Hacia una etnología de la soledad: Releer los no-lugares de Marc Augé desde el epílogo
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| Non-Places. AI generated image |
Marc Augé cierra Non-Lieux con un gesto fácil de pasar por alto. Tras páginas dedicadas a aeropuertos, autopistas, supermercados, hoteles, campos de refugiados e imágenes, concluye proponiendo lo que a primera vista parece una contradicción: “una etnología de la soledad” (Augé, 1995). Esta formulación no se limita a resumir el argumento del libro; lo desplaza. Mientras que los capítulos anteriores se concentran en espacios y sistemas, el epílogo reorienta la atención hacia la forma de existencia individual que estos producen. La cuestión deja de ser simplemente qué son los no-lugares para convertirse en qué tipo de presencia humana hacen posible, habitual y quizá inevitable.
Este artículo propone tomar en serio esa sugerencia final. Más que actualizar la descripción de los no-lugares, se pregunta cómo la soledad se convierte en un objeto antropológico central bajo condiciones de movilidad, mediación y circulación generalizadas. Leer hoy el epílogo permite advertir que Augé ya estaba esbozando los contornos de una antropología que deja de organizarse en torno a comunidades, territorios o relatos compartidos, y se articula en cambio alrededor de individuos que se desplazan solos a través de sistemas comunes.
La soledad como condición social
En el epílogo, Augé insiste en que los no-lugares no son entornos marginales. Son, cada vez más, los escenarios donde tiene lugar la vida social. De las autopistas a los aviones, de las cadenas hoteleras a los campos de refugiados, los no-lugares conforman la textura misma de la existencia contemporánea. La afirmación decisiva es que, en estos espacios, la experiencia de la soledad no es accidental. Es estructural.
Esta soledad no debe confundirse con el aislamiento ni con el repliegue. Se vive entre otros, a menudo en proximidad física, pero sin relación duradera. Se viaja sentado junto a desconocidos, se hace fila al lado de figuras anónimas, se atraviesan multitudes sin encuentro. La autoridad no se manifiesta a través de personas, sino mediante instrucciones, pantallas, avisos y protocolos. Como escribe Augé, los no-lugares producen una “individualidad solitaria combinada con una mediación no humana” entre el individuo y el poder público (Augé, 1995).
Aquí la soledad no es ni patológica ni excepcional. Está normalizada, es compartida y ampliamente distribuida. Por eso Augé la aborda como un fenómeno antropológico y no psicológico. Lo que exige análisis no es la soledad como sentimiento, sino la soledad como modo de estar entre otros.
Imágenes, mediación y el otro ausente
Un elemento central del epílogo es el papel de las imágenes. Augé observa que partes de los no-lugares están hechas de imágenes, y que estas participan directamente en la organización de la experiencia. Pantallas publicitarias, señalética, dispositivos informativos y representaciones simbólicas sustituyen el intercambio interpersonal. Orientan la acción al tiempo que eliminan el diálogo.
Este entorno produce una forma peculiar de presencia. El individuo es interpelado de manera constante, pero rara vez recibe respuesta. Los mensajes circulan en un solo sentido. Aparecen instrucciones, pero ninguna voz contesta. Incluso cuando la información se personaliza, ello no implica reconocimiento en un sentido social. El sujeto queda situado como espectador, usuario, pasajero o cliente.
La consecuencia es un adelgazamiento del encuentro. Los otros son percibidos sobre todo como obstáculos, siluetas o competidores por el espacio. Lo que permanece denso es la relación con los sistemas y las representaciones. Una etnología de la soledad debe atender, por tanto, no solo a la relación de los individuos con los espacios, sino también a su vínculo con las imágenes que ocupan el lugar de los lazos sociales.
Movilidad y trayectoria individual
Otro tema decisivo del epílogo es el movimiento. Augé subraya reiteradamente el tránsito, la circulación y el paso. Los individuos contemporáneos viven menos en los lugares que entre ellos. Sus vidas se estructuran como secuencias más que como asentamientos.
De ahí emerge lo que podría llamarse una identidad basada en la trayectoria. Uno se define por los recorridos realizados, los documentos presentados, los accesos concedidos y las autorizaciones obtenidas. El sentido surge de la progresión más que de la pertenencia. El individuo aparece como una configuración provisional dentro de un flujo más amplio.
Augé señala que esta condición carece de un verdadero precedente histórico. Aunque viajar y migrar sean prácticas antiguas, su generalización como condición normal de la existencia es reciente. El etnólogo, tradicionalmente orientado al estudio de grupos estables, se enfrenta así a sujetos cuya característica definitoria es la movilidad. La soledad no surge aquí como retirada, sino como acompañamiento constante del desplazamiento.
Nacionalismo, ansiedad y la figura del migrante
El epílogo aborda también las reacciones políticas a esta condición. Augé sugiere que las ansiedades contemporáneas en torno a la inmigración y al “retorno” del nacionalismo no deberían interpretarse únicamente como defensas de la tradición. Expresan, más bien, una inquietud ante la desestabilización de las certezas.
El migrante inquieta a las poblaciones asentadas porque revela la fragilidad de las identidades “inscritas en el suelo”. Lo perturbador no es la diferencia en sí, sino el recordatorio de que cualquiera puede estar en tránsito. La figura del inmigrante refleja la condición generalizada de movilidad que los no-lugares hacen visible.
La identidad nacional se convierte así en una forma a través de la cual se articula el rechazo del orden colectivo. Paradójicamente, la imagen que anima ese rechazo no es el arraigo comunitario, sino la fantasía de un recorrido individual sin ataduras. Una vez más, la soledad se sitúa en el centro de la reacción colectiva.
De la etnología del lugar a la etnología de la soledad
La propuesta final de Augé se sigue lógicamente de estas observaciones. Si la existencia social se desarrolla cada vez más en no-lugares, y si estos espacios producen individuos solitarios en lugar de grupos integrados, la antropología debe redefinir su objeto.
Una etnología de la soledad no abandona lo social. Examina, en cambio, cómo se vive lo social cuando ya no adopta la forma de relatos compartidos ni de relaciones duraderas. Analiza cómo los individuos habitan los sistemas, negocian la anonimidad y construyen sentido permaneciendo en gran medida solos.
Este enfoque exige atención al movimiento, a la mediación y a la percepción. También requiere que la etnología renuncie a su apego exclusivo a comunidades delimitadas. El objeto de estudio pasa a ser el viajero solitario, el pasajero cotidiano, el refugiado, el huésped: figuras definidas menos por el lugar al que pertenecen que por los espacios que atraviesan.
Conclusión
El epílogo de Non-Lieux hace algo más que cerrar un libro. Abre un camino conceptual que sigue en gran medida inexplorado. Al situar la soledad en primer plano como condición colectiva, Augé invita a la antropología a repensar sus fundamentos. El desafío no consiste en lamentar la pérdida del lugar ni en celebrar la movilidad, sino en comprender las formas de existencia que surgen entre ambas.
Hoy, cuando la soledad se experimenta a través de continentes, pantallas y redes, la sugerencia de Augé resulta menos paradójica que premonitoria. Una etnología de la soledad no describe un fenómeno marginal. Aborda una de las condiciones más extendidas de la vida contemporánea: estar solos juntos, en movimiento, entre imágenes, dentro de sistemas que nos conocen sin llegar nunca a encontrarnos.
Referencias
Augé, M. (1995). Non-Places: Introduction to an Anthropology of Supermodernity (trad. J. Howe). Verso.

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