La claridad como gesto revolucionario: Wordsworth, Coleridge y el agotamiento del postestructuralismo
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| Mucha’s Lyrical Ballads. AI-generated image |
Durante buena parte del siglo XX, la sospecha hacia el lenguaje fue no solo legítima, sino necesaria. El estructuralismo y, más tarde, el postestructuralismo mostraron con claridad que el sentido no es inmediato, que el significado no se apoya en un fundamento trascendental y que toda forma de expresión está atravesada por historia, poder y diferencia. Sin embargo, cuando una crítica se prolonga más allá de su necesidad histórica, corre el riesgo de transformarse en estilo, y luego en hábito. En ese punto, lo que comenzó como desmontaje termina cristalizando como retórica.
Este artículo propone una tesis simple pero, en el contexto actual, incómoda: después de décadas de crítica del sentido, la claridad se ha vuelto un gesto verdaderamente contemporáneo/moderno. Lejos de ser regresiva o ingenua, la claridad, entendida como legibilidad responsable, puede compararse con la reacción que Wordsworth y Coleridge articularon frente al lenguaje poético artificial de finales del siglo XVIII. En ambos casos, se trata de responder a una saturación retórica que ha dejado de servir al pensamiento.
Dos momentos de saturación del lenguaje
A finales del siglo XVIII, la poesía inglesa estaba dominada por una dicción ornamental, heredada por inercia, cada vez más alejada de la experiencia vivida. El proyecto romántico temprano surge como una reacción explícita contra ese desgaste. En el Preface to Lyrical Ballads (1800), Wordsworth formula con claridad su ruptura:
“The language of these men is adopted… because such men hourly communicate with the best objects from which the best part of language is originally derived.”
No se trataba de empobrecer el lenguaje, sino de liberarlo de una convención vacía. La crítica romántica no rechazaba la forma, sino su automatización.
Algo análogo ocurre hoy en el ámbito teórico. Tras décadas de análisis del signo, deconstrucción de la presencia y crítica de la metafísica, muchos discursos continúan operando como si esa revelación acabara de producirse. El resultado es una proliferación de neologismos, desplazamientos semánticos y gestos de opacidad que ya no abren nuevos problemas, sino que los cubren/crean.
Claridad no es transparencia
Defender la claridad no implica restaurar una ilusión de transparencia ni negar la complejidad del lenguaje. Sabemos, después de Saussure y Derrida, que el sentido no se da de una vez y para siempre. Pero asumir esa lección no obliga a convertir la escritura en un ejercicio de ilegibilidad.
Derrida fue explícito al respecto: no se sale de la metafísica, se la habita estratégicamente.
Esta afirmación no justifica la oscuridad, sino que impide la ilusión de un exterior puro. La claridad, en este marco, no consiste en clausurar el sentido, sino en hacer visible el recorrido del pensamiento, sin delegarlo a una retórica iniciática.
El mito contemporáneo de lo indecible
Uno de los rasgos más problemáticos del discurso teórico actual es la insistencia en señalar un “más allá” que no puede ser dicho, pero al que ciertos pensadores afirman apuntar. Este gesto —recurrente y reconocible— reproduce una estructura cercana al misticismo: hay algo esencial que no puede formularse, pero cuya existencia se sugiere mediante alusiones.
Conviene distinguir aquí entre límites empíricos y límites ontológicos. Que ciertos fenómenos escapen a nuestros sentidos no los vuelve inefables por principio. La experiencia humana se ha ampliado históricamente mediante instrumentos, conceptos y descripciones cada vez más precisas. No hay nada intrínsecamente místico en ello. Convertir la dificultad en autoridad epistémica es, más bien, una forma de blindaje discursivo.
El lenguaje común como gesto crítico
Cuando Wordsworth defiende el “lenguaje de los hombres comunes”, no está proponiendo un retorno a lo inmediato, sino una ética de la comunicación. El lenguaje común no es natural ni transparente, pero es compartido. Y esa compartibilidad es una condición básica de transmisión.
Coleridge, más atento a la especulación filosófica, tampoco confundía profundidad con confusión. En la Biographia Literaria, distingue con claridad entre dificultad real y oscuridad innecesaria. El pensamiento complejo puede —y debe— exigir esfuerzo, pero no debería exigir iniciación.
Hoy, escribir de forma clara implica renunciar a ciertos capitales simbólicos: el aura del misterio, la autoridad del iniciado, la protección de la ambigüedad calculada. Precisamente por eso, la claridad tiene un costo, y ese costo la vuelve crítica.
Después del postestructuralismo
Podríamos llamar a nuestro momento “post-postestructuralista”, aunque el nombre importa menos que el diagnóstico. Ya no estamos en la fase del descubrimiento de la inestabilidad del sentido, sino en la repetición de ese gesto como marca de pertenencia. En este contexto, seguir escribiendo como si el lenguaje acabara de ser problematizado se vuelve redundante.
Hablar claro hoy no significa negar la crítica, sino presuponerla y avanzar. No es un retorno a la ingenuidad, sino una forma de disciplina intelectual.
Conclusión
Después de la sospecha, la claridad no es un retroceso, sino una forma de rigor. No porque restituya un significado pleno, sino porque asume la responsabilidad de decir lo que puede decirse sin convertir la opacidad en espectáculo. En un paisaje saturado de juegos de palabras y gestos de profundidad, hablar claro se ha vuelto un acto silenciosamente subversivo.
Bibliografía
- Coleridge, S. T. (1817). Biographia Literaria. London: Rest Fenner.
- Derrida, J. (1972). Positions. Paris: Minuit.
- Derrida, J. (1967). De la grammatologie. Paris: Minuit.
- Wordsworth, W. (1800). Preface to Lyrical Ballads. London.

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