El mismo tren, aguas distintas: diferencia e identidad en Saussure y Deleuze
El problema de la identidad, cómo algo puede seguir siendo lo que es mientras cambia constantemente, atraviesa tanto la lingüística como la filosofía. En el siglo XX, Ferdinand de Saussure y Gilles Deleuze situaron la diferencia en el centro de sus respectivas teorías, invirtiendo el orden clásico según el cual la identidad precede a la diferencia. Para Saussure, la lengua es un sistema en el que los signos existen únicamente como relaciones de oposición; para Deleuze, el ser mismo es un campo de diferenciación sin sustancia fija.
Este ensayo pone en diálogo ambos proyectos a través de dos ejemplos: el tren de Saussure y la ola de Deleuze. Cada uno muestra cómo la persistencia no depende de la estabilidad material, sino de una estructura dinámica. Al comparar estos ejemplos, veremos cómo Deleuze amplía el descubrimiento estructural de Saussure —la primacía de la diferencia— desde el ámbito de la lingüística hasta la ontología del devenir.
Saussure: la diferencia y la naturaleza relacional de la identidad
En el Curso de lingüística general, Saussure afirma célebremente:
“En la lengua no hay más que diferencias. Aún más importante es que, aunque en general una diferencia presupone términos positivos entre los cuales la diferencia se establece, en la lengua no hay términos positivos, sino únicamente diferencias” (Saussure, 1916/1945, p. 137).
Esta inversión de la lógica tradicional significa que el sentido no precede al sistema lingüístico, sino que emerge dentro de él. Ni los sonidos ni las ideas existen independientemente de sus relaciones diferenciales. El “valor” de un signo depende no de un contenido inherente, sino de lo que lo distingue de los demás signos.
Para hacer tangible este principio abstracto, Saussure recurre a ejemplos no lingüísticos. Uno de los más reveladores es el del tren. Decimos “el tren de las 8:45 de Ginebra a París” como si fuera el mismo cada día, aunque la locomotora, los vagones o el personal cambien constantemente. Su identidad persiste porque ocupa una posición específica dentro de una red relacional —un horario, una ruta, una secuencia—. La “mismidad” del tren no es física, sino estructural; depende de las relaciones que lo definen dentro del sistema de diferencias:
“Atribuimos identidad, por ejemplo, a dos trenes (‘el de las 8:45 de Ginebra a París’), uno de los cuales parte veinticuatro horas después del otro. Lo tratamos como el mismo tren, aunque probablemente ni la locomotora, ni los vagones, ni el personal sean los mismos” (Saussure, 1916/1945, pp. 122–123).
Saussure sustituye así la sustancia por la relación, y la identidad por el valor. La lengua, como el horario ferroviario, es un sistema de unidades interdependientes que adquieren sentido sólo a través del contraste. El mecanismo de la lengua, observa, “gira enteramente en torno a las identidades y las diferencias” (Saussure, 1916/1945, p. 122). La identidad es, por tanto, nada más que el patrón estable de diferencias mantenido dentro de una red.
Deleuze: la diferencia como devenir ontológico
Medio siglo más tarde, Gilles Deleuze radicalizó esta lógica estructural aplicándola al ser mismo. En Diferencia y repetición (1968), sostiene que la filosofía ha subordinado históricamente la diferencia a la identidad. Desde Platón hasta Hegel, la diferencia fue tratada como una desviación o negación de lo idéntico. Deleuze propone, en cambio, pensar la diferencia en sí misma, como principio positivo y productivo que precede a la identidad y la genera mediante procesos de diferenciación.
Para ilustrarlo, recurre con frecuencia a la ola. Una ola parece continua e idéntica a sí misma, pero existe sólo como un patrón de movimiento en un medio cuyos elementos se reemplazan constantemente. Cada partícula de agua asciende y desciende sucesivamente, sin permanecer la misma, mientras la forma de la ola persiste. Su identidad es la identidad de un proceso, no de una sustancia.
Esta dinámica refleja la del tren de Saussure, pero en un nivel más profundo: el ontológico. La ola ejemplifica la idea deleuziana de repetición, no como recurrencia de lo mismo, sino como retorno de la diferencia. “La repetición es la diferencia sin concepto”, escribe Deleuze (1968/1988, p. 41). Lo que se repite no es una forma idéntica, sino la relación diferencial que produce la forma. La persistencia de la ola es la persistencia de la diferencia actuando a través del tiempo.
La ontología de Deleuze es, por tanto, una metafísica del devenir. Todo objeto u organismo es una estabilización temporal de flujos e intensidades, una negociación continua de diferencias internas. Al igual que el sistema lingüístico de Saussure, su pensamiento es relacional; pero las relaciones no son entre signos, sino entre fuerzas, intensidades y multiplicidades. En ambos, la identidad es relacional, aunque en Deleuze las relaciones mismas son móviles, creativas e inmanentes al ser.
El tren y la ola
El tren y la ola dramatizan un mismo paradigma paradójico: cómo lo mismo puede persistir a través de la diferencia. En la lingüística de Saussure, la identidad del tren depende de su lugar dentro de un sistema de diferencias que definen valores. En la filosofía de Deleuze, la identidad de la ola depende de la diferenciación continua de sus elementos. Ambos rechazan la idea de identidad como esencia fija, pero divergen en el alcance de su análisis.
El sistema de Saussure es estructural y cerrado: la red de diferencias (la langue) constituye un sistema autosuficiente. La ontología de Deleuze es procesual y abierta: la diferencia se despliega indefinidamente en el tiempo, sin totalidad ni clausura. Podríamos decir que Deleuze ontologiza la intuición saussureana. Lo que Saussure descubrió en la lengua, que el sentido se constituye por la diferencia, Deleuze lo descubre en el ser mismo.
Así, el tren representa la persistencia estructural, mientras la ola encarna la persistencia dinámica. Ambas son reales, pero su realidad no reside en la sustancia, sino en la relación y el proceso. La identidad, en cada caso, es un efecto de la diferencia mantenida en el tiempo.
Conclusión
Desde la lingüística estructural de Saussure hasta la ontología diferencial de Deleuze, resuena un mismo principio: lo que perdura no es lo que permanece idéntico, sino lo que continúa diferenciándose dentro de ciertos márgenes de coherencia. El tren y la ola, cada uno en su registro, muestran que la identidad es relacional, no sustancial: una función del patrón, de la posición y del devenir.
La filosofía de Deleuze puede leerse como una expansión de la revolución copernicana de Saussure: el descubrimiento de que el sentido, al igual que el ser, nace de la diferencia. Si Saussure reveló que “en la lengua no hay más que diferencias”, Deleuze extendió esa intuición al mundo entero.
Todo, desde el pensamiento hasta la materia, es un tren de diferencias que atraviesa las aguas movedizas de un río en el que no se puede entrar dos veces.
Referencias
Deleuze, G. (1988). Diferencia y repetición (J. Vásquez Pérez, Trad.). Ediciones Júcar. (Trabajo original publicado en 1968)
Saussure, F. de. (1945). Curso de lingüística general (A. Alonso, Trad.). Losada. (Trabajo original publicado en 1916)

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