Del aura al no-lugar: experiencia, espacio y pérdida de anclaje en Benjamin y Augé

Abstract
Este artículo propone una lectura comparativa entre Walter Benjamin y Marc Augé a partir de una afinidad estructural poco atendida: la relación entre la pérdida del aura y la proliferación del no-lugar. Más allá de una analogía temática, se sostiene que ambos conceptos permiten pensar transformaciones profundas de la experiencia moderna vinculadas a la disolución del anclaje espacial que históricamente sostenía el sentido. En Benjamin, la reproductibilidad técnica emancipa la obra de arte de su “aquí y ahora”, debilitando su inscripción ritual y su singularidad. En Augé, la supermodernidad produce espacios de tránsito que suspenden identidad, relación y memoria. Desde esta perspectiva, el no-lugar puede entenderse como el correlato espacial de la lógica de la reproductibilidad: no una profanación de lo sagrado, sino la pérdida de su función estructurante. El texto examina los alcances y límites de esta comparación y plantea la pregunta por el significado del habitar en un mundo marcado por la circulación y la intercambiabilidad.
Introducción
Cuando Walter Benjamin afirma que la obra de arte pierde su aura en la época de su reproductibilidad técnica, no está formulando una tesis meramente estética. Lo que se ve afectado no es solo el estatuto del objeto artístico, sino una determinada relación entre experiencia, espacio y sentido. El aura —ese “aquí y ahora” irrepetible (Hier und Jetzt)— designa una forma de aparición ligada a la unicidad, a la distancia y a su inscripción en una tradición. En este marco, la obra aurática no existe al margen del lugar que la sostiene: templo, ceremonia, santuario, marco ritual.
La modernidad técnica, al emancipar la obra de ese anclaje, no la profana; la vuelve disponible. Décadas más tarde, Marc Augé describirá un fenómeno distinto, aunque estructuralmente afín: la proliferación de espacios que ya no producen identidad, ni relación, ni memoria. Aeropuertos, autopistas, centros comerciales o supermercados no son simples escenarios funcionales; constituyen lo que él denomina non-lieux, no-lugares característicos de la supermodernidad. Aunque Augé no dialogue explícitamente con Benjamin, la cercanía conceptual resulta difícil de ignorar. Allí donde uno piensa la pérdida del aura, el otro describe la erosión del lugar. En ambos casos, lo que se debilita es una forma de anclaje que organizaba la experiencia.
El aura como estructura de experiencia
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Benjamin insiste en que el aura no es una cualidad subjetiva ni un residuo metafísico, sino una estructura de experiencia. La obra aurática se define por su singularidad y por la imposibilidad de ser sustituida sin resto. Su autoridad procede de la tradición, y su origen se encuentra en el ritual, primero mágico y luego religioso. “La obra de arte más antigua surgió al servicio de un ritual”, escribe Benjamin, subrayando que el valor cultual precede al valor de exhibición.
La reproducción técnica transforma radicalmente esta configuración. Fotografía y cine desprenden a la obra de su emplazamiento propio, multiplican su presencia y reducen la distancia que sostenía su aparición. La experiencia estética deja de exigir desplazamiento o recogimiento; se inserta en el flujo ordinario de la vida social. El efecto no se limita a una ampliación del acceso, sino que implica una mutación en el modo de relación con las cosas: la obra reproducida ya no está “ahí”; circula.
Sin embargo, Benjamin piensa este proceso de manera dialéctica. La desaparición del aura no constituye únicamente una pérdida, sino también la apertura de nuevas posibilidades perceptivas y políticas. El cine, al fragmentar la experiencia y someterla al shock, no empobrece sin más la percepción; la reconfigura en un campo atravesado por tensiones técnicas e históricas.
El lugar antropológico y su disolución
En Non-lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité, Augé propone una distinción que no es empírica, sino analítica. El lugar antropológico se define por tres rasgos: es identitario, relacional e histórico. En él se inscriben nombres, recuerdos, encuentros y relatos compartidos. No se trata necesariamente de un espacio sagrado, pero sí de un ámbito simbólicamente denso, donde la experiencia individual se articula con una memoria colectiva.
