El segundo trabajo de campo: frontera y libertad en Marc Augé
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| La primera frontera es el horizonte. Marc Augé |
"No se trata ni de abolir las fronteras ni de sacralizarlas, sino de aprender a habitarlas." Rodo
En El etnólogo y el turista (ver enlace debajo), Marc Augé aborda una serie de distinciones que atraviesan silenciosamente su reflexión sobre el mundo contemporáneo: viaje y desplazamiento, observación y consumo, proximidad y distancia. Entre ellas, la noción de frontera ocupa un lugar decisivo, aunque no siempre aparezca formulada como concepto central. En un contexto marcado por la globalización, la movilidad acelerada y el endurecimiento de los límites geopolíticos, Augé propone una lectura que se aparta tanto del discurso policial como de la fantasía de un mundo sin fronteras.
La frontera, tal como emerge en su conferencia, no se reduce a un dispositivo de exclusión ni a una línea de clausura. Funciona, más bien, como una figura relacional que permite pensar el contacto, la traducción y la coexistencia. A partir de esta concepción, Augé articula una noción de libertad que se distancia de la autonomía absoluta y se inscribe en un entramado de relaciones situadas. Este artículo explora esa doble articulación: frontera y libertad como condiciones antropológicas del encuentro humano.
Frontera: límite, tránsito y relación
Augé insiste en que la historia humana no puede narrarse únicamente como una sucesión de separaciones. Antes que muros infranqueables, las fronteras han operado como zonas de paso, espacios intermedios donde se negocian identidades, sentidos y posiciones. En este marco, afirmar que una frontera es solo un obstáculo implica desconocer su función estructurante.
Cuando Augé señala que una frontera no es un muro que prohíbe, sino un umbral que invita a pasar, desplaza el problema del límite hacia el de la relación. El umbral no elimina la distancia; la hace habitable. Marca una diferencia mínima sin la cual no habría reconocimiento del otro. El encuentro presupone separación, del mismo modo que la relación requiere una forma de exterioridad.
La lengua ofrece un ejemplo privilegiado de esta lógica. Aprender un idioma extranjero no significa borrar la distancia simbólica que lo constituye como otro. La traducción no suprime la frontera lingüística; la atraviesa. En ese cruce, el límite se transforma en condición de posibilidad del vínculo. Aprender la lengua del otro implica reconocer que ciertas diferencias existen y no pueden ser completamente absorbidas.
Desde esta perspectiva, la frontera no es el residuo de un mundo arcaico destinado a desaparecer, sino una estructura mínima de la vida social. La antropología, tal como la concibe Augé, no aspira a un espacio homogéneo sin diferencias, sino a un mundo donde los límites sean reconocidos y negociados, no convertidos en instrumentos de exclusión absoluta.
El etnólogo ante la frontera
La figura del etnólogo ocupa un lugar estratégico en esta reflexión. Lejos de presentarse como un observador soberano, el antropólogo aparece como alguien situado en una frontera permanente: entre culturas, lenguas, códigos y expectativas. Su presencia en el campo nunca es neutral ni transparente. Está marcada por una exterioridad que no puede disolverse del todo.
Esta posición liminar obliga al etnólogo a justificar su lugar, a negociar su acceso, a aceptar que su mirada no coincide plenamente con la de aquellos a quienes observa. La frontera, en este caso, no es un obstáculo metodológico, sino una condición del conocimiento. Sin distancia no hay observación; sin límite no hay perspectiva.
Augé subraya que el trabajo antropológico implica asumir esa tensión sin intentar resolverla mediante una ilusión de fusión. El etnólogo no se convierte en el otro, ni el otro se vuelve completamente accesible. La relación se sostiene precisamente en esa asimetría controlada, en ese espacio intermedio donde el sentido se construye sin abolir la diferencia.
Libertad como espacio situado
La noción de libertad que emerge de esta concepción de la frontera se aleja tanto de la idea de autonomía absoluta como de la de determinación total. Augé la define como “el espacio dejado a la iniciativa individual dentro de un sistema de relaciones”. Esta formulación desplaza la libertad del terreno de la abstracción hacia el de la situación concreta.
La iniciativa solo es pensable dentro de un marco que la delimita sin anularla. No hay acción sin estructura, ni margen de maniobra fuera de toda relación. La libertad no consiste en la ausencia de límites, sino en la capacidad de moverse en su interior, de interpretarlos, de desplazarlos parcialmente.
En este sentido, la frontera no se opone a la libertad; la hace posible. Allí donde todo estaría abierto sin restricción, ninguna iniciativa tendría relieve. Del mismo modo, un cierre absoluto anularía cualquier margen de acción. La libertad se juega en ese intervalo, en ese espacio regulado donde la diferencia no se convierte en barrera infranqueable.
El etnólogo encarna nuevamente esta lógica. Su libertad no reside en ignorar los límites del campo, sino en aprender a orientarse en ellos: reconocer las reglas implícitas, aceptar las resistencias, ajustar su posición. La iniciativa antropológica es siempre situada, nunca soberana.
Escritura, repetición y desplazamiento
Esta concepción de frontera y libertad puede extenderse a la escritura antropológica misma. Cada texto se inscribe en una serie, dialoga con otros, retoma conceptos ya formulados y los desplaza. Escribir no equivale a empezar desde cero, sino a intervenir en un espacio ya estructurado.
La libertad del autor no se mide por su capacidad de romper con todo lo anterior, sino por su habilidad para reorganizar los puntos de fijación del sentido. Cada nuevo texto propone una articulación distinta, abre una perspectiva, modifica el campo sin clausurarlo. La repetición no implica estancamiento, sino variación.
Desde este ángulo, la frontera entre textos no es un corte tajante, sino una zona de transición. La escritura se convierte en una práctica de cruce, donde el sentido se redefine sin anular lo previo. También aquí, el límite hace posible el movimiento.
Conclusión: habitar la frontera
La reflexión de Marc Augé invita a pensar la frontera no como una anomalía del mundo contemporáneo, sino como una estructura constitutiva de la relación humana. Lejos de oponerse a la libertad, el límite la sostiene, la orienta y le da forma. No hay iniciativa sin marco, ni encuentro sin distancia.
En un tiempo marcado por la tentación de los muros y por la ilusión de una apertura sin mediaciones, esta perspectiva ofrece una alternativa exigente. No se trata de abolir las fronteras ni de sacralizarlas, sino de aprender a habitarlas: reconocer su función relacional, aceptar su ambivalencia y resistir su transformación en instrumentos de exclusión absoluta.
La antropología, tal como la concibe Augé, se sitúa en ese umbral. Allí donde el límite no clausura, sino que abre un espacio para pensar, para moverse y para relacionarse con el otro sin negarlo ni absorberlo.
Bibliografía
Augé, M. (1997). Pour une anthropologie des mondes contemporains. Paris: Aubier.
Augé, M. (2008). El viaje imposible: el turismo y sus imágenes. Barcelona: Gedisa.
El etnólogo y el turista - Marc Augé https://www.youtube.com/watch?v=Q2quj5zf6wk&t=523s

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