Los orígenes sagrados del arte: Walter Benjamin y el destino del aura
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| Tira de fotomatón. AI image |
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1935), Walter Benjamin reconsidera el estatus del arte en una era definida por la reproducibilidad tecnológica. Su intuición central es que la obra de arte, antiguamente ligada al ritual y a la devoción religiosa, pierde su presencia única, o aura, cuando se vuelve técnicamente reproducible. Lo que antes era singular y sagrado se torna plural y accesible. Este cambio no representa únicamente una modificación en la técnica artística, sino una profunda transformación en el modo mismo de la percepción humana. La historia de la creación artística, sugiere Benjamin, es inseparable de su relación con lo sagrado y de los medios cambiantes a través de los cuales se transmite.
Los orígenes rituales del arte
Benjamin sitúa el nacimiento del arte en el ámbito de la práctica ritual. Las primeras obras no fueron creadas por placer estético, sino para cumplir funciones mágicas o religiosas. Como escribe: “Originariamente, la inserción del arte en la tradición encontró su expresión en el culto. Sabemos que las obras de arte más antiguas surgieron al servicio de un ritual, primero mágico, luego religioso” (Benjamin, 1969, p. 14).
Este contexto sagrado dotaba a la obra de autoridad y distancia, cualidades que más tarde cristalizarían en el concepto de aura. Benjamin define esta aura como “la existencia irrepetible de la obra en el lugar donde se encuentra” (p. 3). Su autenticidad depende de esa presencia única y de la continuidad de la tradición que la sostiene. En el templo o en la iglesia, la imagen no se contemplaba simplemente: se veneraba. Su poder residía precisamente en su inaccesibilidad, en la distancia que preservaba su carácter sagrado.
La persistencia de lo sagrado en forma secular
A medida que las sociedades se secularizaron, esa base ritual no desapareció, sino que se transformó. El Renacimiento, según Benjamin, inauguró un “culto secular de la belleza” que conservó la estructura del ritual, sustituyendo la adoración divina por la admiración estética. “Este fundamento ritual, aunque remoto, sigue siendo reconocible como ritual secularizado incluso en las formas más profanas del culto a la belleza” (Benjamin, 1969, p. 15).
En este nuevo contexto, lo sagrado se estetizó. El artista sustituyó al sacerdote; la autenticidad reemplazó a la santidad. Contemplar un cuadro de Rafael o de Leonardo equivalía, en cierto sentido, a enfrentarse con una reliquia del genio humano. El aura persistía, pero ahora se sostenía en las nociones de autoría, originalidad y autoridad de la obra “auténtica”. El arte continuó suscitando reverencia, aunque el objeto de devoción había cambiado: del ámbito divino al individuo creador y a la belleza formal.
La ruptura de la continuidad: la reproducción mecánica
La llegada de la reproducción mecánica, sin embargo, interrumpió esa continuidad. La fotografía y el cine introdujeron un nuevo paradigma en el que las imágenes podían replicarse y circular indefinidamente, desligadas de su contexto original. La reproducción separó la obra de la tradición y disolvió su singularidad.
Benjamin observa: “Por primera vez en la historia universal, la reproducción mecánica emancipa la obra de arte de su existencia parasitaria en el ritual. [...] En lugar de basarse en el ritual, comienza a basarse en otra práctica: la política” (1969, p. 16). Esto marca la transición decisiva del valor cultual —el valor sagrado o ceremonial del arte— al valor de exposición, es decir, su accesibilidad y visibilidad ante las masas.
En este nuevo régimen, el arte ya no exige veneración: busca participación. El aura, antes símbolo de trascendencia, se marchita al ingresar la imagen en el dominio público. La obra de arte puede ahora “salir al encuentro del espectador”, ya sea en forma de fotografía o de película (p. 4). La distancia sagrada que antes definía la experiencia estética fue sustituida por la inmediatez y la interacción.
La transformación de la percepción
Para Benjamin, la decadencia del aura no anuncia una crisis cultural, sino una reconfiguración de la experiencia. La pérdida de singularidad refleja la aparición de nuevas formas de percepción acordes con la sociedad de masas. El espectador se convierte en participante más que en devoto. El cine, en particular, democratiza el encuentro con el arte: la catedral puede ahora recibirse “en el estudio de un amante del arte”, y el coro “resuena en el salón” (p. 4).
La reproducción suprime así las barreras espaciales y temporales, acerca lo lejano y sustituye la contemplación ritual por la participación colectiva. Lo que desaparece no es el sentido, sino el marco de mediación sagrada. El arte se convierte en un instrumento social, dotado de resonancia política. La transformación del aura refleja la transformación de la sensibilidad humana en una era en la que las imágenes circulan libre e incesantemente.
Conclusión: de la unicidad sagrada a la participación política
La reflexión de Benjamin sobre la relación entre arte y religión revela no una pérdida simple, sino un movimiento dialéctico. La disolución del aura libera al arte de su dependencia de lo sagrado y lo abre a nuevas posibilidades sociales. La obra ya no habla desde el templo, sino desde la pantalla; ya no media entre lo humano y lo divino, sino entre los individuos y su condición histórica compartida.
Lo que antes servía a los dioses ahora sirve al pueblo. En este sentido, la reproductibilidad técnica del arte no destruye el significado: lo reubica. El lugar del sentido se desplaza de la presencia ritual a la experiencia colectiva, de la veneración a la participación. La visión de Benjamin, lejos de ser nostálgica, reconoce en esta transformación la posibilidad de una nueva política de la percepción: un arte que, emancipado del ritual, pertenece al mundo.
Referencias
Benjamin, W. (1969). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En H. Arendt (Ed.), Iluminaciones (Trad. de H. Zohn, pp. 217–252). Nueva York, NY: Schocken Books.
Valéry, P. (1964). Estética: La conquista de la ubicuidad (Trad. de R. Manheim). Nueva York, NY: Pantheon Books.

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