El Mito del Ojo Omnisciente: Por Qué No Vemos el Origen de una Imagen

Introducción: lo analógico, lo digital y lo sintético

Vivimos en un momento fascinante. La expansión reciente de imágenes producidas por sistemas generativos ha reactivado un viejo prejuicio: la sospecha de que lo artificioso carece de autenticidad. Debatimos con pasión sobre si una imagen “verdadera” debe surgir de película química, de un sensor o de un modelo generativo. Pero casi nadie reconoce la obviedad incómoda: el ojo no percibe la genealogía técnica de una imagen. La distinción que organiza el debate —analógico, digital, IA— no pertenece a la experiencia visual, sino al mito cultural. De hecho, el observador solo capta lo que está delante de él; todo lo demás es relato, creencia, nostalgia. Esta simple premisa desarma la mayor parte de la retórica purista. Y se vuelve aún más clara cuando la pensamos a través de un paralelismo tan elegante como devastador: el lenguaje.

La historia que no se ve: una lección desde la lingüística

En lingüística, la diferencia entre sincronía y diacronía es crucial. Saussure mostró que un hablante domina su idioma sin tener idea de su trayectoria histórica. Usa palabras de origen árabe, germánico o griego sin percibir su procedencia. La etimología solo aparece para el especialista; en la vida cotidiana ni siquiera existe como posibilidad perceptual.

Lo importante aquí es la lógica: la ausencia total de esa historia no afecta el funcionamiento del sistema. La comunicación fluye sin fricción porque el usuario vive exclusivamente en el presente estructural. No detecta préstamos, transformaciones, ni capas sucesivas: todo se integra en un estado actual del que nadie necesita dar cuenta.

Con la fotografía sucede algo similar. El espectador habitual no distingue entre película química, sensor digital o modelos generativos. Reacciona ante una escena organizada en forma visual; la causalidad material de esa escena no se hace explícita para él. Sólo el especialista —artista, crítico, técnico o historiador— identifica características que remiten a procesos concretos: grano, ruido, interpolaciones, degradaciones tonales o pequeñas inconsistencias computacionales. Es decir, el equivalente al lingüista que reconoce en almohada una raíz árabe o en hombre un rastreo latino.

Lo que el hablante ignora de la historia de su idioma no perturba su competencia. Lo que el espectador desconoce del proceso fotográfico tampoco modifica su vivencia estética.

Tres técnicas, una experiencia: por qué la ontología no determina la percepción

La fotografía analógica produjo uno de los relatos más influyentes del siglo XX: la idea de que la imagen contiene una huella de lo real. Barthes llamó a ese contacto lumínico un “esto ha sido”. Ese vínculo con el referente alimentó un aura casi religiosa alrededor del negativo. Pero incluso esa sacralidad era conceptual, no perceptual. El público nunca distinguió de forma infalible un grano químico de un ruido digital. Solo quien conoce los procesos puede rastrear esa huella.

Con la transición al sensor electrónico, la captura se volvió una interpretación numérica. El “original” se desdibujó; toda imagen pasó a ser una matriz reproducible sin pérdida. Y, sin embargo, la percepción humana siguió funcionando igual: composición, luz, gesto, simbolismo. Los debates ontológicos raramente coinciden con lo que registra la retina.

La imagen sintética lleva este punto al extremo. Ya no proviene de un instante vivido ni de un cuerpo iluminado. Es una construcción programada para simular lo visible con una precisión que, en muchos casos, supera la capacidad de distinción del espectador. Que imite procesos de lente, emulsión o sensor no implica fraude; implica comprensión profunda de la apariencia. La ontología cambia; la experiencia no necesariamente.

Percepción, sesgo y ficción cultural

Aquí se encuentra el núcleo del problema. No existe capacidad sensorial que revele si una imagen fue capturada por una cámara o construida por un algoritmo. La discriminación nace del contexto, del prejuicio o del entrenamiento, nunca de un sentido especial.

Tres factores explican gran parte de las reacciones actuales:

1. El sesgo antropocéntrico: El público valora más aquello que cree realizado por una persona. Importa la intención atribuida, no la apariencia. Cuando se descubre que no hubo mano humana, la estimación cae aunque la imagen sea idéntica a otra que sí la tuvo. No es percepción: es psicología.

2. El mito del aura: Se suele repetir que lo analógico posee una autenticidad intrínseca. Sin embargo, Benjamin jamás afirmó que un medio posterior “pierda” aura. Estudió su transformación. El encanto depende de prácticas culturales, no de esencias técnicas. Flusser, Mitchell y Fontcuberta llevan años mostrando que cada tecnología funda su propio régimen de verdad y seducción.

3. El dato que lo cambia todo: La paradoja es brutal: si el espectador no sabe cómo se creó la imagen, la evalúa según lo que ve. Pero si se le informa del origen, cambia su juicio incluso cuando nada visual ha variado. El criterio no está en la imagen; está en la narrativa que sostiene su identidad estética.

Contra la jerarquía tecnológica

La jerarquía que suele repetirse —película “superior”, digital “aceptable”, síntesis “sospechosa”— no surge de un análisis perceptual, sino de una construcción cultural. Es una forma de nostalgia que confunde tradición con excelencia. Y es, además, una estrategia de frontera: traza quién pertenece al círculo de lo “auténtico” y quién no.

Una parte del purismo fotográfico procede de la dificultad para aceptar que el dominio técnico de una generación ya no define el paisaje visual contemporáneo. Pero la técnica no es un valor moral. Es una herramienta. Y el observador no la ve, salvo que alguien le haga leer la etiqueta. Lo que realmente se percibe son relaciones de luz, composición, atmósfera, intención estética. Nada de eso depende de la procedencia material.

Si no puedes distinguir el origen sin ayuda, ¿qué exacto prestigio estás defendiendo? ¿La imagen o el relato que preserva tu comodidad?

Conclusión: lo que rechazamos nunca está en la imagen

Volvamos al punto inicial: el ojo no detecta la causa técnica. Detecta formas, colores, tensiones, símbolos. Si la reacción ante una pieza cambia cuando te dicen que fue generada, entonces la experiencia estética no era autónoma, sino ritual. El rechazo no nace de lo que se ve, sino de lo que se supone que debería haber detrás.

La analogía lingüística lo resume con precisión: ningún hablante reconoce la historia de sus palabras; ningún espectador reconoce el mecanismo que originó la imagen. Si la historia no se percibe, no puede fundar un criterio de valor. En esa simple constatación se cae toda jerarquía tecnológica. No rechazamos lo que está ante los ojos; rechazamos lo que imaginamos que falta.

Bibliografía

Barthes, Roland. La cámara lúcida. Paidós.

Benjamin, Walter. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Taurus.

Flusser, Vilém. Hacia una filosofía de la fotografía. Síntesis.

Manovich, Lev. The Language of New Media. MIT Press.

Mitchell, W. J. T. What Do Pictures Want? University of Chicago Press.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Areopagitica 2.0: John Milton y la Libertad de Expresión en la Era Digital

El punto de vista crea el objeto: La universalidad de la teoría de F. de Saussure

Impacto de la revolución lingüística Saussureana en el pensamiento moderno