

Chomsky y el residuo del libro

La asociación de Noam Chomsky con el MIT colorea inevitablemente la percepción pública de estos debates. Sus críticas subrayan el plagio y el conocimiento interiorizado, presentando la IA como una amenaza potencial para el aprendizaje. Pero estos argumentos se apoyan en una visión teórica que concibe la cognición como un sistema computacional individual y acotado. En este marco, las herramientas pueden asistir al desempeño, pero no constituir el pensamiento. El sentido reside en la mente; el sujeto autoriza el texto.

El estudio del MIT, aunque no esté directamente influido por Chomsky, opera bajo la misma lógica. La inteligencia se trata como algo presente, mensurable y desligado de su entorno material y tecnológico. La IA pone en evidencia los límites de este paradigma: la autoridad de la mente “originaria” se ha disuelto, el sujeto ya no ocupa el centro, y aquello que cuenta como inteligencia exige ser replanteado.

De la ética a la ontología

Gran parte del discurso sobre la IA se despliega en el plano ético: equidad, autoría, integridad. Estas cuestiones son relevantes, pero diagnostican mal el problema. El pánico moral sustituye a la lucidez ontológica, defendiendo un modelo de pensamiento que ya no existe. Tratar la IA como una amenaza a la virtud preserva prácticas de evaluación familiares, pero lo hace aislando a los estudiantes del entorno que habitarán más adelante. El debate ético encubre uno epistémico: ¿qué significa saber, razonar o producir en un mundo donde el pensamiento es distribuido, dependiente de trazas y emergente?

Un enfoque más fértil distingue entre alfabetización en IA y fluidez en IA. La alfabetización implica comprender cómo funcionan estos sistemas, sus límites y sus riesgos. La fluidez es la capacidad de interactuar con ellos de manera crítica y creativa, de generar juicio mediante la iteración. La fluidez es escritura, no libro: reconoce que la autoridad y la inteligencia no están fijadas en la mente, sino que emergen relacionalmente, en el espacio entre el humano y el sistema.

El fin del libro y el comienzo del pensamiento

La IA no empobrece la inteligencia. Revela la obsolescencia de métricas heredadas de una economía del libro, donde la escasez justificaba la interiorización y la autoría garantizaba el dominio. El peligro no reside en depender de la IA, sino en seguir midiendo la inteligencia como si la presencia plena fuera posible. Redactar un ensayo sin ayuda fue durante mucho tiempo una prueba de dominio porque evaluaba habilidades escasas. Hoy, el dominio consiste en formular problemas, interrogar resultados y asumir responsabilidad en acciones que atraviesan sistemas de trazas.

El libro ha terminado. Sus métricas, sus valores y sus sujetos ya no bastan. El comienzo de la escritura exige que la educación asuma la inteligencia como relacional, emergente e interactiva. Solo así el aprendizaje podrá seguir siendo pertinente en un mundo donde las marcas dejadas en una página, humanas o maquínicas, son huellas de algo que excede cualquier mente individual.

Referencias

Chomsky, N. (1965). Aspects of the theory of syntax. MIT Press.

Clark, A., & Chalmers, D. (1998). The extended mind. Analysis, 58(1), 7–19. https://doi.org/10.1093/analys/58.1.7

Hutchins, E. (1995). Cognition in the wild. MIT Press.

Kosmyna, N., Hauptmann, E., Yuan, Y. T., Situ, J., Liao, X.-H., Beresnitzky, A. V., Braunstein, I., & Maes, P. (2025). Your brain on ChatGPT: Accumulation of cognitive debt when using an AI assistant for essay writing tasks (arXiv:2506.08872) [Preprint]. arXiv. https://doi.org/10.48550/arXiv.2506.08872

 

 

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