La política como fármaco: cuando la dosis importa más que la cura
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En política internacional, como en medicina, no siempre gana quien actúa con mayor contundencia. A veces, el tratamiento más eficaz no es el que promete una curación inmediata, sino el que administra con precisión un veneno que puede sanar si la dosis es la correcta y se aplica en el contexto apropiado.
La reciente estrategia de Estados Unidos frente a Venezuela, marcada por una intervención selectiva y por la decisión de no forzar un cambio radical de régimen, ha sido leída por muchos como una paradoja difícil de explicar. ¿Cómo es posible intervenir y, al mismo tiempo, dejar en pie el mismo aparato de poder, aunque sea en una versión atenuada?
Algunos medios han descrito la situación como una “intervención sin ruptura”, subrayando la sorpresa que provoca el hecho de que no se haya entregado el control del país a la oposición tras la operación estadounidense. La reacción inmediata suele apelar al sentido común: si se interviene, se espera un reemplazo total; si se cuestiona la legitimidad de un gobierno, lo lógico sería imponer una alternativa clara. Sin embargo, la práctica política rara vez sigue la lógica de las expectativas morales.
La lógica de la dosis
En este caso, la apuesta parece ser otra: no erradicar el problema de raíz, sino modularlo, reducir su toxicidad y evitar una reacción imprevisible. Esta lógica no es nueva. En la tradición filosófica aparece formulada con una claridad inquietante en Platón, quien utiliza el término pharmakon para designar aquello que puede ser, al mismo tiempo, remedio y veneno. Una misma sustancia puede curar o matar; todo depende de la dosis, del momento y del cuerpo que la recibe.
La idea atraviesa la medicina y la biología (basta pensar en las vacunas, que introducen una forma atenuada del virus para fortalecer el sistema inmunológico) y también la política, aunque rara vez se la nombre como tal. Llevada al terreno de la política internacional, esta lógica invita a pensar la intervención no como solución definitiva, sino como administración controlada de un riesgo.
Estabilizar sin curar
Aplicada al caso venezolano, la metáfora resulta especialmente sugerente. Un derribo completo del régimen podría generar un vacío de poder, una fractura institucional o una escalada de violencia difícil de controlar. Mantener, en cambio, una facción más “suave” del mismo sistema —menos confrontacional, más negociable— puede funcionar como un mal menor, una forma de estabilización transitoria. No se trata de una absolución moral ni de una legitimación plena, sino de una gestión del riesgo.
Desde esta perspectiva, la decisión estadounidense deja de parecer incoherente y empieza a leerse como una administración calculada del daño. El objetivo inmediato no sería implantar un modelo democrático ideal, sino evitar que la cura resulte más destructiva que la enfermedad. En política exterior, el colapso absoluto de un Estado rara vez beneficia a quienes lo provocan; más a menudo, abre escenarios que nadie controla del todo.
El pharmakon político
Esta ambigüedad fue analizada con profundidad por Jacques Derrida en su célebre lectura del pharmakon platónico. Para Derrida, no existen remedios puros ni venenos absolutos: toda dosis contiene un resto tóxico, y toda supresión total produce efectos secundarios. La política, como la escritura o la técnica, opera siempre en esa zona gris donde el bien y el mal no se separan limpiamente.
Reconocer esta lógica no equivale a celebrarla. Una intervención “dosificada” sigue siendo una intervención, con implicaciones éticas, jurídicas y geopolíticas serias. Puede estabilizar a corto plazo y, al mismo tiempo, perpetuar dependencias, resentimientos o nuevas formas de control externo. El pharmakon no garantiza la curación; solo evita, en ocasiones, el colapso inmediato.
Una farmacología imperfecta
La sorpresa que muchos expresan ante la estrategia estadounidense revela, quizá, una expectativa equivocada: la de que la política internacional funcione como un juicio moral y no como una práctica de contención. En realidad, se parece más a una farmacología imperfecta, donde el problema no es elegir entre bien y mal, sino calcular cuánto veneno puede tolerarse sin que el cuerpo (en este caso, un país entero) termine por sucumbir.
La pregunta, entonces, no es si esta estrategia es buena o mala en términos absolutos, sino si la dosis elegida será suficiente para curar sin matar. Como ocurre con todo pharmakon, la respuesta solo se conocerá con el tiempo.

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