El día sin inocentes: la mentira en tiempos de post-verdad

La guerra de los mundos. AI image
Introducción

Cada 28 de diciembre alguien nos dice algo improbable: que han cerrado una ciudad por una invasión inesperada, que una figura pública ha hecho una confesión insólita, que una ley absurda ha sido aprobada durante la noche. Durante un segundo dudamos, sonreímos, y esperamos el desenlace ritual: “inocente”. Sin embargo, cada vez ocurre con mayor frecuencia que ese momento no llega, o que ya no importa. La broma se disuelve antes de cumplir su función. No porque seamos más listos, sino porque el terreno sobre el que se apoyaba ha cambiado.

El Día de los Inocentes nació como una suspensión momentánea del pacto de veracidad. Hoy, ese pacto parece estar suspendido de manera permanente.

Cuando la mentira era excepción

Durante buena parte del siglo XX, la prensa escrita y la radio se concebían, al menos idealmente, como vehículos de información fiable. Por supuesto que existían errores, sesgos y manipulaciones, pero la expectativa general era clara: lo que se publicaba aspiraba a ser verdadero. Precisamente por eso, las bromas funcionaban. El engaño resultaba eficaz porque interrumpía un flujo de confianza.

El célebre caso de La guerra de los mundos de Orson Welles en 1938 es paradigmático. La simulación de un ataque extraterrestre causó alarma no por su sofisticación técnica, sino por el crédito que se concedía al medio. Nadie encendía la radio esperando ser engañado. El sobresalto fue posible porque la mentira era una anomalía.

El Día de los Inocentes se inscribía en esa misma lógica: un único día al año en el que se permitía decir lo falso, siempre y cuando el engaño fuese breve y reversible.

El ecosistema actual: verdad y ficción sin frontera

Ese escenario ha desaparecido. Vivimos en un entorno informativo donde lo verdadero, lo falso, lo satírico y lo generado artificialmente conviven sin jerarquía clara. Una imagen puede ser auténtica, manipulada o creada desde cero por una inteligencia artificial, y en muchos casos resulta imposible determinarlo a simple vista. La verosimilitud ha sustituido a la prueba.

En este contexto, anunciar una invasión marciana ya no produce pánico ni risa inmediata. Produce discusión. Algunos lo creerán, otros lo descartarán, muchos lo reenviarán “por si acaso”. El problema ya no es la mentira, sino la incertidumbre permanente. Todo parece posible, y precisamente por eso nada resulta sorprendente.

La post-verdad no implica que la verdad haya desaparecido, sino que ha perdido su posición privilegiada. Ya no organiza el espacio público como referencia compartida, sino que circula como una versión más entre muchas otras.

¿Quién es el inocente hoy?

Antes, el inocente era quien caía en la trampa. Hoy, la figura ha cambiado de rostro. El ingenuo contemporáneo no es quien cree una noticia falsa, sino quien aún espera que un desmentido cierre la cuestión. Es quien supone que una prueba visual garantiza autenticidad, o que la revelación de una manipulación restituye automáticamente el orden.

También es inocente quien se sorprende. La sorpresa presupone un horizonte de expectativas relativamente estable. Cuando ese horizonte se diluye, todo deja de descolocar. El asombro se vuelve un gesto raro, casi anacrónico.

Desde esta perspectiva, el Día de los Inocentes parece un vestigio cultural: un ritual diseñado para una época en la que la mentira tenía fecha, duración y límites precisos.

Bromas sin revelación

Hay algo especialmente significativo en la pérdida del momento final del engaño. Tradicionalmente, la broma concluía con la confesión. El “inocente” no humillaba, sino que restablecía la verdad y producía una risa compartida. Hoy, muchas falsedades circulan sin cierre. No hay desenlace, solo acumulación.

La paradoja es evidente: nunca fue tan fácil fabricar engaños convincentes, y nunca fue tan difícil que funcionen como bromas. El simulacro ha dejado de ocultar la realidad para ocupar su lugar.

Conclusión

Tal vez el verdadero chiste del 28 de diciembre en nuestros días sería publicar una noticia rigurosamente comprobada, sin exageraciones ni trucos visuales, y observar cuántos la ponen en duda. En una época saturada de ficciones plausibles, decir la verdad puede resultar el gesto más provocador.

El Día de los Inocentes no ha perdido su sentido porque mintamos demasiado, sino porque ya no sabemos qué significaría volver a creer sin reservas. Y quizá el inocente, hoy, no sea quien cae en la broma, sino quien todavía confía en que alguien, al final, dirá:¡Inocente, inocente!

Bibliografía orientativa

  • Baudrillard, J. Cultura y simulacro.
  • Keyes, R. The Post-Truth Era.
  • Welles, O. The War of the Worlds (emisión radiofónica, 1938).
  • Wardle, C. & Derakhshan, H. Information Disorder.

 

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