El no-lugar, en cambio, es el espacio donde esa inscripción se vuelve prescindible. Allí el sujeto no habita; transita. Su identidad se reduce a datos verificables —un billete, una tarjeta, un código— y su relación con los otros se rige por procedimientos estandarizados. “El no-lugar no crea identidad singular ni relación, sino soledad y similitud”, escribe Augé. No se trata de un vacío, sino de un entorno saturado de señalética, instrucciones y flujos regulados.
Conviene subrayar que esta oposición no es absoluta. Lugares y no-lugares coexisten, se superponen y, en ocasiones, se invierten según la posición del sujeto. Un mismo espacio puede funcionar como lugar para quienes lo habitan cotidianamente y como no-lugar para quienes lo atraviesan de forma anónima.
Espacios sin aura
La analogía comienza entonces a delinearse con mayor precisión. Así como la obra reproducida pierde su aura al desligarse del emplazamiento ritual que la sostenía, el sujeto contemporáneo se desplaza por espacios que ya no operan como lugares antropológicos. El no-lugar puede pensarse, en este sentido, como un correlato espacial —no técnico, sino experiencial— de la lógica de la reproductibilidad: no porque reproduzca obras, sino porque multiplica formas, gestos y recorridos intercambiables.
Un aeropuerto en Viena, Dubái o Singapur no remite a una historia local específica; se reconoce por su estandarización. De modo análogo, una imagen reproducida ya no apunta a un origen singular, sino a su disponibilidad reiterada. En ambos casos, la experiencia se define por la circulación y la repetición, no por la pertenencia. El rito cede su lugar al procedimiento; el relato, a la instrucción.
Desde esta perspectiva, puede formularse una hipótesis más precisa: lo que se debilita en la modernidad no es lo sagrado como contenido, sino como función. Tanto el aura benjaminiana como el lugar antropológico de Augé cumplen una tarea análoga: anclar la experiencia en un aquí y ahora irreductible. Cuando ese anclaje se disuelve, no se produce necesariamente una profanación, sino una forma de indiferencia organizada.
Límites de la comparación
La comparación, no obstante, tiene límites que conviene mantener visibles. Benjamin concibe la pérdida del aura como un proceso atravesado por tensiones históricas y políticas. La reproductibilidad técnica no solo transforma la percepción; la inscribe en un campo de lucha donde se juega la estetización de la política o la politización del arte. Augé, por su parte, adopta un registro distinto. El no-lugar no anuncia una emancipación futura ni una catástrofe inminente; nombra una condición estructural de la supermodernidad, observable en la vida cotidiana.
Esta diferencia es decisiva. Benjamin conserva la expectativa de que algo pueda hacerse con la desaparición del aura. Augé constata la expansión de espacios que suspenden la memoria y la relación sin promesa de restitución. Allí donde el primero mantiene una tensión crítica abierta, el segundo describe una proliferación silenciosa.
Conclusión: habitar después del anclaje
Pensar conjuntamente a Benjamin y Augé no implica forzar una genealogía inexistente, sino reconocer una resonancia teórica. Ambos analizan una modernidad que tiende a definirse menos por el habitar que por el tránsito; menos por la inscripción que por la circulación. La obra sin aura y el espacio sin lugar aparecen así como dos figuras de un mismo desplazamiento.
La pregunta que queda abierta no es si resulta posible regresar a un mundo aurático o a una geografía plenamente simbólica. La cuestión es más incómoda: qué significa hoy habitar cuando el espacio ya no garantiza memoria ni distancia. Tal vez el problema contemporáneo no sea la pérdida de lo sagrado, sino la dificultad de encontrar un lugar donde la relación y la memoria puedan todavía inscribirse.
Biliografía
Augé, M. (1998). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad (trad. M. Mizraji). Barcelona: Gedisa.
Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos I (trad. J. Aguirre). Madrid: Taurus.
Relph, E. (1976). Place and Placelessness. Londres: Pion.
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