Baudelaire contra l’esprit français: un debate intempestivo

No verbal traps. Stencil graffiti. AI image

Introducción: lectura anacrónica

Charles Baudelaire murió sin llegar a leer a Derrida, Lacan ni Barthes. No obstante, resulta difícil imaginar que hubiera simpatizado con ellos. Más aún, de haberse encontrado con el postestructuralismo francés, probablemente reconocería en él la misma patología cultural que diagnosticó en Le public moderne et la photographie (Salon de 1859). Bajo la solemnidad de la teoría y el prestigio de la filosofía, Baudelaire percibiría un vicio familiar: l’esprit français en su momento de mayor esplendor —ingenio verbal elevado a espectáculo, agudeza lingüística confundida con profundidad, y un público más ansioso de asombro que de verdadera comprensión.

Este ensayo propone una hipótesis deliberadamente anacrónica y polémica. Al leer el postestructuralismo francés a través de la crítica de Baudelaire al arte moderno, se sostiene que Baudelaire habría acusado a los teóricos del siglo XX y a sus lectores de participar en la misma economía del ingenio, el impacto y la degradación recíproca que él ya condenaba en el Salon decimonónico.

El Salon de 1859: El ingenio como síntoma cultural

Baudelaire inicia el Salon de 1859 no atacando la fotografía en sí, sino con la burla. Antes de abordar la reproducción mecánica, ridiculiza a los pintores que dependen de títulos ingeniosos, sentimentales, paradójicos o cargados de juegos de palabras para captar la atención. Estos títulos no son meros defectos estéticos; son síntomas. Cuando una obra necesita trampas verbales (titres à piège) para despertar curiosidad, la belleza ya ha cedido. La obra deja de hablar; se anuncia a sí misma.

Con precisión casi quirúrgica, Baudelaire catalogaba estos fallos: títulos cómicos tomados del vodevil, títulos sentimentales saturados de signos de exclamación imaginarios, calembours que halagan la inteligencia sin movilizar la imaginación, frases pseudo-filosóficas que simulan profundidad mientras vacían el significado. El célebre ejemplo “Toujours et jamais” cristaliza el problema. Incluso si la escultura es impecable, el título resulta ofensivo porque convierte la forma en un acertijo. El lenguaje deja de servir a la obra; antes bien, compensa la pérdida de confianza en la belleza.

Lo que Baudelaire denuncia no es simple mal gusto, sino un círculo vicioso. Un público incapaz de la contemplación silenciosa exige sorpresa y explicación; los artistas cumplen multiplicando efectos verbales. Cada parte corrompe a la otra, y lo que se considera inteligencia se revela, en realidad, como el fracaso sistemático de la imaginación.

L’esprit français: Ingenio contra visión

Baudelaire denomina esta tendencia con amarga ironía: l’esprit français. Lejos de ser un elogio, designa una tentación cultural: la preferencia por el brillo sobre la profundidad, la agilidad retórica sobre la visión sostenida, los juegos intelectuales sobre la síntesis poética. No se trata de estupidez, sino de ingenio convertido en arma contra la imaginación.

En esta economía, el lenguaje deja de sugerir y comienza a actuar. Impacta, divierte, intriga. Produce étonnement sin sueño. El arte auténtico, para Baudelaire, no bromea. No necesita trampas. La maravilla surge de la necesidad interior, no del efecto calculado. Cuando los títulos se transforman en acertijos o paradojas, revelan una ansiedad profunda: la incredulidad en el poder de la necesidad poética misma.

De los malos títulos a la mala filosofía

Sustituyendo pintores por teóricos y títulos por conceptos, la acusación adquiere resonancia contemporánea. Desde una perspectiva baudeleriana, la teoría postestructuralista podría entenderse como un sistema avanzado de titres à piège. La différance de Derrida, los deslizamientos homofónicos de Lacan, las ambigüedades erotizadas de Barthes, aparecerían no como necesidades filosóficas, sino como calembours intelectuales.

Para sus defensores, estas maniobras revelan la inestabilidad de los fundamentos metafísicos. Para Baudelaire, parecerían efectos calculados, diseñados para impresionar a lectores que han perdido la capacidad de pensar. La filosofía, en tal caso, corre el riesgo de repetir el gesto de la mala pintura: sustituir la visión por la actuación verbal, la esencia por la técnica.

