Histeria, obsesión y la fractura progresista–conservadora en clave lacaniana
La división entre innovación cultural y estabilidad tradicional es visible en todas partes: desde las artes hasta la política, desde la estética hasta los valores sociales. Las democracias modernas parecen casi divididas a partes iguales entre quienes impulsan la transformación y quienes defienden los marcos heredados. Esta tensión no es nueva, pero la teoría psicoanalítica ofrece una lente inesperadamente reveladora para examinarla. En particular, la distinción de Jacques Lacan entre el sujeto histérico y el sujeto obsesivo, términos que no aluden a patologías en sentido coloquial, sino a estructuras psíquicas duraderas, proporciona una vía sutil para leer el paisaje contemporáneo.
Basándose en su interpretación de Freud, Jacques Lacan (tal como lo presenta Steven Z. Levine) compara al histérico con el artista de vanguardia y al sujeto obsesivo con el artista académico. Tal imaginería invita a una reflexión más amplia: ¿pueden estas dos posiciones subjetivas servir como metáforas de las orientaciones progresistas y conservadoras que configuran el discurso cultural y político actual?
La respuesta, si se aborda con cautela, es afirmativa, siempre que recordemos la naturaleza metafórica de la comparación y evitemos reducir la psicología a ideología. Con todo, la convergencia es lo suficientemente llamativa como para merecer exploración.
El Otro y la cuestión del deseo
El marco lacaniano gira en torno a la relación entre el individuo y el “Otro”, no una persona concreta, sino el orden simbólico mismo: el lenguaje, las normas, las expectativas, las instituciones. Cada pregunta fundamental que formulamos, incluso cuando se dirige a figuras particulares como padres o maestros, apunta en última instancia a esta autoridad mayor e impersonal.
Como parafrasea Steven Z. Levine a Lacan: “Nuestras preguntas siempre están dirigidas al Otro, a quien suponemos que conoce las respuestas.”
Este Otro imaginado y omnisciente es el lugar donde situamos las demandas que creemos rigen nuestra vida. Ya sea resistiéndolas o cumpliéndolas, nuestra relación con estas demandas supuestas configura nuestra orientación hacia el deseo y nos sitúa dentro de una de las grandes estructuras subjetivas definidas por Lacan.
El sujeto histérico: rechazo, innovación y vanguardia
En términos lacanianos, el sujeto histérico resiste la identidad que el orden simbólico le ofrece. Levine ilustra esta posición estructural con la pregunta: “¿Soy una mujer o un hombre?”, cuestión que no alude al hecho biológico, sino a la colocación simbólica, al rol que el Otro parece asignar. Esta formulación no es literalmente lacaniana, pero capta la negativa del histérico a aceptar la posición que le ofrece el orden simbólico.
“El sujeto histérico responde… resistiendo lo que ella o él imagina que el Otro quiere que sea” (Levine, 2008).
Este gesto no es simple desobediencia; es un rechazo estructural a quedar plenamente atrapado por las expectativas normativas. La comparación con los artistas de vanguardia es esclarecedora. Estos creadores desafían las leyes estéticas de su época, cuestionan los convencionalismos y buscan alternativas. Del mismo modo, el histérico exige nuevas posibilidades cuando las formas disponibles resultan asfixiantes.
Aquí podemos establecer una analogía cuidadosa: esta actitud se asemeja a lo que suele llamarse progresismo en términos culturales o políticos. El progresismo tiende hacia la crítica—de instituciones, cánones, tradiciones—e imagina futuros donde otras formas de vivir, pensar o expresarse puedan volverse viables.
No es una equivalencia perfecta, pero la proximidad es difícil de ignorar. La orientación histérica—siempre preguntándose “¿Qué más podría haber?”—refleja la insistencia progresista en que las normas sociales, artísticas o éticas pueden y deben reinventarse continuamente.
El sujeto obsesivo: orden, preservación y el artista académico
Si el histérico cuestiona el orden simbólico, el sujeto obsesivo se aferra a él. Levine resume el dilema obsesivo con otra pregunta ilustrativa: “¿Estoy vivo o estoy muerto?” De nuevo, no se trata de una formulación literal de Lacan, sino de una condensación de la oscilación obsesiva entre ser y no-ser, y de la ansiedad de que desviarse del deber conlleve una catástrofe: “El sujeto obsesivo… responde al deseo imaginado del Otro insistiendo en que el orden normal debe mantenerse” (Levine, 2008).
Esta actitud coincide con la del artista académico, que valora la técnica establecida, la tradición y la continuidad. La analogía con las sensibilidades conservadoras es convincente. El conservadurismo, en sentido amplio, enfatiza la importancia de las formas heredadas, el cambio incremental y los peligros del desorden. Sostiene que la tradición no es solo un ancla, sino un depósito de sabiduría acumulada.
De nuevo, el solapamiento es metafórico: una persona conservadora no es necesariamente un “sujeto obsesivo” en sentido psicoanalítico. Sin embargo, la semejanza, especialmente en relación con la autoridad, la convención y la estabilidad, es lo bastante estrecha como para iluminar ciertos patrones del discurso contemporáneo.
Por qué funciona la analogía…con límites
El paralelismo entre estas estructuras psicoanalíticas y las orientaciones políticas es, por necesidad, simbólico y no literal. Las categorías de Lacan describen configuraciones inconscientes del deseo, no compromisos ideológicos. Personas de cualquier orientación política pueden presentar cualquiera de estas estructuras en el plano psíquico.
Aun así, la analogía sigue siendo fructífera porque ambos dominios—la estructura clínica y la actitud cultural—giran en torno a un eje común: un polo cuestiona las normas, el otro las preserva. En el ámbito artístico, la imaginería lacaniana lo hace explícito: vanguardia frente a academia, innovación frente a tradición. Trasladadas a la esfera social, estas posiciones ayudan a comprender por qué las sociedades democráticas suelen dividirse en dos campos relativamente estables, cada uno encarnando una relación distinta con el orden simbólico: uno interrogativo, el otro preservacional.
Más allá de la división: el mensaje psicoanalítico
El punto último de Lacan, sin embargo, no es valorar un lado u otro, sino aflojar el dominio del Otro imaginado. Tanto el histérico, que resiste a una autoridad que supone omnipotente, como el obsesivo, que la sigue ciegamente, permanecen atrapados en una fantasía: la idea de que el Otro realmente sabe. El psicoanálisis intenta mostrar que ese garante supuesto no existe como una voluntad omnisciente.
Cuando esta realización emerge, el sujeto descubre otra posibilidad—ni rebelión ni obediencia, sino un encuentro con el deseo propio, desligado de las demandas proyectadas. El arte, en sus formas más elevadas, suele moverse en esta dirección: no repite convenciones ni las rechaza de forma refleja, sino que encuentra un camino singular.
Bibliography
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Cambridge: Harvard University Press, 1997.
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Seuil, 1966.
• Lacan, Jacques. The
Seminar, Book XI: The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis. Trans. A. Sheridan. New York: Norton, 1977.
• Leader, Darian. Why Do People Get Ill? London: Hamish Hamilton, 2007.
• Levine, Steven Z. Lacan Reframed. London: I.B. Tauris, 2008.
• Roudinesco, Élisabeth. Jacques Lacan & Co.: A History of
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