¿Envejecen los no-lugares? Relectura de la sobremodernidad de Marc Augé en la era de la IA
Cuando Marc Augé publicó Non-Lieux a comienzos de la década de 1990, ofreció a la antropología una herramienta conceptual para pensar espacios que habían sido largamente ignorados debido a su banalidad. Aeropuertos, autopistas, supermercados y cadenas hoteleras no eran fenómenos marginales, sino espacios emblemáticos de lo que él denominó sobremodernidad. En lugar de oponer tradición y modernidad, Augé describió un régimen de exceso: de movimiento, de información y de soledad individualizada. Más de tres décadas después, el concepto de no-lugar sigue siendo ampliamente citado. Sin embargo, su uso continuado suele presuponer que los espacios descritos por Augé han permanecido estructuralmente inalterados. Este artículo propone un enfoque distinto. Al releer el prólogo de Non-Lieux desde la perspectiva actual, se pregunta si los no-lugares de principios de los años noventa pueden seguir entendiéndose en los mismos términos, o si ellos mismos exigen hoy ser puestos en cuestión.
El prólogo como fenomenología de la sobremodernidad
El prólogo de Augé sigue a Pierre Dupont a través de una secuencia de sistemas que funcionan de manera impecable: un cajero automático, una cabina de peaje, un mostrador de facturación, el control de pasaportes, las tiendas duty free y, finalmente, un asiento en el avión. Cada etapa se desarrolla sin fricción. La identidad se verifica mediante tarjetas y billetes; el acceso es concedido; el desplazamiento se reanuda. Dupont experimenta alivio una vez que sus documentos están en regla, con la sensación de que no tiene “nada que hacer salvo esperar la secuencia de los acontecimientos” (Augé, 1995). El tono afectivo es llamativamente sereno. No hay una alienación manifiesta. Por el contrario, la soledad se vive como libertad, y la ausencia de exigencias interpersonales como una forma de comodidad.
Esta viñeta no es anecdótica, sino ejemplar. El prólogo funciona como algo más que un recurso narrativo: ofrece una fenomenología condensada de la propia sobremodernidad. Lo que aparece aquí es un mundo estructurado por la circulación regulada, los encuentros contractuales y un entorno denso de instrucciones escritas. El lenguaje está en todas partes, pero casi exclusivamente en forma gráfica o textual. Pantallas, señales y mensajes impresos orientan la acción al tiempo que minimizan la conversación. Incluso los intercambios humanos se reducen a breves confirmaciones, a menudo acompañadas de silencio o de un gesto afirmativo. Este es el horizonte experiencial en el que toma forma el concepto de no-lugar.
¿Qué eran los no-lugares a comienzos de los años noventa?
Augé define célebremente los no-lugares como espacios que no pueden definirse como relacionales, históricos ni concernientes a la identidad (Augé, 1995). A diferencia de los lugares antropológicos, no integran a los individuos en narrativas compartidas. En su lugar, producen trayectorias solitarias gobernadas por sistemas impersonales. De manera crucial, estos sistemas son mudos. Emiten instrucciones, muestran información y autorizan el paso, pero no responden en ningún sentido significativo. Su lenguaje es directivo, no dialógico.
La anonimidad desempeña aquí un papel central. Dupont no es reconocido como una persona con biografía; es aceptado como un usuario válido. Su identidad se verifica de forma episódica y luego queda en suspenso. El no-lugar no busca conocerlo. Se limita a comprobar si cumple las condiciones de acceso. En este sentido, la experiencia de los no-lugares en los años noventa se caracteriza por la intercambiabilidad y el silencio, aun cuando depende de un campo semiótico particularmente denso.
Repetir el trayecto hoy
Si se intenta repetir hoy el trayecto de Dupont, la continuidad se ve inmediatamente interrumpida. Los billetes, las tarjetas de embarque y el dinero en efectivo han sido en gran medida sustituidos por teléfonos inteligentes, verificación biométrica y procesamiento continuo de datos. Las señales siguen existiendo, pero cada vez más se ven complementadas, o desplazadas, por interfaces que responden a la acción del usuario. Más aún, los sistemas ya no permanecen en silencio. Notifican, recuerdan, sugieren, advierten y se adaptan.
El viajero contemporáneo no es solo identificado, sino anticipado. El comportamiento pasado informa el acceso presente; las preferencias se infieren; las desviaciones se señalan. Aunque la anonimidad no ha sido reemplazada por el reconocimiento social, ha dado paso a una familiaridad algorítmica. El individuo ya no es intercambiable en el mismo sentido, pero sigue siendo socialmente anónimo. Este desplazamiento altera de manera fundamental la experiencia de los no-lugares. Lo que antes era una secuencia de instrucciones legibles se ha convertido en un entorno interactivo en el que la acción desencadena respuesta.
Esta transformación no es meramente tecnológica. Reconfigura la manera en que el espacio es habitado y cómo se percibe la agencia. El placer de Dupont por sentirse “clasificado” dependía de la indiferencia del sistema. Los sistemas actuales, en cambio, parecen atentos. Se dirigen a los usuarios directamente, a menudo por su nombre. La soledad de los no-lugares ya no es silenciosa, sino conversacional, aun cuando el intercambio siga siendo asimétrico y no recíproco.
¿Seguimos en la sobremodernidad?
Si la textura experiencial de los no-lugares ha cambiado de este modo, la pregunta que se plantea no es solo empírica, sino conceptual. ¿Sigue nombrando la sobremodernidad nuestra condición presente, o se ha convertido en el descriptor histórico de una fase específica? Podría sostenerse una continuidad: la circulación, el espacio funcional y el debilitamiento de los vínculos sociales persisten. Sin embargo, la forma que adoptan estos elementos se ha modificado. El exceso que describía Augé era ante todo un exceso de inscripción y de movimiento. Hoy se manifiesta cada vez más como un exceso de interacción y de anticipación.
En lugar de desechar el concepto, quizá resulte más productivo historizarlo. La sobremodernidad captó un momento en el que los sistemas organizaban la experiencia mediante una regulación muda. Ese momento no ha desaparecido, pero ha sido recubierto por nuevos modos de implicación que Augé aún no podía observar. Los no-lugares no han desaparecido; han envejecido.
Conclusión
Augé cuestionó los lugares antropológicos al revelar la importancia de los no-lugares en la vida de finales del siglo XX. Volver hoy sobre Non-Lieux sugiere que ese mismo gesto crítico debe repetirse. Los no-lugares de los años noventa estaban ellos mismos históricamente situados, modelados por tecnologías y formas de interacción específicas. Releer el prólogo de Augé desde el presente no invalida su análisis; lo prolonga. Muestra que incluso los espacios definidos por la transitoriedad y la anonimidad están sujetos a transformaciones históricas. Si la antropología quiere seguir atenta a la experiencia cotidiana, debe aprender de nuevo a reconocer lo que siempre ha estado ahí, cambiando silenciosamente bajo nuestros pies.
Referencias
Augé, M. (1995). Los no-lugares. Introducción a una antropología de la sobremodernidad (trad. J. Howe). Verso.

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