Revisitando los conceptos de Studium y Punctum: Barthes en la Era Digital
Introducción: El retorno de la cuestión fotográfica
En Camera Lucida (1980), Roland Barthes comienza con lo que hoy parece una pregunta sorprendentemente simple: ¿qué es la fotografía? Su respuesta, sin embargo, no fue técnica sino existencial. Para Barthes, el poder de la fotografía no reside en su fidelidad a la realidad, sino en su capacidad de perforarla, de mostrar algo que excede la representación. Esta doble naturaleza de la imagen, al mismo tiempo legible y dolorosa, estructuró su famosa distinción entre studium y punctum.
En el panorama contemporáneo de la visión algorítmica y la imagen sintética, la meditación de Barthes adquiere una urgencia inesperada. A medida que los grandes modelos de lenguaje y los sistemas generativos simulan “comprensión” visual, también simulan afecto, produciendo imágenes que a menudo contienen detalles no deseados o inquietantes, lo que podría llamarse puncta algorítmicos. Estos accidentes visuales nos invitan a reconsiderar la teoría de Barthes a través de la lente de la inteligencia artificial.
Studium y Punctum Revisitados
En Camera Lucida, Barthes distingue dos modos de relacionarse con las fotografías: el studium y el punctum. El studium abarca los códigos culturales, históricos y semióticos que hacen que una imagen sea inteligible, aquello que puede ser leído, interpretado o apreciado dentro de marcos compartidos de significado. El punctum, en cambio, es aquello que hiere o atraviesa al espectador: “ese accidente que me pincha (pero también me hiere, me conmueve)” (Barthes, 1980, p. 27). Mientras que el studium puede enseñarse y analizarse, el punctum elude la codificación; pertenece al campo del afecto, la contingencia y la experiencia singular.
Sin embargo, esta oposición no debe leerse como puramente psicológica. Barthes estaba profundamente atento a la materialidad del proceso fotográfico, a cómo la luz se inscribe en el film, creando una huella indexical de lo que alguna vez fue. La neutralidad mecánica de la cámara permite paradójicamente la intrusión del azar, el fragmento no planeado que detiene el significado. El punctum, entonces, surge no solo de la subjetividad del espectador, sino del inconsciente técnico de la fotografía misma, el accidente inherente al aparato.
En la era de la IA, esta materialidad ha cambiado. No hay lente, ni exposición, ni referente que “haya sido”. Sin embargo, la posibilidad del punctum persiste —quizá desplazada, quizá simulada, pero no extinguida. ¿Qué, entonces, nos hiere en una imagen sintética que nunca tocó el mundo?
El rostro en la pared: un estudio de caso
Prompt inspired by the
painting The Connoisseur by Norman Rockwell.
Cuando pedí a un gran modelo de lenguaje que generara una ilustración para mi artículo “The Gaze and the Making of the Subject”, el resultado fue casi perfecto, o eso parecía. A primera vista, la imagen representaba fielmente los temas del texto: el sujeto humano bajo observación, la dialéctica de ver y ser visto. Sin embargo, al mirar más de cerca, en una esquina de la pared apareció un rostro casi imperceptible —débil, borroso e involuntario.
Esta huella fantasmal se convirtió en el elemento más llamativo de la composición. No formaba parte del prompt, ni del output intencional de la máquina. Más bien, emergió como un residuo del proceso generativo, una especie de exceso alucinatorio. En términos de Barthes, funcionaba como un punctum: un detalle accidental que “se eleva de la escena, sale disparado de ella como una flecha y me atraviesa” (Barthes, 1980, p. 26).
Pero aquí, el punctum no es una huella indexical de una presencia real, sino un producto de un error de máquina, un resto alucinado. Esto plantea una pregunta inquietante: ¿puede una imagen que carece de contacto referencial con la realidad producir aún un punctum? ¿O es el impacto afectivo que experimentamos meramente una proyección de nuestro propio deseo interpretativo, una lectura humana del ruido de la máquina?
El “rostro en la pared” funciona como una bisagra entre dos órdenes de visión: el humano y el artificial. Testifica un nuevo tipo de inconsciente técnico, donde los errores de la máquina hacen eco de los nuestros. Así como Barthes veía en la fotografía un juego paradójico entre registro mecánico y afecto subjetivo, las imágenes generadas por IA revelan la persistencia del accidente, ahora desplazado de la luz y la química al código y los datos.
El imaginario de la máquina
Los modelos de IA no ven; infieren. No registran el mundo; lo alucinan estadísticamente. Sin embargo, al hacerlo, reproducen algo similar al trabajo onírico freudiano: condensación, desplazamiento y repetición. El “imaginario” de la máquina no es, por tanto, visual ni conceptual, sino estructural: una trama de patrones y probabilidades que simula coherencia.
El punctum de Barthes reaparece aquí como un sitio de interrupción, donde la coherencia formal de la imagen colapsa, revelando el proceso generativo subyacente. El rostro no intencionado en la imagen de IA expone los propios límites de percepción del sistema. Es la huella de un algoritmo intentando imaginar lo que no puede representarse en su conjunto de datos, un eco computacional de lo que Barthes llamó el “eso-ha-sido” (ça a été), ahora transformado en un “eso-podría-haber-sido”.
En este sentido, el punctum deja de ser un signo de realidad pasada para convertirse en un signo del exceso imaginativo de la máquina, de su capacidad de producir aquello que no debería estar allí. El detalle alucinado ya no es el índice de una presencia perdida, sino el índice de la propia ceguera de la máquina.
Conclusión: Hacia un punctum post-fotográfico
El encuentro entre la fenomenología de la fotografía de Barthes y la imagen generada por IA revela una continuidad profunda, oculta por el cambio tecnológico. Tanto la cámara como el algoritmo albergan un potencial de lo inesperado que escapa a la intención del artista. Ambos permiten el surgimiento de lo que excede la representación, la ruptura súbita que reintroduce el afecto en el dominio de lo codificado.
Si Barthes alguna vez encontró en la fotografía una “imagen loca, frotada por la realidad” (Barthes, 1980, p. 119), podríamos decir que la IA produce una imagen loca frotada por los datos, un subproducto espectral de su propia lógica generativa. El punctum, entonces, sobrevive no como índice de lo real sino como evento de interpretación: el momento en que el significado vacila y algo más, humano o maquínico, se impone.
En este sentido, el “rostro en la pared” no es meramente un error; es una revelación. Nos recuerda que incluso dentro de sistemas diseñados para el control y la coherencia, permanece un exceso irreducible: la huella del azar, del deseo y de la persistencia inquietante del afecto en la era de la máquina.
Referencias
· Barthes, R. (1980). Camera Lucida: Reflections on Photography. New York: Hill and Wang.
· Benjamin, W. (2008). The Work of Art in the Age of Its Technological Reproducibility, and Other Writings on Media. Harvard University Press.
· Flusser, V. (2000). Towards a Philosophy of Photography. Reaktion Books.
· Krauss, R. (1999). “Reinventing the Medium.” Critical Inquiry, 25(2), 289-305.
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