Impacto, dificultad y la seducción de los slogans

Baudelaire no equipara profundidad con facilidad. La dificultad no es enemiga. Lo que condena es la estimulación externa, el impacto provocado por la técnica en lugar de la necesidad interior. Desde esta óptica, formulaciones postestructuralistas como “no hay nada fuera del texto” o “el autor ha muerto” sonarían menos a descubrimientos que a lemas.

Circulan con excesiva eficiencia: invitan a la cita, la repetición y el aplauso. Se comportan como provocaciones periodísticas disfrazadas de pensamiento. El lenguaje se convierte en un acontecimiento, optimizado para su difusión, y el gesto filosófico corre el riesgo de colapsar en el mismo espectáculo que pretende criticar.

Teoría de la celebridad y economía del asombro

Esta sospecha se endurecería en acusación al observar el éxito cultural del postestructuralismo. Baudelaire desconfía de la popularidad por principio. En el Salon, el entusiasmo masivo señalaba compromiso con un público adicto a la novedad. Trasladado al siglo XX, la celebridad de Foucault llenando aulas, Barthes apareciendo en revistas, Lacan citado como oráculo y Derrida convertido en marca intelectual constituiría evidencia condenatoria.

Si son celebrados, argumentaría Baudelaire, es porque proveen asombro bajo demanda. La economía ha cambiado, pero el mecanismo persiste: un público hambriento de provocación, intelectuales escalando la dificultad, y el alma enterrada bajo la sofistería.

La defensa que Baudelaire rechazaría

El contraargumento es conocido y sólido. El juego de palabras postestructuralista no es ornamental. Derrida sostiene que los juegos de palabras son impuestos por el lenguaje mismo; Lacan trata los doble sentidos como evidencia clínica; Barthes moviliza la ambigüedad para resistir la autoridad. Su dificultad a menudo frustra el consumo más que buscarlo.

Baudelaire permanecería escéptico. Para él, el significado debe trascender el lenguaje. El arte expresa lo invisible; las palabras son vehículos, no campos de batalla. Consagrar la inestabilidad lingüística como destino parecería, no lucidez, sino abdicación.

Una larga tradición francesa—y un peligro persistente

Este conflicto no es accidental. Francia ha premiado durante siglos la brillantez retórica: desde Pascal y La Rochefoucauld hasta Voltaire, Diderot o Mallarmé. Epigrama, paradoja, virtuosismo estilístico: la prosa filosófica concebida como performance. Baudelaire identifica esta tradición precisamente porque forma parte de ella. Observa su peligro desde dentro.

Su propia prosa desestabiliza la claridad clásica mediante la metáfora, la ironía y la exageración. Mallarmé hereda directamente este radicalismo lingüístico. Baudelaire es, así, tanto el profeta que advierte contra el exceso verbal como una de las figuras que lo hicieron posible. Esta tensión no es contradicción; es su modernidad.

Conclusión: ¿Un sofista escribiendo sobre la sofistería?

¿Qué diría Baudelaire de este artículo?
Probablemente lo acusaría de sofistería. Señalaría su tono polémico, su anacronismo deliberado y su gusto por la provocación. Preguntaría si busca iluminar o simplemente asombrar; si confía en la imaginación del lector o depende del contraste retórico, la acusación y el impacto. Podría incluso ubicar este ensayo entre los titres à piège, una construcción verbal diseñada para atrapar la atención más que para cultivar el sueño.

Tal acusación no refutaría el argumento; lo completaría. Escribir contra l’esprit français en la cultura francesa ya implica el riesgo de reproducirlo. La crítica de Baudelaire sigue siendo peligrosa porque no concede exenciones. Se vuelve sobre cada gesto, incluido el propio, y plantea la única pregunta que importa: ¿este impacto surge de la necesidad interior o del placer del ingenio?

Bibliografía

Baudelaire, Charles. Salon de 1859.
Derrida, Jacques.
De la grammatologie. París: Minuit, 1967.
Lacan, Jacques.
Écrits. París: Seuil, 1966.
Barthes, Roland.
Le plaisir du texte. París: Seuil, 1973.

 

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