La antigua búsqueda del Uno: Universum, la navaja de Ockham y el minimalismo Chomskiano

La navaja de Ockham. AI image
Introducción

El pensamiento occidental arranca con una intuición sencilla y, a la vez, sorprendentemente audaz: bajo la multiplicidad fluctuante de las apariencias late un orden único. La propia palabra universo preserva esa esperanza. Procedente del latín uni-versum —«lo volcado hacia uno»— evoca una realidad entendida como un todo coherente y no como un cúmulo caótico. Desde la Antigüedad hasta la Edad Media, los filósofos acogieron esta idea en formas diversas, pero todos compartieron la convicción de que comprender significa reducir la variedad a una unidad subyacente. Esa aspiración antigua reaparece, transformada, en el principio medieval conocido hoy como la «navaja de Ockham» y, más recientemente, en el intento de Noam Chomsky por explicar el lenguaje humano mediante el sistema más económico posible. Seguir esta genealogía revela que el atractivo contemporáneo por la simplicidad no es una innovación científica, sino una expectativa metafísica profundamente arraigada.

La unidad como primer principio de explicación

Mucho antes de que los escolásticos hablaran de «navajas», los pensadores griegos ya preferían teorías sustentadas en el menor número de supuestos. Parménides afirmó que la realidad auténtica debe ser una, continua e indivisible. Heráclito, pese a defender el cambio permanente, postuló un logos único que ordena los contrarios. Platón situó la unidad en la cúspide de su metafísica: la Forma del Bien —o lo Uno— ilumina y articula el mundo inteligible.

Aristóteles dio a esa inclinación una formulación metodológica. En los Analíticos posteriores sostiene que una demostración es superior cuando deriva sus conclusiones de menos premisas: «Ceteris paribus, la prueba que recurre a menos postulados es mejor». En la Física rechaza la proliferación de principios infinitos y elogia a Empédocles por explicar múltiples fenómenos mediante un conjunto limitado de causas. Para Aristóteles, la economía no aumenta solo la elegancia; expresa la regularidad propia de la naturaleza. La unidad del cosmos invita a buscar explicaciones sobrias.

Esa actitud persistió en las escuelas helenísticas. Los estoicos concibieron el mundo como un organismo animado por un soplo racional único, el pneuma. Los neoplatónicos imaginaron que toda multiplicidad emana de un principio absolutamente simple. Ambas corrientes reforzaron la idea de que la inteligibilidad del mundo descansa en su coherencia interna.

Transformaciones medievales: de la unidad a la parsimonia

Los primeros pensadores cristianos incorporaron la metafísica griega a un marco teológico. La simplicidad divina se convirtió en un pilar de la ontología medieval: Dios carece de partes, y la creación refleja esa perfección mediante una estructura ordenada. Explicar fenómenos naturales o lógicos requería, por tanto, respetar esa armonía.

En ese contexto, los eruditos medievales refinaron los métodos aristotélicos. Roberto Grosseteste, en su comentario a los Analíticos posteriores, afirma que una demostración es «más digna» cuando depende de menos supuestos. Juan Duns Escoto subraya la necesidad de evitar entidades gratuitas en la argumentación metafísica. Este clima intelectual dio lugar al pensamiento de Guillermo de Ockham.

Contra lo que suele creerse, Ockham no inventó el célebre dictamen «no deben multiplicarse los entes sin necesidad». La frase latina exacta no aparece en sus escritos conservados. Lo que sí formuló —con insistencia y energía— fue un principio de frugalidad epistémica: «Nada debe postularse sin razón, a menos que sea autoevidente, conocido por experiencia o demostrado por la Escritura». Su rechazo de universales innecesarios, mecanismos causales redundantes y capas metafísicas superfluas otorgó a la posterior «navaja» su filo característico. Sin embargo, la sensibilidad de Ockham permaneció anclada en una tradición mucho más antigua que veía en la unidad el sello de toda comprensión.

El debate contemporáneo: ¿es la simplicidad una virtud de la naturaleza o del pensamiento?

La filosofía moderna de la ciencia suele tratar la simplicidad como un criterio pragmático. Los científicos prefieren modelos con menos parámetros, hipótesis más claras y explicaciones ajustadas, porque suelen ser más predictivos y fáciles de contrastar. Pero esta preferencia plantea una cuestión filosófica: ¿el mundo es realmente simple o solo favorecemos teorías simples por razones psicológicas o prácticas?

Hoy predominan dos posiciones. Algunos investigadores creen que la simplicidad refleja la estructura de la realidad; la física, sostienen, avanza descubriendo leyes cada vez más unificadas. Otros consideran la parsimonia una herramienta heurística sin implicaciones metafísicas. Esta postura advierte del riesgo de confundir la elegancia con la verdad.

A pesar de sus discrepancias, la mayoría acepta que la simplicidad no puede erigirse en criterio autónomo de corrección. Orienta la investigación, pero no garantiza acierto. Esta ambivalencia prepara el terreno para evaluar teorías contemporáneas que elevan la parsimonia a un rol metodológico central.

El minimalismo de Chomsky como navaja moderna

La lingüística ofrece un ejemplo especialmente sugerente. Desde mediados de la década de 1990, Noam Chomsky sostiene que el lenguaje humano puede derivarse de un mecanismo computacional extremadamente elemental. Según el Programa Minimalista, la gramática descansa en una sola operación —Merge—, capaz de combinar dos elementos en una estructura jerárquica. A partir de ese acto de recursividad ilimitada emergen los patrones sintácticos observables en las lenguas del mundo.

Chomsky presenta esta propuesta no como una preferencia estética, sino como una expectativa biológica. Si el lenguaje surgió de manera repentina en la evolución humana, el sistema cognitivo que lo posibilita debería ser notablemente económico. Por eso insta a identificar «el sistema computacional más simple que produzca las propiedades observadas del lenguaje», tratando módulos innecesarios, transformaciones adicionales o niveles representacionales sobrantes como cargas teóricas.

Sus críticos objetan que esta reducción radical empobrece la diversidad lingüística. Funcionalistas, tipólogos y científicos cognitivos argumentan que la variación estructural y las presiones comunicativas exigen recursos explicativos más ricos. Aun así, el proyecto de Chomsky encarna la persistente búsqueda de unidad. Para él, la abrumadora diversidad de lenguas proviene de una capacidad generativa única inscrita en nuestra biología.

Conclusión

Desde la etimología de universum hasta los debates actuales en ciencia cognitiva, la aspiración a la unidad ha guiado los esfuerzos occidentales por comprender el mundo. Filósofos antiguos, teólogos medievales y teóricos modernos han orientado sus explicaciones hacia la reducción de lo innecesariamente complejo. El nombre de Ockham terminó asociado a esta tradición, aunque su «navaja» expresa una convicción mucho más antigua que la lógica escolástica. El minimalismo de Chomsky muestra que ese impulso sigue vivo: el deseo de que una vasta multiplicidad de fenómenos brote de un único principio subyacente. Si la naturaleza realmente favorece la simplicidad, o si tan solo soporta nuestra preferencia por las teorías elegantes, sigue siendo una cuestión abierta. Lo que permanece es la necesidad humana de «volver hacia lo uno» (universum) al buscar comprensión.

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