Poseídos por el suplemento: deconstrucción, el alien y lo paranormal

The Shapeshifter. AI image

Introducción: El alien como figura deconstructiva

Pocas imágenes expresan la lógica de la deconstrucción con tanta viveza como el doble alienígena: ese ser que parece humano, pero no lo es. En innumerables narrativas de ciencia ficción —desde La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) hasta reinterpretaciones más contemporáneas— la tensión entre semejanza y diferencia se convierte en el escenario donde la identidad se desmorona. Derrida señaló una vez que la deconstrucción “no es ni un análisis ni una crítica, sino una forma de detectar lo que ya está inscrito en el interior” (Positions, 1972). Del mismo modo, el parásito alienígena no destruye la humanidad desde fuera; más bien, revela las fracturas que ya estaban latentes en lo que llamamos lo humano.
La más mínima discrepancia —una emoción ausente, un gesto omitido, una marca imperceptible— se convierte en el punto donde todo el edificio del reconocimiento se deshace. Lo que parecía marginal pasa a ser central, y lo que se creía esencial se muestra dependiente de su suplemento.

El alien como parásito

El género de la infiltración alienígena se alimenta de esa tensión entre imitación e impureza. En La invasión de los ladrones de cuerpos, los invasores replican los cuerpos humanos a la perfección, pero algo indefinible los delata: un vacío tras los ojos, un ritmo mecánico en la voz. El drama no surge del espectáculo de la invasión, sino de la ansiedad ante el error de reconocimiento: ¿cómo distinguir la diferencia cuando la diferencia es casi invisible?
La noción derridiana del suplemento, expuesta en De la gramatología, aclara la estructura subyacente a ese miedo. El suplemento está “fuera” de aquello que completa, pero al mismo tiempo es lo que lo hace posible. Añade y sustituye a la vez; es simultáneamente exceso y origen.

El parásito alienígena cumple un papel similar. Llega desde más allá del yo, pero revela que el yo nunca poseyó una autonomía plena. El parásito, como muestra Derrida en La oreja del otro, desestabiliza la distinción entre huésped y anfitrión: “El parásito está dentro desde el momento en que hay una casa.” Así, el alien no es simplemente una amenaza para la humanidad; es su espejo, su inquietante recordatorio de que la identidad se constituye a través de la diferencia, de que la pureza es una ilusión mantenida por la exclusión. El detalle que delata al alien —un gesto demasiado perfecto o un silencio demasiado denso— no es un fallo en la imitación, sino la huella de esa alteridad constitutiva que lo humano busca reprimir.

Lo paranormal como suplemento de lo normal

Si la ciencia ficción dramatiza la deconstrucción a través de la invasión, lo paranormal lo hace mediante el exceso. El fantasma, la aparición o el fenómeno inexplicable introducen lo que Derrida, en Espectros de Marx, llama “una lógica del acecho que no se reduce a la lógica de la presencia o de la ausencia”.
Lo paranormal excede lo normal, pero al hacerlo, define lo que cuenta como normal. Lo que una sociedad llama “racional” depende de la categoría excluida de lo irracional; lo que parece natural se sostiene sobre lo que designa como sobrenatural. El límite es relacional, no intrínseco.

En este sentido, lo paranormal funciona como el suplemento de la modernidad secular. Retorna como síntoma de aquello que el orden racional no puede contener. Así como la escritura, para Derrida, suplementa al habla al revelar su dependencia de la ausencia, lo paranormal suplementa lo normal al exponer su incompletud.
El deseo de presenciar algo que exceda la experiencia ordinaria es, paradójicamente, el deseo de ver lo ordinario revelado como carente. Encontrarse con lo paranormal es enfrentarse con la huella de aquello que el sistema debió reprimir para parecer completo.

Jet Li y la lógica del doble

Esta estructura del suplemento se visualiza de forma poderosa en la película de James Wong The One (2001), donde Jet Li interpreta múltiples versiones de un mismo hombre a través de universos paralelos. Un yo viaja entre dimensiones asesinando a sus contrapartes para absorber su energía vital, con la esperanza de convertirse en “el Uno”. La premisa materializa lo que Derrida llamó différance: el diferir y diferenciar interminable mediante el cual la identidad se produce. Cada versión de Jet Li es igual y no igual; ninguna origen singular gobierna la multiplicidad. El yo existe solo a través de una red de relaciones entre sus dobles.

