«Lo cercano y lo lejano»: la sobremodernidad en la era de los algoritmos inteligentes

Introducción

Cuando Marc Augé publicó Non-Lieux a comienzos de la década de 1990, hizo algo más que introducir el concepto de no-lugar. Articuló también un reposicionamiento metodológico de la antropología en cuanto disciplina. En la sección titulada «Lo cercano y lo lejano», Augé sostuvo que la antropología debía enfrentarse directamente al mundo contemporáneo, abandonando la ilusión de que su objeto de estudio se encuentra exclusivamente en sociedades distantes o en vías de desaparición. Tres décadas más tarde, esta intervención sigue siendo influyente. Sin embargo, el presente con el que hoy se encuentra la antropología ya no es el mismo que describió Augé. Este artículo vuelve sobre esta sección desde la perspectiva actual y se pregunta si las condiciones que justificaban la antropología del presente propuesta por Augé no han sufrido ellas mismas una transformación que exige un nuevo examen crítico.

La antropología y la cuestión del presente

El punto de partida de Augé es engañosamente simple: la antropología siempre se ha ocupado del presente. Incluso cuando parece orientarse hacia la tradición, el mito o la memoria, se encuentra con estos materiales como prácticas vivas, articuladas en situaciones concretas. La diferencia entre antropología e historia, por tanto, no reside en el horizonte temporal, sino en el modo de acceso. Como afirma Augé, la antropología «se ocupa del presente, incluso cuando afirma interesarse por el pasado» (Augé, 1995). Su objeto no es un mundo ya ido, sino una configuración contemporánea de sentido.

De esta premisa se desprende el rechazo de la oposición clásica entre «aquí» y «allí». Para Augé, la antropología no se define por la distancia geográfica, sino por su compromiso con la alteridad tal como emerge en las relaciones sociales. Procesos como la globalización, la migración, los medios de comunicación de masas y la estandarización institucional ya habían difuminado las fronteras que sostenían la imaginación antropológica de la distancia. La alteridad ya no podía situarse cómodamente fuera de Europa o de Occidente. La antropología, insiste Augé, debe por tanto volverse hacia lo cercano sin complejos.

El estatuto cambiante de lo cercano

Aunque la crítica de Augé al exotismo sigue siendo convincente, la configuración de lo cercano ha cambiado. A comienzos de los años noventa, lo cercano aún se definía en gran medida a través de la copresencia: espacios compartidos, rutinas observables e instituciones accesibles mediante la interacción directa. Incluso con el aumento de la mediación, la experiencia social conservaba un carácter predominantemente relacional y espacial.

Hoy, este marco resulta menos estable. La interacción cotidiana se organiza cada vez más a través de interfaces, plataformas y sistemas automatizados que operan localmente, pero que son diseñados, mantenidos o gobernados en otros lugares. La cercanía ya no es principalmente espacial ni interpersonal; es operativa. Se está «cerca» de un sistema en la medida en que este procesa al individuo, se dirige a él o lo anticipa. A la inversa, lo lejano ya no es simplemente distante: se incrusta en las rutinas ordinarias mediante infraestructuras que permanecen en gran medida invisibles.

Esta transformación plantea una cuestión implícita pero poco desarrollada en el planteamiento de Augé: ¿puede la antropología seguir definiendo su objeto en términos de proximidad social cuando la mediación estructura cada vez más la experiencia?

La alteridad más allá del encuentro humano

En «Lo cercano y lo lejano», Augé define la antropología como el estudio de la alteridad en el presente. Esta alteridad puede ser cultural, social o incluso interna, dado que la identidad individual siempre se forma en relación con otros. De manera crucial, Augé se niega a oponer el individuo a la sociedad. Incluso en contextos de creciente individualización, el sentido sigue produciéndose socialmente.

La experiencia contemporánea, sin embargo, complica este modelo relacional. Los encuentros con la alteridad se producen hoy a menudo a través de sistemas que no representan una cultura ni encarnan un rol social reconocible. Las clasificaciones algorítmicas, los motores de recomendación y los sistemas de reconocimiento confrontan a los individuos con decisiones y juicios difíciles de situar dentro de categorías antropológicas familiares. La alteridad ya no es aquí simbólica ni interpersonal, sino procedimental. Se manifiesta como una lógica opaca que actúa sobre los sujetos sin presentarse plenamente como interlocutor.

Esto no invalida el marco de Augé, pero sí lo tensiona. La antropología se enfrenta cada vez más a formas de alteridad que no se presentan como diferencia cultural, sino como mediación técnica. La cuestión pasa a ser si el vocabulario conceptual de la disciplina puede dar cuenta adecuadamente de un «otro» incrustado en infraestructuras más que encarnado en figuras sociales.

Las figuras del exceso reconsideradas

El diagnóstico de la sobremodernidad elaborado por Augé se apoya en tres figuras del exceso: el tiempo, el espacio y la individualidad. Las tres siguen siendo reconocibles hoy, aunque cada una ha cambiado de forma.

El exceso de tiempo ya no se manifiesta principalmente como aceleración o saturación de acontecimientos. Adopta cada vez más la forma de anticipación. Los sistemas organizan el presente en función de futuros previstos, modelando la acción antes de que tenga lugar. La experiencia no solo se comprime, sino que se preestructura.

El exceso de espacio, antes asociado a la movilidad y a la proliferación de imágenes, implica ahora entornos estratificados en los que el desplazamiento físico se ve complementado por la navegación digital. El espacio se recorre a través de interfaces que personalizan el acceso y modulan la visibilidad, haciendo que el movimiento sea reactivo más que meramente direccional.

El exceso de individualidad persiste, pero ha adquirido una nueva dimensión. Aunque los individuos siguen siendo responsables de producir sentido, están simultáneamente sometidos a una interpretación continua. Perfiles, puntuaciones y predicciones de comportamiento acompañan la acción cotidiana. La individualidad se despliega así bajo condiciones de evaluación permanente.

Estos desplazamientos no indican una ruptura con la sobremodernidad, sino el envejecimiento de su configuración inicial. El exceso no ha desaparecido; se ha vuelto interactivo.

Conclusión

Volver hoy sobre «Lo cercano y lo lejano» confirma tanto la vigencia como la inscripción histórica del gesto antropológico de Augé. Augé enseñó a la antropología a tomarse en serio lo contemporáneo, resistiendo tanto la nostalgia como el exotismo. La tarea actual consiste en repetir ese gesto bajo condiciones transformadas. Los sistemas inteligentes, las interfaces omnipresentes y la mediación algorítmica han modificado la textura de la vida cotidiana de formas que exceden el horizonte empírico de comienzos de los años noventa. Reconocerlo no implica sustituir el marco de Augé, sino prolongarlo. Supone asumir que la antropología del presente debe convertirse también en una antropología de la mediación, atenta a las transformaciones silenciosas de aquello que llamamos «lo cercano».

Referencias

Augé, M. (1995). Non-Places: Introduction to an Anthropology of Supermodernity (J. Howe, Trad.). Verso.

 

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