Saussure y la visión del erizo: la diferencia como catalizador del lenguaje
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| El zorroy el erizo. AI image |
El marco del erizo y el zorro: una recapitulación
Isaiah Berlin, en su célebre ensayo The Hedgehog and the Fox (1953), abre con un fragmento del poeta griego Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una sola y grande.” Berlin utiliza este aforismo para distinguir dos temperamentos del pensamiento. Los erizos interpretan el mundo a través de una sola idea unificadora que otorga coherencia y dirección a todo lo que hacen. Los zorros, en cambio, se desplazan por múltiples dominios, abrazando la diversidad y la contradicción sin forzar la realidad en un único marco.
Esta distinción no es rígida ni valorativa, sino una cuestión de orientación intelectual: el erizo busca la profundidad mediante la unidad; el zorro, la comprensión mediante la multiplicidad.
La metáfora ha demostrado ser notablemente adaptable al estudio de las ideas. Filósofos, escritores y científicos pueden situarse en algún punto de este espectro. Puede iluminar no solo estilos personales de pensamiento, sino también la evolución misma de las disciplinas. En lingüística, por ejemplo, Ferdinand de Saussure se ubica sin duda del lado del erizo. Su “gran cosa” —la noción de que la diferencia, y no la sustancia, es el fundamento del lenguaje— reorganizó toda la disciplina en torno a un único núcleo conceptual. La mayoría de los lingüistas tradicionales, por el contrario, han sido zorros, dispersando sus ideas en una pluralidad de métodos empíricos, marcos teóricos y subcampos.
Revisitar a Saussure a través del prisma de Berlin es verlo no solo como el fundador de la lingüística moderna, sino como un pensador excepcional que edificó toda una ciencia a partir de un principio tan fértil que generó una auténtica revolución copernicana.
Saussure: la diferencia como la “gran cosa”
El Cours de linguistique générale (1916) de Saussure transformó el estudio del lenguaje al desplazar la atención de la sustancia —sonidos, significados, palabras— hacia las relaciones. Antes de él, el lenguaje había sido tratado en gran medida como un conjunto de entidades positivas: un vocabulario de significados fijos, un conjunto de reglas gramaticales, etc. Saussure invirtió esta lógica. “En la lengua no hay más que diferencias”, declaró, “sin términos positivos”:
“En la lengua misma no hay más que diferencias. Aún más importante es el hecho de que, aunque en general una diferencia presupone términos positivos entre los cuales se establece, en una lengua no hay más que diferencias y ningún término positivo.” (Saussure, 1916/1959, p. 120).
Esto no era simplemente una proposición teórica, sino una redefinición de lo que es el lenguaje. Su esencia no reside en las cosas, sino en los contrastes; no en el sonido material o el contenido conceptual, sino en el sistema que hace inteligible la expresión.
A partir de este único principio, Saussure reinterpretó cada nivel del análisis lingüístico. El léxico deja de ser un catálogo de palabras con significados intrínsecos para convertirse en una red donde cada término deriva su identidad de su posición en el sistema. Por ejemplo, el verbo francés louer puede significar tanto “alquilar” como “arrendar”, mientras que el alemán distingue estos significados mediante dos verbos diferentes: mieten (“alquilar”) y vermieten (“dar en alquiler”) [CGL][161]. Esta discrepancia ilustra que las unidades lingüísticas no poseen significados universales fijos; su valor se define relacionalmente dentro de la estructura específica de una lengua. Los significados de louer, mieten y vermieten no provienen de una conexión inherente con ideas preformadas, sino del contraste con otros términos dentro de sus respectivos sistemas.
Los hechos gramaticales también revelan cómo el lenguaje funciona como un sistema de valores. La formación del plural en alemán, como en Nacht : Nächte, muestra que cada término se define por sus oposiciones dentro del sistema:
“Lo que usualmente se llama un ‘hecho gramatical’ corresponde, en último análisis, a nuestra definición de una unidad lingüística. Pues siempre hay una oposición de términos implicada. Lo especial es que esta oposición resulte particularmente importante, por ejemplo, en las formaciones plurales del alemán del tipo Nacht vs. Nächte... En aislamiento, Nacht y Nächte no son nada: la oposición entre ellas lo es todo.” [CGL][168]
Incluso la fonética —que podría parecer la capa más “sustancial” del lenguaje— se convierte, para Saussure, en un sistema de diferencias. El lenguaje no depende de ninguna cualidad concreta del sonido, sino simplemente de la distinción entre los sonidos. Desde esta perspectiva, el fonema es un juego de contrastes:
“Cada lengua construye sus palabras a partir de un número fijo de unidades fonéticas, cada una claramente distinta de las demás. Lo que caracteriza a esas unidades no son las propiedades positivas específicas de cada una, sino simplemente el hecho de que no puedan confundirse entre sí. Los sonidos del habla son ante todo entidades contrastivas, relativas y negativas.” [CGL][164–165]
Ya sea al identificar un signo lingüístico, analizar un hecho gramatical como el plural o examinar las características distintivas de un fonema, nos encontramos con la misma verdad: estos elementos se definen no por lo que son, sino por lo que no son. Esta visión convierte a Saussure en un erizo paradigmático que “sabe una sola gran cosa” y que interpreta todo el edificio lingüístico a través de un único lente conceptual. La diferencia se convierte en el principio organizador que unifica la fonología, la morfología, la sintaxis y la semántica.
