Donde la materia piensa: la horma y el subjectile en Derrida

Forme en bois. AI image 
  

Introducción: Pensar a través de las cosas

En la filosofía de Jacques Derrida encontramos con frecuencia términos abstractos como différance, traza o archi-écriture, que pueden resultar abrumadores para quien se aproxima por primera vez a su obra. Sin embargo, Derrida recurre con sorprendente frecuencia a materiales concretos y táctiles —zapatos, marcos, papel, tabletas de cera, lienzos— para hacer que sus ideas se sientan. Lejos de ser ejemplos decorativos, estos objetos son el lugar donde sus conceptos más complejos cobran vida.

En La Vérité en peinture y en sus ensayos sobre arte, Derrida se inspira más en el taller que en el aula: una horma de zapatero (forme en bois) y, más tarde, el subjectile, el soporte sobre el que se imprime una huella. No se trata de simples metáforas pedagógicas, sino de espacios donde la lógica de la différance y de la archi-écriture se vuelve visible.

La horma del zapatero: la presencia moldeada por la ausencia

En “Restitutions de la vérité en pointure”, Derrida parte del cuadro Un par de zapatos de Van Gogh, la pintura que llevó a Martin Heidegger a reflexionar sobre “la verdad del útil”. Derrida desvía la atención del propietario de los zapatos hacia la herramienta invisible que les da forma: la horma de madera utilizada por el zapatero para moldear el cuero.

Esa “forma de madera”, escribe Derrida, conserva “la memoria de un pie que nunca estuvo allí”. Es una presencia estructurada por la ausencia, un molde de aquello que no contiene. Como el parergon —el marco o adorno que es a la vez parte y no parte de la obra—, la horma habita un umbral, perteneciendo ni enteramente al zapato ni completamente fuera de él.

Para Derrida, la forme en bois opera según la misma lógica que la escritura. La escritura, recuerda en De la gramatología, no es el suplemento del habla, sino “la condición de posibilidad del habla misma”. Produce presencia a través de la ausencia, inscribiendo la traza de lo que no está. Una vez terminado el zapato, la horma se retira y se descarta, pero su forma permanece impresa en el objeto. La horma es, por tanto, una traza: una presencia ausente que estructura lo visible.

La metáfora del calzado no es accidental. El zapato media entre el cuerpo y el suelo, entre el movimiento y la estabilidad. Es una prótesis, un dispositivo externo que permite al cuerpo interactuar con el mundo. Ejemplifica la naturaleza parergonal de todo soporte: separa y une, contiene y expone. La tesis más amplia de Derrida es que la identidad, como el zapato, depende de tales estructuras prostéticas. El “sujeto” nunca es autosuficiente, sino que está moldeado por formas preexistentes —lingüísticas, sociales y metafísicas— que lo hacen posible.

El subjectile: el soporte oculto

Este tema reaparece en To Unsense the Subjectile, la reflexión de Derrida sobre Antonin Artaud. Aquí, el subjectile designa la superficie que recibe la huella: una hoja de papel, un lienzo o una plancha utilizada en grabado. Es parte integral del acto creativo, pero luego se descarta, desapareciendo bajo la obra que hizo posible. No es ni la imagen ni el artista, ni del todo interior ni completamente exterior a la obra. “El subjectile”, escribe Derrida, “no es todavía la obra, pero sin él no habría obra”.

De nuevo encontramos el mismo paradigma de la archi-écriture: un soporte que precede y posibilita la forma, al tiempo que se borra en el proceso. El subjectile dramatiza materialmente lo que Derrida llama “la estructura originaria de la inscripción”. Muestra que toda imagen, texto o sujeto descansa sobre un sustrato que no es en sí visible. Como la forma de madera, desaparece cuando la obra se completa, dejando solo la traza de aquello que posibilitó.

Ese acto de desaparición encarna la différance: el juego de diferir y diferenciar mediante el cual surge el sentido. La huella aparece porque el soporte se retira; lo visible nace de lo invisible.

Del ejemplo a la performance

El uso derridiano de objetos tangibles invierte la antigua jerarquía en la que lo material era apenas una sombra de lo abstracto. Para Derrida, la materialidad es el lugar donde lo abstracto se produce y se articula. La forma de madera y el subjectile no solo representan la archi-écriture: la actualizan.

Decir que la materia piensa, en el lenguaje de Derrida, es reconocer que el pensamiento es ya material, técnico e inscrito. “No hay fuera del texto”, escribió célebremente, no para afirmar que nada exista fuera del lenguaje, sino que nada existe fuera de los sistemas de diferencias, trazas y soportes a través de los cuales algo puede aparecer. Toda identidad, objeto o concepto emerge dentro de una red de espaciamientos e inscripciones que lo preceden y lo exceden.

La escritura antes de la escritura

El término central de Derrida, archi-écriture, designa “la posibilidad del signo en general”, la condición que hace posible tanto el habla como la escritura. No remite a una escritura primitiva, sino a la necesidad estructural de la traza: la presencia solo aparece mediante la repetición y la diferencia.

La horma y el subjectile hacen tangible esta lógica. Antes de que exista un pie o una imagen presentes a sí mismos, hay un sistema de soportes y diferencias que hace posible la presencia. Este “antes” no es temporal sino estructural: una anterioridad lógica sin origen. Como escribe Derrida en Márgenes de la filosofía, “la différance no es. No existe, pero da a existir”. La horma y el subjectile visualizan esta paradoja: la condición que debe borrarse al dar lugar a aquello que posibilita.

El papel del soporte

La forme en bois y el subjectile ilustran una misma intuición: la identidad, el sentido y el arte dependen de estructuras que se retiran de la vista. Estos soportes ocultos no son meras cuestiones técnicas, sino el escenario mismo del pensamiento. La “verdad en la pintura”, para retomar la expresión de Derrida, es la verdad de su soporte: aquello que la sostiene, la enmarca y la hace legible.

Esta intuición se extiende a la propia subjetividad. El yo, como el zapato o la imagen, no es nunca un origen, sino el efecto de inscripciones —lingüísticas, culturales, materiales— que lo preceden. El ego es una huella dejada sobre un subjectile, la superficie oculta de la inscripción sin la cual ninguna imagen del yo podría aparecer. Pensar lo contrario sería volver a la “metafísica de la presencia”, el sueño de un origen puro e idéntico a sí mismo.

Al recurrir al taller, Derrida invita a la filosofía a reconsiderar sus propios materiales. Muestra que la metafísica siempre ha dependido de herramientas, moldes y soportes. La forma de madera y el subjectile nos recuerdan que el pensamiento tiene textura, que deja huellas, y que lo que llamamos espíritu está siempre ya inscrito en la materia.

Referencias

Derrida, Jacques. La Vérité en peinture. París: Flammarion, 1978.
——. “Restitutions de la vérité en pointure.” En La Vérité en peinture.
——. “To Unsense the Subjectile.” En The Secret Art of Antonin Artaud, trad. Mary Ann Caws. Cambridge, MA: MIT Press, 1998.
——.
De la gramatología. Trad. Gayatri C. Spivak. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1976.
——. Márgenes de la filosofía.
Trad. Alan Bass. Chicago: University of Chicago Press, 1982.
Kant, Immanuel. Crítica del juicio. Trad. Werner S. Pluhar. Indianápolis: Hackett, 1987.
Heidegger, Martin.
“El origen de la obra de arte.” En Poesía, lenguaje, pensamiento. Trad. Albert Hofstadter. Nueva York: Harper & Row, 1971.

 

 

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