Las máquinas que nos salvan son las mismas que nos matan: Revisitando a William T. Wiley
Cuando el artista estadounidense William T. Wiley acuñó los enigmáticos acrónimos M.A.S.U. (“Machines Are Saving Us”, Las máquinas nos están salvando) y M.A.K.U. (“Machines Are Killing Us”, Las máquinas nos están matando), no estaba simplemente comentando sobre la tecnología: revelaba un paradigma más profundo en el corazón de la vida moderna, la imposibilidad de separar nuestras herramientas de nosotros mismos.
En la ironía de Wiley, la máquina encarna a la vez la esperanza y la amenaza, la salvación y la destrucción, el remedio y el veneno. Hoy, mientras la inteligencia artificial (IA) y los modelos de lenguaje de gran escala (LLM) transforman el panorama creativo e intelectual, aquella oposición lúdica adquiere un tono profético. Su visión del “ambos/y” capta la esencia de nuestra ansiedad contemporánea: las tecnologías que amplían el pensamiento humano son también las que borran la frontera entre lo humano y lo maquínico. En el sentido derridiano, son pharmaka: remedios que contienen su propio veneno.
Para entender cómo Wiley anticipó este momento, conviene rastrear sus ideas hasta la tradición artística que primero disolvió los límites entre arte, tecnología y realidad.
Cómics y el desafío a la jerarquía artística
Los cómics, aunque parezcan alejados de los
debates actuales sobre la IA, desempeñaron un papel decisivo en la
transformación de la concepción de la realidad en el arte del siglo XX. En la
posguerra británica, artistas como Eduardo Paolozzi, Peter Blake y Richard
Hamilton comenzaron a apropiarse de la imaginería del cómic y de los símbolos
de la cultura popular estadounidense como forma de rebelión contra el
conservadurismo del establishment artístico.
Su uso de tiras cómicas y anuncios no era decorativo: era una declaración
contra la jerarquía cultural, contra la idea de que el “arte elevado” debía
mantenerse separado de los medios de masas.
Al otro lado del Atlántico, los artistas del Pop Art estadounidense, como Andy Warhol y Roy Lichtenstein, radicalizaron este gesto. Al ampliar paneles de cómic o repetir imágenes de Superman y Popeye, mostraron que la realidad moderna ya estaba mediada, que era una copia de copias. Como señalaron los críticos, su “realismo reflejaba la pérdida de lo real”. El Pop Art reveló así un mundo en el que las imágenes habían sustituido a las experiencias, anticipando lo que Jean Baudrillard llamaría más tarde la era de la simulación. Disneylandia, escribió Baudrillard, no era una fantasía, sino la hiperrrealidad misma, un espejo que oculta la ausencia de la realidad.
Este cambio artístico preparó el terreno para la obra de Wiley. Si el Pop Art mostraba que la vida se había vuelto indistinguible de sus representaciones mediáticas, Wiley fue más allá: mostró que el lenguaje y la tecnología formaban parte del mismo sistema que estructura nuestras formas de percepción.
William T. Wiley y el juego entre imagen y texto
Wiley emergió en la década de 1960 dentro de este contexto influido por el Pop, pero lo dotó de una ironía reflexiva muy personal. Sus lienzos combinan juegos de palabras, símbolos crípticos y eslóganes enigmáticos que oscilan entre el humor y la crítica filosófica. La yuxtaposición de texto e imagen en su obra recuerda las estrategias de René Magritte, Jasper Johns, Barbara Kruger o Jean-Michel Basquiat: artistas que utilizaron las palabras como elementos visuales para exponer las contradicciones sociales.
Para Wiley, sin embargo, el juego verbal no es mero ingenio; es un modo de pensamiento. Su ironía obliga al espectador a moverse entre significados, sin descansar nunca en una sola interpretación. M.A.S.U. y M.A.K.U. encarnan esta lógica: condensan en una sola fórmula lingüística dos actitudes opuestas hacia la tecnología, la fe y el temor. Bajo su brevedad cómica se oculta una pregunta filosófica profunda: ¿pueden las máquinas salvarnos y destruirnos al mismo tiempo?
Esta mezcla de humor y crítica anticipa la ironía digital contemporánea, en la que memes y frases virales condensan emociones complejas sobre la tecnología en fórmulas mínimas. La obra de Wiley refleja así un mundo donde imagen y palabra, humor y ansiedad coexisten dentro del mismo marco.
Tecnología, ambivalencia y la lógica del “ambos/y” en Derrida
La negativa de Wiley a elegir entre M.A.S.U. y M.A.K.U. sitúa su obra dentro de la lógica derridiana del “ambos/y”. Jacques Derrida desmanteló las oposiciones binarias —presencia/ausencia, bien/mal, habla/escritura— mostrando que el sentido surge de su interacción, no de su separación. Del mismo modo, los lemas de Wiley rechazan la comodidad de la claridad: las máquinas no sólo nos salvan ni sólo nos matan, sino que hacen ambas cosas al mismo tiempo.
Esta ambivalencia remite a la noción derridiana del suplemento, aquello que añade y sustituye al original simultáneamente. La tecnología suplementa a la humanidad: amplía nuestras capacidades, pero también revela nuestra dependencias y carencias. Las herramientas que nos empoderan son las mismas que nos limitan. Wiley captura esta tensión mediante la ironía visual y verbal, donde la superficie cómica oculta una reflexión existencial sobre la vida moderna.
