Baudelaire, la fotografía y la ansiedad por la IA
![]() |
| New Media. AI art |
Cuando una nueva tecnología irrumpe en el ámbito artístico, rara vez lo hace de manera silenciosa. Por lo general, altera jerarquías, redistribuye la autoridad y provoca una resistencia intensa por parte de quienes ocupaban posiciones aseguradas bajo condiciones anteriores. Las controversias actuales en torno a los grandes modelos de lenguaje y la generación de imágenes encajan en este patrón histórico. Un precedente notable se encuentra en el texto de Charles Baudelaire de 1859 Le public moderne et la photographie, donde el poeta lanza un ataque virulento contra la naciente fotografía. Al leer este ensayo hoy, llama la atención no solo la violencia de su lenguaje, sino también la familiaridad de su estructura argumentativa.
Este artículo sostiene que las ansiedades contemporáneas sobre la inteligencia artificial reproducen la misma lógica moral y estética que motivó la denuncia de la fotografía por parte de Baudelaire. Aunque las quejas parecen invertidas (realismo mecánico en el siglo XIX frente a alucinaciones estadísticas en el XXI), ambos debates revelan una lucha profunda sobre la autoría, la autoridad y la legitimidad de la creación automatizada.
Baudelaire y el impacto de la fotografía
Baudelaire no se limita a criticar la fotografía; la denuncia con notable ferocidad. Sitúa su aparición en lo que llama ces jours déplorables (“estos días deplorables”), culpando al nuevo medio de confirmar la sottise (“la estupidez”) del público y de contribuir a la erosión de lo que considera el elemento divino del espíritu artístico. Según su relato, la fotografía se convierte en el ídolo de una foule idolâtre (“muchedumbre idólatra”), incapaz de discernimiento y embriagada por la novedad técnica.
El vocabulario es implacable. El entusiasmo por las imágenes fotográficas se describe como una forma de fanatisme extraordinaire (“fanatismo extraordinario”), impulsado por l’aveuglement et l’imbécillité (“ceguera e imbecilidad”). Los propios fotógrafos no salen mejor parados: la industria fotográfica se presenta como un refugio para pintores trop mal doués ou trop paresseux (“demasiado poco dotados o demasiado perezosos”) para completar su formación artística. Lo que podría parecer exagerado o teatral para un lector contemporáneo no debe oscurecer la seriedad de la ansiedad expresada. Baudelaire presencia la llegada de un medio que amenaza con redefinir qué cuenta como arte, quién puede producirlo y bajo qué criterios debe ser juzgado.
Realidad sin transformación
En el núcleo de la crítica de Baudelaire se encuentra una concepción específica de la creación artística. Lo que le preocupa no es la representación del mundo real como tal, sino la idea de que el arte podría consistir únicamente en su duplicación fiel. Se burla del credo contemporáneo según el cual el arte ne peut être que la reproduction exacte de la nature (“solo puede ser la reproducción exacta de la naturaleza”). Si una industria puede ofrecer tales resultados automáticamente, razona el público, entonces el arte ha alcanzado su forma absoluta.
Para Baudelaire, esto constituye una confusión desastrosa de funciones. El arte, tal como él lo entiende, requiere transformación, selección e intervención activa de la vida interior del artista. La fotografía, en cambio, amenaza con reducir la creación a un mero registro pasivo. El pintor, lamenta, se inclina cada vez más a representar non pas ce qu’il rêve, mais ce qu’il voit (“no lo que sueña, sino lo que ve”). La ensoñación y la imaginación ceden gradualmente ante la fidelidad óptica.
Por ello, Baudelaire está dispuesto a conceder a la fotografía un papel legítimo, pero solo dentro de límites estrictos. Que sirva a la ciencia, la memoria y la documentación. Que preserve ruinas, manuscritos e impresiones de viaje. En esos ámbitos, concede, rien de mieux (“nada mejor”). El peligro surge cuando este proceso mecánico invade le domaine de l’impalpable et de l’imaginaire (“el dominio de lo intangible y lo imaginario”), donde el valor depende de lo que el ser humano aporta desde dentro. Allí, advierte Baudelaire, las consecuencias son un empobrecimiento cultural y espiritual.
