La horma del significado: Saussure y Derrida sobre identidad y valor

La horma del zapato. AI image
 

Las estructuras invisibles de la identidad y el valor

Tanto Ferdinand de Saussure como Jacques Derrida cuestionaron la idea de que el sentido o la identidad surjan del signo o del sujeto mismo. Para Saussure, el valor lingüístico no es inmanente, sino que procede de una red de diferencias dentro de un sistema. Derrida amplía este hallazgo al mostrar que la identidad —sea lingüística, artística o subjetiva— nunca es plenamente presente, sino que depende de huellas y marcos previos.

Este ensayo propone que la forme en bois (forma de madera), introducida por Derrida en su lectura del cuadro de Van Gogh Un par de zapatos, funciona como una metáfora tangible de esas estructuras preexistentes. Así como la horma del zapato da forma al pie ausente, también los marcos invisibles —lingüísticos, culturales o materiales— configuran el sentido y la identidad. La forme ocupa el lugar del sujeto ausente; es la condición de la presencia a través de la ausencia.

Los zapatos de Van Gogh: el umbral de la identidad

En La verdad en pintura, Derrida retoma el célebre ensayo de Martin Heidegger sobre Un par de zapatos de Van Gogh. Mientras Heidegger veía en las botas gastadas la esencia del campesino, Derrida descubre en esa lectura una proyección interpretativa. El cuadro, sostiene, no revela una verdad sobre el ser, sino la inestabilidad de toda atribución de sentido. La pregunta “¿de quién son los zapatos?” —¿de Heidegger o de Van Gogh?— ya desarticula la supuesta unidad de la presencia.

El análisis de Derrida se desarrolla a través del concepto de parergon, el marco o suplemento que al mismo tiempo pertenece y no pertenece a la obra. El marco no está ni dentro ni fuera, pero estructura la manera en que la obra es percibida. En esta posición indecidible se refleja la condición misma de la identidad: nunca completamente contenida, siempre dependiente de lo que la excede.

En medio de esta lectura, Derrida introduce la horma del zapatero, el molde utilizado para dar forma al zapato antes de que reciba a su portador. La horma es una presencia ausente: “un soporte vacío, una forma hueca que da forma a la cosa permaneciendo, sin embargo, ajena a ella” (La Vérité en peinture, 1978). La forme ocupa el lugar del pie sin ser jamás el pie. Así materializa una paradoja: el soporte que posibilita la apariencia es también aquello que se borra en el producto final.

La forme en bois se erige, por tanto, como emblema de la meditación derridiana sobre la identidad. La presencia nunca es pura, sino estructurada por lo que la precede y la excede. La estructura de soporte, una vez retirada, no deja huella de sí misma, salvo en la forma que ha conferido. La identidad es siempre un efecto posterior de marcos lingüísticos, culturales o metafísicos invisibles pero indispensables.

Estructuras preexistentes en Derrida

La forme en bois apunta hacia una intuición central de Derrida: todo acto de significado o de identidad presupone una infraestructura que lo antecede. Estos marcos operan en varios niveles interconectados: lingüístico, social, metafísico y material.

En el plano más inmediato, se halla el sistema lingüístico. Antes de que cualquier sujeto pueda hablar, el sistema de signos y diferencias que hace posible el habla ya está dado. El “yo” que se enuncia depende de la organización previa del lenguaje —de su gramática, oposiciones y categorías— que le otorgan sentido. En este sentido, la identidad no es una esencia natural, sino un efecto lingüístico: está modelada por una estructura anterior al hablante.

Entretejidas con el lenguaje están las tramas sociales y culturales que configuran la subjetividad mucho antes del surgimiento de la autoconciencia. Roles sociales, normas de género, marcos institucionales y narrativas históricas funcionan como una matriz protésica en la que el individuo es insertado. El yo no nace en el vacío, sino en un armazón preexistente cuyos contornos hereda y habita.

Por debajo de ambos niveles se encuentra una matriz metafísica: la larga tradición del pensamiento occidental que privilegia el origen, la presencia y el sujeto idéntico a sí mismo. La deconstrucción derridiana muestra cómo este marco también actúa como soporte oculto. El “centro” metafísico —ya sea Dios, la razón o el cogito— no se funda a sí mismo, sino que depende de huellas y diferencias que minan su estabilidad. Como el molde de zapato, la metafísica da forma a lo que aparece solo al precio de su propia invisibilidad.