Cuando la esposa del protagonista reconoce a su verdadero marido no por su rostro o su voz, sino por un pequeño signo personal —un anillo, un gesto, un tono—, la película condensa la esencia de la deconstrucción en un instante cinematográfico. El detalle trivial, casi irrelevante para la trama, se convierte en el eje sobre el cual gira el significado de la identidad. Es la marca que desarma la lógica totalizante de “el Uno”.
Lo que parecía marginal —un suplemento— resulta ser la clave estructural. Sin él, la distinción entre humano e impostor, entre yo y otro, se derrumbaría por completo.

En esa escena, el espectador experimenta lo que Derrida describe como “el temblor del sentido”: el momento en que el signo que fundamenta la interpretación se revela inestable. El reconocimiento de la esposa no es la restauración de una certeza, sino el reconocimiento de que la certeza solo puede existir gracias a un signo frágil —uno que siempre puede fallar, siempre puede ser, falsificado o malinterpretado.

Suplemento, parásito y el centro que no puede sostenerse

La deconstrucción, como Derrida insistió incansablemente, no es destrucción, sino el trazado de dependencias internas. Todo centro —ya sea metafísico, político o personal— se mantiene cohesionado reprimiendo aquello de lo que depende. El parásito, el alien o el fantasma regresan para exponer esa represión. El suplemento, que parecía externo, se convierte en condición de posibilidad del todo. El centro, entonces, nunca es estable: tiembla bajo la presión de lo que excluye.

Tanto en la posesión alienígena como en la perturbación paranormal, presenciamos el mismo drama estructural: la invasión desde fuera revela el vacío interior. El parásito encuentra hogar porque el huésped ya estaba dividido. El fantasma acecha porque la presencia nunca fue pura. El alien imita a la perfección porque lo humano ya era imitación: un signo sin origen. Estos motivos nos recuerdan que la identidad, como el sentido, es siempre relacional, siempre acechada por su suplemento.

Conclusión: El texto poseído

Quizás todo texto, toda conciencia, esté ya poseída —no por un alien ni por un fantasma, sino por las huellas que la hacen legible. La deconstrucción derridiana nos enseña a atender a esas huellas, a los pequeños signos aparentemente insignificantes donde el sentido vacila. Lo paranormal, el alien y el duplicado no son desviaciones de la realidad, sino alegorías de su lógica interna.
Leer deconstructivamente es volverse como el observador cauteloso de una película de invasión: buscar no lo obvio, sino la diferencia casi imperceptible que revela la verdad.

El detalle insignificante —una palabra fuera de lugar, un eco, un gesto— se convierte en el centro alrededor del cual gira todo el sistema. Lo que antes parecía secundario se revela esencial. El suplemento, lejos de ser una adición, es el punto donde la estructura muestra sus costuras. El cuerpo poseído, la casa encantada y el texto tembloroso nos recuerdan la misma lección: no existe un origen puro, solo el juego interminable de la diferencia, y en ese juego, el sentido siempre es ya otro.

Referencias

  • Derrida, Jacques. De la gramatología. Trad. Gayatri Chakravorty Spivak. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1976.
  • Derrida, Jacques. Espectros de Marx. Trad. Peggy Kamuf. Nueva York: Routledge, 1994.
  • Derrida, Jacques. La oreja del otro. Trad. Peggy Kamuf. Lincoln: University of Nebraska Press, 1985.
  • Derrida, Jacques. Positions. Trad. Alan Bass. Chicago: University of Chicago Press, 1981.
  • Richards, K. Malcolm. Derrida Reframed. Londres: I.B. Tauris, 2008.
  • Wong, James, dir. The One. Columbia Pictures, 2001.
  • Siegel, Don, dir. La invasión de los ladrones de cuerpos. Allied Artists, 1956.

 

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