Del autor al escriptor: la educación en la era de la abundancia informativa

Scriptor. AI image.
Introducción: un drama moral y un diagnóstico erróneo

El debate actual en torno a la inteligencia artificial en la educación suele desplegarse como un drama moral. A los estudiantes que utilizan IA se les acusa de eludir el esfuerzo, externalizar el pensamiento o vaciar de contenido el aprendizaje mismo. Las universidades responden endureciendo normativas, rediseñando exámenes o prohibiendo directamente herramientas inteligentes. Bajo estas reacciones se esconde, sin embargo, un problema más profundo: la inteligencia continúa siendo evaluada según un modelo forjado en condiciones de escasez, a pesar de que los estudiantes operan hoy en un entorno definido por el exceso de información.

Durante siglos, la educación se desarrolló en torno al acceso limitado a los textos y a la lenta circulación del conocimiento. El dominio intellectual implicaba interiorización. Escribir un ensayo demostraba que la información había sido absorbida, retenida y reproducida por una mente autónoma. Este modelo presuponía un sujeto cartesiano: delimitado, autosuficiente y plenamente presente a sí mismo. En ese marco, la autoría funcionaba como prueba de comprensión.

El fin del paradigma de la escasez

Ese marco ya no se corresponde con la realidad. Los modelos de lenguaje, los motores de búsqueda y los archivos digitales han transformado la escritura en una actividad abundante e iterativa. Redactar, resumir y reformular ocurren ahora de manera instantánea. La cuestión central ya no es si un estudiante puede producir un texto sin ayuda, sino si es capaz de evaluar, contextualizar y asumir responsabilidad por aquello que circula a través de él.

La persistencia de métodos de evaluación heredados genera confusión más que rigor. Cuando se examina a los estudiantes sobre lo que recuerdan una vez retiradas las herramientas, no se mide el aprendizaje en sí, sino la adhesión a una epistemología obsoleta. Tales evaluaciones recompensan el aislamiento en un mundo que ya no funciona de ese modo.

Alfabetización en IA y fluidez en IA

Este desajuste ha dado lugar a una distinción emergente entre alfabetización en IA y fluidez en IA. La alfabetización remite a una comprensión básica del funcionamiento de estos sistemas: su arquitectura, sus límites, sus sesgos y sus riesgos. Es necesaria, pero insuficiente. La fluidez nombra una capacidad más exigente. Implica trabajar con la IA mediante el ejercicio sostenido del juicio, la revisión y la negativa.

Un usuario fluido no trata los resultados como respuestas definitivas, sino como material provisional. La fluidez se ejerce interrogando, editando y tomando decisiones situadas. No sustituye el pensamiento; lo redistribuye a través de una interacción humano–máquina en la que la responsabilidad sigue siendo irreductiblemente humana.

Lectura y escritura después del autor

Esta redistribución tiene consecuencias directas para la enseñanza de la lectura y la escritura. La comprensión lectora no ha perdido importancia; se ha vuelto más exigente. En un mundo saturado de textos generados, comprender implica ahora discernir relevancia, coherencia y fiabilidad en condiciones de exceso.

La noción barthesiana de escriptor adquiere aquí una nueva pertinencia. A diferencia del autor tradicional, el escriptor no origina el sentido desde una interioridad privilegiada. El sentido emerge mediante la selección, la disposición y la recombinación de signos existentes. La escritura se convierte en un acto de edición más que de origen, de posicionamiento más que de posesión.

Edición, verificación y juicio

El texto generado por IA hace visible este desplazamiento. Los estudiantes deben aprender a reconocer patrones de repetición, suavizados estilísticos y vacíos conceptuales. Deben cuestionar si las obras citadas existen realmente, si las citas son precisas y si los argumentos se sostienen. Estas prácticas se asemejan estrechamente a lo que los egresados encuentran fuera del aula: editar informes, revisar documentos, evaluar borradores automatizados.

Enseñar a los estudiantes a producir ensayos en aislamiento los prepara para un mundo que ya no existe. Enseñarles a interrogar y rehacer textos los prepara para aquel que ya habitan.

La IA como compañero de sparring

El papel pedagógico de la IA se desprende de esta transformación. Tratada como un oráculo, la IA debilita el juicio. Tratada como un sparring partner, lo fortalece. Utilizada de manera crítica, puede generar contraargumentos, proponer encuadres alternativos o poner en evidencia supuestos no examinados. El valor educativo no reside en el resultado, sino en la interacción.

Los estudiantes aprenden confrontando, revisando y, en ocasiones, rechazando lo que el sistema produce. La autoridad no desaparece; se desplaza. La cognición se distribuye entre herramientas y procesos, mientras que el juicio permanece como una responsabilidad humana.

Conclusión: responsabilidad en condiciones de abundancia

Lo que está en juego, entonces, no es solo la ética, sino la ontología. Los intentos de preservar la integridad académica mediante la prohibición de la IA suelen defender una imagen de la inteligencia anclada en la presencia, la originalidad y el aislamiento. Esa imagen ya no rige la manera en que el conocimiento se produce, circula o evalúa fuera del aula.

El paso del autor al escriptor no señala una decadencia intelectual. Marca una transformación de la responsabilidad. Hoy, la inteligencia consiste menos en poseer información que en saber orientarse en ella. Enseñar a los estudiantes a leer críticamente, editar, verificar y decidir dentro de redes densas de texto no es una concesión a la tecnología. Es el reconocimiento del horizonte epistemológico en el que hoy se ejerce la inteligencia.

References

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