Los lingüistas como zorros: la multiplicidad de enfoques
Si Saussure fue el erizo que vio la unidad a través de la diferencia, la mayoría de los lingüistas antes y después de él han sido zorros: exploradores del vasto territorio del lenguaje sin fijarse en un solo principio rector. El estudio tradicional del lenguaje, desde la filología clásica hasta los programas universitarios modernos, tiende a dividir el campo en ramas distintas: fonética, fonología, morfología, sintaxis, lexicología, semántica, pragmática. Cada disciplina cultiva sus propios métodos y objetos de estudio, como si el lenguaje fuera una colección de órganos separados y no un solo organismo vivo.
Esta compartimentación ha producido un conocimiento empírico extraordinario. La curiosidad del zorro conduce a un saber especializado —los patrones articulatorios que definen las vocales y consonantes, los procesos morfológicos que forman las palabras, las estructuras sintácticas que generan significado. Pero esta misma especialización a menudo oscurece la interdependencia que hace inteligible el conjunto. La fonología no puede entenderse al margen de la morfología; la morfología presupone la sintaxis; la sintaxis se difumina en la semántica. En la práctica, sin embargo, estos dominios se tratan con frecuencia como autónomos, y sus problemas internos se analizan de manera aislada.
En este sentido, el lingüista “zorruno” ejemplifica lo que Berlin llamó el temperamento pluralista de la comprensión: una orientación que valora la diversidad de métodos por encima de la unidad de visión. Cada enfoque ilumina un fragmento del vasto paisaje del lenguaje, pero rara vez intenta ver el sistema como un todo coherente. Incluso hoy, los departamentos universitarios reflejan este mapa intelectual: los cursos de fonética y semántica coexisten en los planes de estudio, pero rara vez convergen conceptualmente.
La intervención de Saussure, por tanto, aparece como radical no solo por lo que propuso, sino por lo que desplazó. Su Cours abogaba por una ciencia que tratara estas “partes” no como disciplinas independientes, sino como expresiones interrelacionadas de una sola estructura. Su “gran cosa” sigue ofreciendo un horizonte frente al cual estas aproximaciones plurales pueden orientarse, recordándonos que, bajo la multiplicidad de la investigación lingüística, subyace una red unificadora de relaciones que la sostiene.
Conclusión: el legado del erizo
Vista a través de la metáfora de Berlin, la singularidad intelectual de Saussure destaca frente a la diversidad clásica de la investigación lingüística. Como el erizo, organizó el mundo en torno a una única idea luminosa: que la diferencia, y no la sustancia, es la fuerza generativa del lenguaje. Cada sonido, palabra y regla gramatical adquiere su valor por contraste con otros. Desde esta perspectiva, el lenguaje aparece no como un cúmulo de signos, sino como un sistema vivo de relaciones —dinámico, autorregulado y perpetuamente renovado.
Los lingüistas que lo precedieron y sucedieron —los zorros— han multiplicado las perspectivas, probando y transformando su intuición en innumerables dominios. Pero esa misma diversidad confirma la vitalidad de la visión de Saussure. Su revolución copernicana no consistió en hallar otro objeto de descripción, sino en cambiar la manera misma de describir. En este sentido, sigue siendo el erizo del pensamiento moderno: no porque supiera más, sino porque comprendió con mayor profundidad el principio único que continúa animándolos a todos.
Referencias
Berlin, I. (1953). The Hedgehog and the
Fox: An Essay on Tolstoy’s View of History. London: Weidenfeld & Nicolson.
Saussure, F. de. (1916). Cours de linguistique générale. Ed. Charles
Bally y Albert Sechehaye. Paris: Payot.
Lévi-Strauss, C. (1958). Anthropologie structurale. Paris: Plon.
Derrida, J. (1967). De la grammatologie.
Paris: Minuit.

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