Identidad sin esencia: Derrida y Saussure sobre estructura y forma
¿Qué hace que algo —o alguien— sea “el mismo”? Esta pregunta, en apariencia simple, se encuentra en el núcleo tanto de la lingüística estructural como de la deconstrucción. Para Ferdinand de Saussure, la identidad en el lenguaje depende enteramente de la diferencia: un signo posee valor no por un contenido intrínseco, sino por su posición dentro del sistema. Para Jacques Derrida, esa misma lógica se extiende más allá del lenguaje hasta la constitución del propio sujeto. La identidad, ya sea lingüística o personal, es una función de formas relacionales que preceden y configuran aquello que parecen representar. Dos ejemplos —la calle de Saussure y la horma de madera de Derrida— permiten trazar la continuidad y la transformación entre el pensamiento estructuralista y el postestructuralista. Ambos revelan la identidad como un constructo sostenido por relaciones externas, no por una esencia interior.
Saussure: la calle como identidad relacional
En el Curso de lingüística general, Saussure declara célebremente que “en la lengua no hay más que diferencias, sin términos positivos.”¹ El sentido no procede de ideas o sonidos que existan con anterioridad al sistema lingüístico; surge únicamente de los contrastes dentro de ese sistema. Las palabras no poseen esencia: ocupan posiciones en una red de distinciones.
Para ilustrar esta tesis, Saussure recurre a una analogía extralingüística: el ejemplo de una calle reconstruida desde sus cimientos:
“Si una calle es destruida y luego reconstruida, decimos que es la misma calle, aunque materialmente pueda no quedar nada de la antigua. ¿Cómo puede ser la misma calle si ha sido enteramente reconstruida? Porque no es una estructura puramente material. Posee otras características independientes de sus ladrillos y de su argamasa; por ejemplo, su situación en relación con las otras calles.”²
La “identidad” de la calle, entonces, no se basa en la continuidad material, sino en su posición dentro de una red espacial. Su ser depende de lo que la rodea y la diferencia. Las unidades lingüísticas funcionan exactamente del mismo modo: un signo permanece “el mismo” solo mientras persistan las condiciones relacionales que lo sostienen. Una vez que esas condiciones cambian, el significado se modifica, aunque el sonido o el concepto permanezcan constantes.
Esta concepción estructural elimina la noción de sustancia interior. No existe ningún término positivo que preceda al sistema; la identidad es una función relacional, no una propiedad inherente. La calle reconstruida es “la misma” únicamente por su posición dentro del entramado urbano, no por algún elemento material permanente.
Derrida: la horma de madera y el pie ausente
Derrida radicaliza esta intuición estructural extendiéndola a la cuestión metafísica del yo. En “Restituciones de la verdad en el señalar”, medita sobre el oficio del zapatero y sobre el bloque de madera utilizado para dar forma al zapato antes de que lo ocupe un pie humano. Este objeto protésico, la horma, sustituye al cuerpo ausente:
“La ‘horma’ de madera viene a ocupar el lugar del pie ausente. Proporciona una estructura al zapato antes de que el pie llegue a introducirse en él.”³
Para Derrida, esta sustitución material es más que un detalle artesanal: se convierte en una metáfora de la lógica de la representación y de la identidad. Así como la horma moldea el zapato antes de que exista un pie que lo habite, también los marcos simbólicos, culturales y lingüísticos prefiguran al individuo antes de toda experiencia o autoconciencia. La forma precede a aquello que representa. La identidad, según esta lectura, no es un origen autónomo, sino una estructura de anticipación: una prótesis que ocupa el lugar de una ausencia.
La metáfora materializa así la dinámica de la différance: el proceso por el cual el sentido y la identidad emergen a través del diferimiento y del desplazamiento. El pie, como el yo, nunca coincide plenamente con su forma; llega con retraso, llenando un espacio ya delineado por condiciones estructurales. La identidad es, por tanto, derivada: un efecto de marcos preexistentes que al mismo tiempo posibilitan y limitan la individualidad.
Forma, posición y el yo no sustancial
Puestas una junto a otra, la calle de Saussure y la horma de Derrida revelan dos momentos de la transformación intelectual que va del estructuralismo a la deconstrucción. En ambos casos, la identidad depende de configuraciones relacionales más que de una sustancia material o metafísica. Saussure restringe este principio al sistema lingüístico, mientras que Derrida lo generaliza a la constitución misma del sujeto.
El ejemplo de Saussure muestra que una calle sigue siendo “la misma” solo por su posición dentro de una red; el de Derrida muestra que una persona u objeto adquiere identidad únicamente a través de formas que la preceden y la exceden. Ambos ejemplos subvierten la suposición clásica de que la identidad descansa sobre la autopresencia o la continuidad de la materia.
No obstante, el movimiento de Derrida es más radical. Mientras Saussure todavía presupone un sistema relativamente estable —la langue— dentro del cual las relaciones se definen, Derrida insiste en que ningún sistema puede cerrarse completamente sobre sí mismo. Toda forma lleva las huellas de lo que excluye; todo sistema está habitado por aquello que sustituye. La forma que da identidad es en sí misma una huella, resto de otras ausencias.
De la estructura a la huella
Si Saussure desmonta el mito del significado intrínseco, Derrida desmonta el mito de la forma estable. Para Saussure, el sistema diferencial garantiza el valor; para Derrida, incluso el sistema está abierto al diferimiento, la contaminación y el juego. La horma de madera representa no solo el pie ausente, sino también la imposibilidad de una presencia definitiva. Encierra la lógica del suplemento: una estructura que a la vez reemplaza y produce aquello que representa.
Al yuxtaponer estos dos ejemplos, se percibe cómo Derrida hereda la intuición saussureana y la libera de la búsqueda estructuralista de estabilidad. La identidad se convierte en un espacio de sustitución continua, donde toda presencia es ya repetición de una ausencia. La calle reconstruida y el zapato moldeado nos recuerdan que lo que llamamos “lo mismo” es siempre una reconstrucción: una forma mantenida por relaciones, no por un núcleo inmutable.
Conclusión
A través de las metáforas de la calle y la horma de madera, Saussure y Derrida convergen en una visión de la identidad despojada de esencia. En ambos, la forma precede al contenido y la relación pesa más que la sustancia. El modelo lingüístico de Saussure muestra cómo el significado surge de la diferencia posicional; la lectura deconstructiva de Derrida revela que incluso el sujeto está atrapado en esas mismas dinámicas relacionales. Lo que los une es el reconocimiento de que la identidad nunca está dada: se produce y se mantiene gracias a estructuras que son, a su vez, inestables e incompletas. Comprender lo que significa ser “el mismo” exige mirar no aquello que permanece dentro, sino lo que rodea, sostiene y sustituye. Como recuerda el propio Saussure, “en un signo, lo que importa más que cualquier idea o sonido asociado con él es qué otros signos lo rodean”.
Referencias
- Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general, edición de Charles Bally y Albert Sechehaye, traducción de Amado Alonso (Buenos Aires: Losada, 1945), p. 167.
- Ibid., p. 148.
- Jacques Derrida, “Restituciones de la verdad en el señalar”, en La verdad en pintura, trad. Patricio Marchant y Cristina de Peretti (Barcelona: Paidós, 1994), p. 255.
- Jacques Derrida, La Vérité en peinture (Paris: Flammarion, 1978), “Restitutions de la vérité en pointant”.
- Jacques Derrida, De la gramatología, trad. Óscar del Barco y Conrado Ceretti (México: Siglo XXI Editores, 1971).

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