El hombre como dios protésico: IA, talento y ansiedad humana

El dios protésico. IA image
Introducción

Hace unos días me encontré con un comentario en redes sociales que llamó mi atención:
“No interactúo con nadie que use IA para escribir o que fomente su uso. Para mí, usarla significa que no eres un escritor real. Si no estás de acuerdo, sigue adelante y déjame en paz.”

A primera vista, esta afirmación parece una exageración, producto de una actitud rígida o de una frustración personal. Sin embargo, bajo ese tono severo se esconde una tensión que muchas personas sienten hoy: la inquietud que surge cuando habilidades cultivadas con perseverancia chocan con herramientas capaces de producir resultados comparables. ¿Qué alimenta esta intensidad? ¿Por qué individuos por lo demás abiertos reaccionan de manera tan defensiva ante la creatividad algorítmica?

Hace un siglo, Sigmund Freud ofreció una imagen reveladora que ayuda a iluminar esta reacción: el ser humano como un “dios protésico”. Esta expresión, tomada de El malestar en la cultura, ofrece un marco para comprender las ansiedades actuales en torno a las herramientas inteligentes.

Dinámicas sociales y psicológicas

Las personas dedican años, a veces toda una vida, a dominar una disciplina. Los escritores moldean su estilo mediante revisiones implacables; los músicos soportan horas de práctica repetitiva; los pintores afinan su técnica durante décadas. Esa dedicación se convierte en algo más que pericia: se fusiona con la identidad, con la autoestima y con la satisfacción silenciosa de pertenecer a una comunidad de practicantes expertos.

Cuando alguien sin ese recorrido obtiene resultados comparables con mucha menos inversión, especialmente con la ayuda de herramientas avanzadas, la reacción suele ser defensiva. No se trata principalmente de ética o autenticidad. La inquietud proviene de la sensación de invasión en un territorio donde la distinción surgía antes de la larga experiencia.

Esto ayuda a explicar por qué un editor consolidado o un escritor experimentado puede reaccionar con dureza ante textos producidos con asistencia computacional. Su irritación rara vez tiene que ver con fallos estilísticos. Más bien, refleja la alteración de jerarquías conocidas, la erosión repentina de la ventaja simbólica acumulada durante años de esfuerzo sostenido. La hostilidad no es, en su núcleo, moral; es psicológica: una respuesta a un estatus amenazado o a la posibilidad de que el camino que recorrieron con tanto esfuerzo ya no sea el único camino.

La IA como prótesis cognitiva

Freud escribió en El malestar en la cultura:
“El hombre se ha convertido, por así decirlo, en una especie de dios protésico.”

No se refería a la divinidad, sino a la forma en que los seres humanos amplifican constantemente sus capacidades mediante instrumentos. Desde las palancas hasta los telescopios, desde las bibliotecas hasta las computadoras, nuestra especie ha multiplicado su alcance físico e intelectual a través de ayudas externas.

Los algoritmos inteligentes representan la fase más reciente de esa larga historia. Funcionan como prótesis cognitivas: amplían la memoria, aceleran el razonamiento y apoyan la exploración creativa. Del mismo modo en que antiguas herramientas multiplicaron la fuerza muscular o extendieron la visión, los sistemas contemporáneos amplían el campo del pensamiento.

Sin embargo, cada nueva extensión conlleva cierta incomodidad. Quienes se enorgullecen de su habilidad sin ayuda pueden sentirse inquietos cuando un dispositivo realiza tareas similares con menor esfuerzo. La resistencia hacia estas herramientas no se debe a fallas éticas, sino al choque con una verdad tan antigua como la primera invención: la tecnología redefine lo que los humanos pueden hacer, a menudo más rápido de lo que las identidades personales o las normas sociales pueden adaptarse. La incomodidad surge cuando una maestría arduamente conquistada se vuelve accesible para más personas.

Conciliar talento, esfuerzo e igualdad

Esta dinámica conduce a una paradoja silenciosa. Quienes valoran la justicia y defienden un acceso más amplio al conocimiento pueden, aun así, dar un paso atrás cuando la democratización alcanza su propia esfera de logro. Apoyan la igualdad en principio, pero se sienten vulnerables cuando esa igualdad llega a su puerta.

El punto no es que la dedicación pierda significado. Años de trabajo concentrado importan: refinan el juicio, profundizan el gusto y cultivan la capacidad de discernimiento. Pero las nuevas herramientas no borran estas virtudes; coexisten con ellas. Simplemente amplían el número de caminos que conducen a una expresión significativa.

Los sistemas inteligentes permiten que las personas organicen ideas, exploren conceptos y produzcan trabajos que antes habrían requerido una formación extensa. Cuestionan supuestos arraigados sobre la originalidad, pero también abren espacio para nuevas formas de creatividad. La pericia sigue contando; lo que cambia es la ruta que lleva a ella.

Así como generaciones anteriores se adaptaron a la alfabetización, a la imprenta y a las computadoras, nuestro tiempo puede adaptarse a la ampliación cognitiva. Estas herramientas no amenazan el potencial humano; forman parte de su evolución continua.

Conclusión

El rechazo en redes sociales hacia los algoritmos inteligentes revela algo más que desdén por la tecnología. Expone un patrón recurrente: surge ansiedad siempre que las habilidades humanas son reflejadas por herramientas, desencadenando reacciones moldeadas por el miedo, la envidia y el instinto de proteger un estatus ganado con esfuerzo. La metáfora freudiana del dios protésico aclara esta dinámica. Siempre hemos sido criaturas definidas por nuestras extensiones: mecánicas, intelectuales y simbólicas.

Reconocer esta continuidad permite un enfoque más equilibrado. Los logros personales merecen respeto, pero no tienen por qué oponerse al acceso más amplio. Las herramientas inteligentes, como cualquier prótesis anterior, amplifican —no reducen— la agencia humana. Aceptar esta idea abre espacio para la confianza en lugar del miedo, para la curiosidad en lugar del repliegue.

La pregunta que enfrentamos no es solo técnica, sino cultural: ¿cómo integrar estas nuevas capacidades sin perder el valor de la experiencia? ¿Cómo acoger el progreso sin caer en una defensividad automática? Tal vez la respuesta radique en reconocer que cada extensión de nosotros mismos, desde la rueda hasta el procesador de textos, ha redefinido lo que significa ser humano. Este momento no es distinto.

Referencias

Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. 1930.
Žižek, Slavoj. Living in the End Times.
Verso, 2010.

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