Por último, Derrida no pierde de vista la dimensión material y tecnológica de este andamiaje. Su fascinación por los instrumentos y soportes —la horma, el subjectile, el bloc mágico de Freud— subraya que la identidad siempre está mediada por formas técnicas. Escritura, prótesis e inscripción no son externas al pensamiento, sino su condición misma. No hay sujeto puro, sino un sujeto sostenido por soportes materiales.

A través de todos estos estratos —lingüístico, social, metafísico y material— se repite la misma paradoja: aquello que da forma al sentido y a la identidad desaparece en el acto mismo de conferirla.

El valor y la langue en Saussure

La teoría lingüística de Saussure anticipa esta intuición estructural, aunque desde otro punto de vista. En el Curso de lingüística general, distingue la langue, el sistema subyacente que hace inteligible el lenguaje, de la parole, los actos individuales del habla. El “valor” no surge de un contenido intrínseco, sino de una diferencia relacional: “En la lengua no hay más que diferencias, y ninguna entidad positiva” (Saussure, 1916, p. 120).

Al igual que la forme en bois de Derrida, la langue es necesaria pero invisible. Sostiene cada enunciación sin aparecer nunca de manera directa. El hablante, creyendo expresar su intención personal, no hace sino activar un sistema que lo precede. La observación saussuriana de que el signo lingüístico es arbitrario socava toda idea de correspondencia natural entre palabra y cosa. El significado es, por tanto, un producto de posición dentro de una red diferencial, no de esencia.

Esta dependencia estructural resuena con la noción derridiana de la horma del zapato: así como la matriz determina el contorno del calzado sin ser visible, la langue moldea la expresión permaneciendo en segundo plano. Ambos pensadores muestran que lo que parece más personal —el habla o la identidad— está, en realidad, moldeado por un sistema invisible previo de relaciones.

Resonancias: del valor a la huella

El valor saussuriano y la identidad derridiana convergen en su rechazo de los orígenes. Para Saussure, no hay un significado original que recuperar, sino solo diferencias que se definen mutuamente. Para Derrida, no hay un sujeto idéntico a sí mismo ni una presencia pura; solo el juego de huellas, cada una marcando una ausencia.

Mientras Saussure circunscribe su investigación al funcionamiento estructural del lenguaje, Derrida amplía el paradigma a la ontología misma. La forme en bois encarna esta ampliación: un soporte que, al desaparecer, inaugura la presencia. Dramatiza la paradoja de toda estructura: la necesidad de aquello que debe borrarse para que la identidad aparezca como completa.

La horma del zapatero no es para Derrida una simple metáfora de la estructura, sino una figura performativa de su inestabilidad: un soporte que, al mismo tiempo, posibilita y borra aquello que sostiene. Esta función autoefaciante reproduce el modo en que la langue se desvanece tras la parole.

Ambos pensadores nos invitan así a concebir el significado y la identidad no como sustancias, sino como efectos de sistemas que los preceden. Las hormas invisibles —la langue, la forme— constituyen el verdadero suelo de la inteligibilidad. A la luz de esto, la huella derridiana de la ausencia y la estructura lingüística saussuriana no son opuestas, sino gestos homólogos: cada una revela la arquitectura invisible de aquello que aparece como dado.

Conclusión: la ontología de la resonancia invisible

Tanto en el signo lingüístico como en el sujeto, Saussure y Derrida descubren un campo de relaciones previas: una resonancia que antecede toda articulación. Esta resonancia no es meramente estructural, sino ontológica: es la vibración de la diferencia a través de la cual surgen el sentido y la identidad. La forme en bois y la langue son figuras performativas de ese mismo ritmo invisible, la arquitectura silenciosa que sostiene toda enunciación y todo yo. Lo que llamamos “valor” o “identidad” no es más que su eco: el contorno dejado por lo que ya se ha retirado.

Referencias

  • Derrida, Jacques. La Vérité en peinture. París: Flammarion, 1978.
  • Derrida, Jacques. De la grammatologie. París: Minuit, 1967.
  • Heidegger, Martin. “Der Ursprung des Kunstwerkes.” En Holzwege. Frankfurt am Main: Klostermann, 1950.
  • Saussure, Ferdinand de. Cours de linguistique générale. París: Payot, 1916.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Areopagitica 2.0: John Milton y la Libertad de Expresión en la Era Digital

El punto de vista crea el objeto: La universalidad de la teoría de F. de Saussure

Impacto de la revolución lingüística Saussureana en el pensamiento moderno