El hombre como potencialidad: Nietzsche, Aristóteles y el destino del devenir

dynamis y energeia. AI image

Introducción

«El hombre es algo que debe ser superado», declara Zaratustra (Prólogo, §3). En otro pasaje, Nietzsche escribe: «El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo» (La voluntad de poder, §868). Estas dos frases, breves pero inmensas, condensan la esencia de la antropología nietzscheana: la humanidad no es un ser consumado, sino una transición. El hombre no constituye un punto de llegada, sino un puente, un paso peligroso suspendido entre lo que fue y lo que podría llegar a ser.

Para comprender el sentido de esta afirmación, resulta útil recurrir al vocabulario de la Metafísica de Aristóteles: dynamis (potencialidad) y energeia (actualidad). En estos términos, el hombre aparece como una potencia —un ser capaz de transformarse— cuya realización puede orientarse en direcciones radicalmente distintas. Nietzsche ofrece dos posibles desenlaces: el último hombre, que renuncia a la lucha del devenir, y el Übermensch o superhombre, que asume la tarea creadora de la autotrascendencia. El destino de la humanidad, entonces, depende de cómo esta potencia se actualice.

El hombre como potencialidad: un ser entre dos polos

En el pensamiento aristotélico, la potencialidad designa aquello que puede ser, pero aún no es. La semilla contiene la posibilidad del árbol; el aprendiz, la del maestro. Cada ser tiende hacia su forma propia, hacia su plenitud (entelecheia). Nietzsche hereda este sentido dinámico del ser, pero vaciado de toda teleología. Cuando Zaratustra afirma que el hombre es algo que debe superarse, sugiere que la humanidad carece de una esencia fija. Ser humano equivale, precisamente, a estar inacabado, a existir como un proyecto abierto.

La metáfora de la cuerda expresa esto con precisión. Una cuerda no es un punto de reposo, sino una tensión entre dos extremos. Une al animal, símbolo del instinto y la necesidad, con el superhombre, emblema de la trascendencia creadora. Entre ambos polos, el hombre queda suspendido, definido por su inestabilidad. Como dice Zaratustra: «El hombre es un puente, no una meta: lo que hay de amable en el hombre es que es un tránsito y un ocaso» (Prólogo, §4). El ser humano habita, por tanto, un espacio de devenir, un frágil pasaje donde la potencialidad busca su dirección.

Dos actualizaciones: el último hombre y el superhombre

Para Nietzsche, el destino de esta potencia no está asegurado. Puede culminar en el triunfo del espíritu o en su agotamiento. Estas dos posibilidades —el último hombre y el superhombre— representan modos opuestos de actualizar la misma potencialidad humana.

El último hombre encarna el declive de la voluntad de poder. Es aquel que se aparta del riesgo, la pasión y la creatividad, prefiriendo la seguridad y la comodidad. «“Hemos inventado la felicidad”, dicen los últimos hombres, y parpadean» (Prólogo, §5), se burla Zaratustra. En él, la potencia se derrumba en inercia; la cuerda se afloja. Ya no desea ser más de lo que es. El abismo, antes temible, ahora le resulta indiferente.

El superhombre, en cambio, representa la floración plena de la posibilidad humana. No es un redentor metafísico, sino la figura de la autocración: aquel que dice sí a la existencia, incluso cuando hiere. En Más allá del bien y del mal (§260), Nietzsche escribe que el alma noble «se honra a sí misma como quien manda, como quien crea valores». Esta afirmación creadora transforma la ausencia de propósito divino en una oportunidad para la invención. Si en Aristóteles la actualidad realiza una forma dada, en Nietzsche la actualización crea la forma misma.

Ambas figuras surgen del mismo campo de posibilidad, pero divergen en su relación con el devenir: una busca cerrarlo; la otra, intensificarlo. En términos aristotélicos, la dynamis del hombre puede realizarse como clausura de la potencialidad (el último hombre) o como afirmación del devenir infinito (el superhombre).

El abismo y el fin de la teleología

La imagen del abismo introduce una diferencia decisiva entre Nietzsche y Aristóteles. Para este último, todo ser tiende a su fin natural, su telos. La bellota apunta al roble; el escultor, a la estatua terminada. En la visión nietzscheana, en cambio, el telos ha desaparecido. La muerte de Dios disuelve toda meta preestablecida. La cuerda se extiende ahora sobre la nada, y el abismo simboliza precisamente esa ausencia de necesidad.

Por ello, la antropología nietzscheana es trágica: el ser humano está condenado a elegir sin guía, a definirse sin recurrir a un orden natural o divino. El hombre debe ser su propio fin. El superhombre no perfecciona una esencia natural, sino que crea una nueva. El proceso del devenir ya no conduce a una plenitud, sino que permanece abierto, arriesgado, creador. «El hombre —escribe Nietzsche en La gaya ciencia (§125)— es un tránsito y una destrucción».

Desde esta perspectiva, Nietzsche no rechaza la distinción aristotélica entre potencialidad y actualidad: la radicaliza. La convierte de principio metafísico en condición existencial. Existir significa estar perpetuamente incompleto, oscilar entre ascenso y decadencia, invención y agotamiento.

Conclusión: el destino de la potencialidad

Si «el hombre es algo que debe ser superado», es porque todavía no es él mismo. Se halla en un umbral, capaz de realizar su naturaleza como decadencia o como creación. El marco aristotélico nos permite ver que, para Nietzsche, la humanidad es un experimento metafísico: la pregunta sobre lo que la vida puede llegar a ser una vez liberada de fines fijos.

En nuestra época, cuando la tecnología promete comodidad infinita y la automatización amenaza con disolver el esfuerzo, el diagnóstico de Nietzsche recobra su urgencia. El peligro no es no alcanzar la perfección, sino dejar de desearla; convertirnos, voluntariamente, en los últimos hombres. Pero la misma potencia que permite el declive también posibilita la grandeza. El abismo es peligroso, pero sin él no habría cuerda, ni tránsito, ni futuro.

El hombre sigue siendo, como para Nietzsche, una posibilidad suspendida entre el animal y el creador, una pregunta más que una respuesta. Su tarea no es descansar, sino devenir: afirmar, frente a la nada, el poder creador de la vida misma.

Bibliografía

Aristóteles. Metafísica. Trad. W.D. Ross. Oxford: Clarendon Press.
Nietzsche, Friedrich.
Así habló Zaratustra. Trad. Walter Kaufmann. Nueva York: Penguin, 1978.
———.
La voluntad de poder. Trad. Walter Kaufmann y R.J. Hollingdale. Nueva York: Vintage, 1968.
———.
Más allá del bien y del mal. Trad. R.J. Hollingdale. Londres: Penguin, 1990.
———.
La gaya ciencia. Trad. Walter Kaufmann. Nueva York: Vintage, 1974.
Heidegger, Martin.
Nietzsche. Vols. I–IV. Nueva York: Harper & Row, 1979.
Deleuze, Gilles.
Nietzsche y la filosofía. Nueva York: Columbia University Press, 1983.

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