La mente protésica: Freud, McLuhan y la ansiedad ante la IA

Tesis

El “dios protésico” de Freud y las “extensiones del hombre” de McLuhan describen una misma condición estructural desde perspectivas distintas, psicológica y mediática. La inteligencia artificial intensifica esa condición al exteriorizar la cognición misma, lo que provoca ansiedades contemporáneas en torno a la autoría, la creatividad y la identidad.

Introducción

Las reacciones actuales frente a la inteligencia artificial suelen estar marcadas por una intensidad peculiar. Escritores se acusan mutuamente de inautenticidad, artistas discuten el sentido de la creación y profesiones enteras temen ser desplazadas por algoritmos. Estas respuestas rara vez se limitan a cuestiones técnicas. Están cargadas de algo más cercano a una inquietud existencial, como si una frontera que antes separaba lo humano de lo artificial comenzara a desdibujarse silenciosamente.

Dos pensadores del siglo XX permiten comprender mejor esta perturbación. Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, describió a la humanidad moderna como un “dios protésico”. Marshall McLuhan, en Comprender los medios, sostuvo que cada nuevo medio reorganiza el mundo psíquico y social al extender las facultades humanas hacia el exterior. Leídos en conjunto, ofrecen un marco esclarecedor para entender por qué la IA se percibe menos como una herramienta y más como una amenaza para la identidad misma.

Freud y la condición protésica

La imagen freudiana del dios protésico no tiene nada de celebratoria. Es diagnóstica. Los seres humanos —sostiene Freud— son organismos biológicamente frágiles que compensan sus límites mediante apoyos artificiales. Herramientas, máquinas e instituciones funcionan como órganos externos que suplen aquello que la naturaleza no proporcionó.

Freud escribe:

“El hombre se ha convertido, por así decirlo, en una especie de dios con prótesis” (Freud, 1930/1961, p. 44).

La expresión “por así decirlo” es decisiva. Los humanos no se vuelven divinos; se vuelven dependientes. Su poder proviene de vínculos con dispositivos que permanecen obstinadamente fuera del cuerpo. Por eso Freud asocia el progreso técnico no solo con ampliación de capacidades, sino también con incomodidad. Las prótesis nunca se integran del todo. Aumentan la potencia mientras generan extrañamiento, vulnerabilidad y ansiedad.

Las gafas afinan la visión, pero recuerdan la debilidad de los ojos. Los trenes multiplican el desplazamiento, pero imponen horarios, estaciones y dependencia de sistemas complejos. La escritura conserva la memoria, aunque desplaza el recuerdo hacia marcas externas. Cada extensión implica una pérdida de inmediatez. El aporte de Freud consiste en mostrar que la civilización técnica profundiza este intercambio en lugar de superarlo.

McLuhan y la extensión del sistema nervioso

McLuhan llega a una conclusión afín desde otra dirección. Para él, los medios no son simples canales, sino ampliaciones corporales y cognitivas. La rueda prolonga el pie. El libro extiende el ojo. Las redes electrónicas proyectan el sistema nervioso en el entorno.

Su formulación es directa:

“Cualquier extensión de nosotros mismos en una nueva forma técnica afecta de inmediato a todo el complejo psíquico y social” (McLuhan, 1964, p. 4).

No importa solo lo que un medio transporta, sino aquello que transforma. Las nuevas tecnologías modifican los patrones de atención, los modos de percepción y las formas de relación. De ahí la célebre afirmación de McLuhan: “el medio es el mensaje”. El contenido profundo de un medio reside en la manera en que reorganiza la experiencia humana.

Las “extensiones del hombre” de McLuhan son las prótesis de Freud vistas desde la ecología de los medios. Ambos reconocen que la tecnología ingresa en la psique, en lugar de quedarse fuera de ella. Cada innovación reconfigura las condiciones en que se constituyen la identidad, la memoria y el sentido.

La inteligencia artificial como prótesis cognitiva

La inteligencia artificial intensifica esta dinámica de un modo particular. Las herramientas anteriores ampliaban el músculo, la vista, el almacenamiento o la transmisión. La IA penetra en el ámbito del juicio, del lenguaje, del reconocimiento de patrones y de la asociación, es decir, en los procesos que suelen identificarse con el pensamiento mismo.

Por eso las reacciones ante la IA difieren de las provocadas por cambios técnicos previos. Un telar mecánico amenazó el trabajo; una calculadora puso en cuestión el cálculo; una cámara transformó el arte visual. La IA inquieta algo más cercano a la autoría y la agencia. Realiza operaciones que antes se tomaban como signos de vida interior.

El dios protésico de Freud adquiere aquí una dimensión nueva. La prótesis ya no solo sostiene el cuerpo; refleja el ego. McLuhan lo describiría como una externalización adicional del sistema nervioso, una envoltura pensante que rodea al sujeto.

Esta convergencia ayuda a explicar por qué los debates sobre la IA resultan tan personales. La tecnología no se vive como una ayuda opcional, sino como una rival de la propia presencia cognitiva. La inquietud no surge porque el instrumento sea inmoral, sino porque la frontera entre el ego y su soporte se vuelve inestable.

La herida narcisista de la inteligencia artificial

Gran parte de la resistencia frente a la IA proviene de ámbitos basados en una larga formación: escritura, investigación, diseño, composición. Estas prácticas no son solo habilidades; configuran identidades. Años de esfuerzo acumulan un peso simbólico. Cuando un sistema produce resultados aceptables en segundos, ese capital se percibe como amenazado.

La reacción tiene menos que ver con la calidad que con el estatus. Freud la reconocería como una herida narcisista. McLuhan la interpretaría como el impacto de un nuevo entorno. La tecnología no elimina la pericia, pero altera el paisaje en el que la pericia adquiere valor.

Las prótesis cognitivas democratizan ciertas formas de producción mientras desestabilizan jerarquías basadas en la escasez. Ese desplazamiento genera defensividad incluso entre quienes defienden el acceso y la igualdad. La perturbación reside en constatar que el dominio personal ya no es la única vía hacia una expresión significativa.

Conclusión

Freud y McLuhan, pese a sus diferencias de estilo y disciplina, describen un mismo dilema humano. Las personas sobreviven extendiéndose en sus herramientas, pero esas extensiones remodelan la psique de modos imprevisibles. La inteligencia artificial vuelve visible esta condición al exteriorizar funciones que antes se sentían inseparables del yo.

La inquietud actual ante la IA no anuncia el fin de la creatividad. Marca una transición en la manera en que la creatividad se media. Los seres humanos siguen siendo dioses protésicos: más poderosos que antes, pero nunca del todo cómodos con los dispositivos que hacen posible ese poder.

Referencias

Freud, S. (1961). Civilization and its discontents (J. Strachey, Trad.). W. W. Norton. (Obra original publicada en 1930)

McLuhan, M. (1964). Understanding media: The extensions of man. McGraw-Hill.

Hayles, N. K. (1999). How we became posthuman. University of Chicago Press.

Stiegler, B. (1998). Technics and time, 1: The fault of Epimetheus (R. Beardsworth & G. Collins, Trads.). Stanford University Press.

 

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