Al habitar la contradicción en lugar de resolverla, la dialéctica M.A.S.U. / M.A.K.U. se convierte en una posición filosófica. Nos recuerda que la tecnología no es externa a lo humano, sino tejido de nuestro propio ser. No existe un “afuera” desde el cual juzgarla. Esta intuición ofrece el puente conceptual hacia nuestra condición actual, donde la inteligencia artificial funciona a la vez como extensión y desplazamiento de la cognición humana.
Relación de “M.A.S.U.” y “M.A.K.U.” con la IA y los modelos de lenguaje actuales
En el siglo XXI, los dos lemas de Wiley cobran nueva vida en el discurso sobre la inteligencia artificial y los modelos de lenguaje de gran escala. La ambivalencia que expresaba en la pintura se ha convertido en el tono dominante de la era digital.
M.A.S.U. – (Las máquinas nos están salvando): Para muchos, la IA representa una forma de salvación. Acelera la investigación, democratiza la información, potencia la creatividad y ayuda a enfrentar desafíos globales, desde diagnósticos médicos hasta predicciones climáticas. Los modelos de lenguaje amplifican el intelecto humano al procesar y organizar vastos volúmenes de conocimiento. Son prótesis cognitivas que expanden, más que reemplazan, el pensamiento. Parecen la manifestación perfecta del progreso: eficientes, accesibles, incansables y adaptables.
M.A.K.U. – (Las máquinas nos están matando): Pero los mismos sistemas que prometen salvación también suscitan temor. La IA parece erosionar la autenticidad, amenazar empleos y comprometer la privacidad. Artistas temen la obsolescencia; docentes se enfrentan al plagio; escritores y programadores ven sus destrezas automatizadas. Más inquietante aún es la incertidumbre epistemológica: los modelos de lenguaje producen frases que suenan humanas, pero derivan de correlaciones estadísticas, no de comprensión. “Simulan el sentido” sin generarlo, eco del Pop Art donde “el realismo refleja la pérdida de lo real”. La tensión M.A.S.U. / M.A.K.U. resume así el doble rostro de la IA: es espejo y máscara al mismo tiempo.
Desde una perspectiva derridiana, la IA es el suplemento por excelencia: “añade” creatividad humana —genera ideas, traducciones o imágenes—, pero también la “sustituye”, cuestionando la noción de originalidad. El poder de la máquina para producir significado desestabiliza la frontera entre lo humano y lo artificial. En este sentido, la IA es un pharmakon: cura las limitaciones del trabajo humano mientras envenena el concepto mismo de nuestra singularidad. Los lemas de Wiley, antes jocosos, hoy suenan como profecía.
De las máquinas a las metáforas: la vigencia de Wiley
Lo que hace que la visión de Wiley siga
siendo relevante es su ironía, su negativa a resolver la contradicción. En una
cultura que oscila entre el optimismo tecno-utópico (“la IA nos salvará”) y el
pesimismo apocalíptico (“la IA nos destruirá”), Wiley propone una tercera vía:
la del reconocimiento de la paradoja. La IA, como las máquinas de Wiley, actúa
como un espejo: refleja los deseos y temores de sus creadores. Su
“inteligencia” no es ajena, sino humana, proyección de nuestro anhelo de
trascender y de nuestro miedo a perder el control.
La tarea, entonces, no es rechazar la máquina, sino interpretar lo que nos
revela sobre nosotros mismos.
Así, M.A.S.U. y M.A.K.U. dejan de ser acrónimos ingeniosos para convertirse en metáforas de nuestro tiempo, en un mundo donde arte, filosofía y tecnología convergen para exponer la ambigüedad del progreso. La línea que separaba al creador de su creación, al humano de la máquina, ya no está tan clara. Pero, quizá, como sugiere Wiley, la tarea no sea restaurar ese límite, sino comprender su disolución.
El papel del artista, como el del filósofo, no
es resolver la contradicción, sino iluminarla.
En una época en que la IA genera imágenes, poemas y argumentos, la sabiduría
irónica de Wiley conserva toda su fuerza: la máquina que nos salva es también
la que nos mata, y ambos gestos pertenecen al mismo acto creativo.
Bibliografía
- Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Trad. de Pedro Rovira. Barcelona: Kairós, 1993.
- Derrida, Jacques. De la gramatología. Trad. de Rodolfo Alonso. Buenos Aires: Siglo XXI, 1971.
- Derrida, Jacques. La diseminación. Trad. de José Martín Arancibia. Madrid: Fundamentos, 1975.
- Fineberg, Jonathan. El arte desde 1940: estrategias de ser. Madrid: Akal, 2014.
- Foster, Hal. La primera edad del Pop: pintura y subjetividad en la obra de Hamilton, Lichtenstein, Warhol, Richter y Ruscha. Madrid: Akal, 2014.
- Richards, K. Malcolm. Derrida Reframed. London: I.B. Tauris, 2008.
- Wiley, William T. What’s It All Mean: William T. Wiley in Retrospect. Washington, D.C.: Smithsonian American Art Museum, 2009.
- Warhol, Andy. POPismo: los sesenta según Warhol. Barcelona: Anagrama, 2002.

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