IA, LLMs y el retorno del pánico moral
En el siglo XXI, la llegada de los grandes modelos de lenguaje ha generado reacciones que siguen un patrón muy similar. Escritores, artistas y académicos expresan alarma ante herramientas capaces de generar prosa fluida o imágenes impactantes en segundos. Una vez más, el lenguaje utilizado es moralizante y acusatorio. El uso de la IA se describe como “engaño”, “plagio” o fraude intelectual. En ciertos círculos, depender de estas herramientas, incluso para la revisión o refinamiento estilístico, se interpreta como prueba de que uno ya no es un “verdadero” escritor.
Los intelectuales públicos han reforzado esta retórica. Noam Chomsky, por ejemplo, ha caracterizado a los grandes modelos de lenguaje con términos despectivos, presentándolos como sistemas que sólo simulan el conocimiento. Aquí, la preocupación no es meramente técnica; es ética y existencial. La autoría, el esfuerzo y la autenticidad parecen estar en riesgo.
Sin embargo, la naturaleza de la queja ha cambiado de forma reveladora. Mientras Baudelaire temía un medio que se aferraba demasiado a la realidad, los críticos de la inteligencia artificial lo acusan ahora de carecer de realidad por completo, produciendo imágenes y textos que resultan alucinatorios, derivados y desvinculados. La acusación ya no es de realismo excesivo, sino de fantasía desbordante.
Una estructura común bajo objeciones opuestas
A pesar de esta inversión, la lógica subyacente permanece constante. En ambos casos, una tecnología automatiza parte del proceso creativo y lo pone al alcance de muchos en lugar de unos pocos. Esta democratización altera las distinciones tradicionales entre aficionado y profesional, herramienta y obra de arte, asistencia y autoría. Lo que se presenta como un debate estético es también una lucha por la autoridad, la legitimidad y el prestigio cultural.
Baudelaire ya comprendía esta dinámica cuando advertía sobre el poder contagioso de las multitudes y la remodelación gradual de la percepción. Temía que un público entrenado para admirar resultados técnicos como belleza perdiera sensibilidad hacia ce qu’il y a de plus éthéré et de plus immatériel (“lo más etéreo e inmaterial”). Los críticos contemporáneos repiten esta preocupación al argumentar que la exposición constante a contenidos generados por máquinas embota el juicio y aplanan la sensibilidad. En ambos casos, el temor no es solo que el arte cambie, sino que se olvide a sí mismo.
Conclusión
La polémica de Baudelaire contra la fotografía nos recuerda que los medios artísticos siempre han evolucionado a través del conflicto. Sus objeciones, aunque extremas, iluminan una tensión recurrente entre creación y automatización, imaginación y procedimiento. Los debates actuales sobre inteligencia artificial replican esta estructura, revelando menos sobre la naturaleza intrínseca de las nuevas herramientas que sobre los valores que alteran.
Si la historia sirve de guía, los lectores futuros podrían considerar nuestras ansiedades contemporáneas tan reveladoras y temporales como las denuncias de Baudelaire contra la cámara. Lo que persiste en estos momentos no es una definición estable de arte, sino un temor recurrente de que algo esencial se pierda cada vez que la creatividad se vuelve más fácil, rápida y accesible a gran escala.
Bibliografía
Baudelaire, Charles. Le public moderne et la photographie. In Curiosités esthétiques, 1859.
Benjamin, Walter. The
Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction. 1936.
Chomsky, Noam et al. “The False Promise of ChatGPT.” The New York Times, 2023.
Manovich, Lev. The Language of
New Media. MIT
Press, 2001.
Sontag, Susan. On Photography. Farrar, Straus and Giroux, 1977.
Gombrich, E. H. Art
and Illusion. Princeton
University Press, 1960.

Comentarios
Publicar un comentario