Del tuit al meme: la gramatología de Derrida en la era post-discursiva

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Introducción: los nuevos jeroglíficos de la política

El paisaje digital ha cambiado. Hace una década, el tuit breve y aforístico reinaba como la forma dominante del discurso en línea —un remanente de la tradición fonética y lineal de la escritura. Hoy, sin embargo, el meme lo ha desplazado, instaurando un régimen estético donde las imágenes, los subtítulos y los íconos marcan los ritmos del sentido colectivo. En Estados Unidos, la propia cultura política se ha vuelto profundamente visual: los políticos aparecen en memes con sombreros mexicanos, maracas o reimaginados en escenas de la cultura pop. Lo que antes pertenecía a los márgenes —lo cómico, lo pictórico, lo no discursivo— ahora define el tono del debate público. Esta inversión, aparentemente trivial, remite a una tensión filosófica más profunda que Jacques Derrida rastreó en De la gramatología (1967): la oposición jerárquica entre la escritura fonética y la no fonética, entre la voz lineal y la huella gráfica.

El ascenso del meme señala, por tanto, no solo un cambio en los hábitos mediáticos, sino una transformación gramatológica: el retorno de aquellas formas no fonéticas que habían sido excluidas por la metafísica occidental de la palabra.

La escritura fonética y la era del tuit

Según Derrida, el pensamiento occidental privilegió el habla como lugar de la verdad y la inmediatez, relegando la escritura a un papel secundario y derivado. La escritura fonética —alfabética, secuencial, reducible al sonido— se convirtió en el soporte tecnológico de esa ilusión. Conservó, escribe Derrida, “la idea de un logos o de la plena presencia de la voz a sí misma” (De la gramatología, p. 11).

El tuit, con su sintaxis mínima y su insistencia en la “voz” (“¿Qué está pasando?”, pregunta la interfaz), prolonga esa herencia. Es un medio construido para la enunciación, para producir el efecto de presencia. Cada publicación aspira a la autenticidad: una expresión directa de opinión, de indignación o de ingenio. El texto breve, lineal y alfabético, porta la promesa metafísica de la transparencia comunicativa: un pensamiento hecho visible, una voz transmitida sin distorsión. Incluso desligado del habla, el tuit mantiene lo que Derrida llamaría una estructura fonocéntrica: la fantasía de que el lenguaje puede dominarse mediante la expresión inmediata.

Sin embargo, Derrida también nos recuerda que la escritura nunca es pura transmisión, sino iteración: una marca que “puede romper con cualquier contexto dado y engendrar infinitos nuevos contextos” (p. 315). Cada tuit, por personal o espontáneo que parezca, se convierte en una huella: repetible, citada, descontextualizada. La brevedad textual de Twitter disfraza el hecho de que ya es un espacio de différance: de deslizamiento, parodia e interminable reinterpretación. Pero, dentro de la imaginación cultural, el tuit aún pertenece al orden discursivo: racional, declarativo, fonético.

El meme como escritura no fonética

Si el tuit prolonga la línea alfabética, el meme evoca el jeroglífico. Es gráfico más que fonético, espacial más que secuencial. Su significado surge no por orden sintáctico, sino por yuxtaposición: de imagen, texto, tono y referencia cultural. El meme no se lee en el tiempo, sino que se aprehende en el espacio. Su lógica es la de la constelación, no la de la frase.

Derrida describe los sistemas no fonéticos —como la escritura jeroglífica, china o matemática— como formas que “escapan al horizonte de la voz” (p. 84). La filosofía occidental, sostiene, subordinó estos sistemas porque no reflejaban el habla. Sin embargo, paradójicamente, ellos revelan la verdadera naturaleza de la escritura: el espaciamiento, la iteración y la diferencia. En el meme, esta estructura gramatológica latente resurge. Su sintaxis compuesta —imagen superpuesta con texto, gesto con ironía— realiza la misma différance que Derrida teorizó: el sentido diferido y proliferante a través del juego.

Un meme que muestra, por ejemplo, a un senador bajo un sombrero mexicano opera mediante el desplazamiento, no la afirmación. Su humor no reside en el contenido proposicional, sino en la fricción semiótica: una imagen de autoridad recodificada a través de un cliché visual. Su significado no puede parafrasearse; emerge de la relación —de un campo de huellas más que de un mensaje fijo. Así, el meme reivindica la dimensión pictórica que la escritura fonética había reprimido, transformándola en el modo dominante de expresión digital.

La deconstrucción de la linealidad

Para Derrida, la linealidad del alfabeto sostenía toda una epistemología: leer era avanzar, progresar a lo largo de un eje temporal único. El meme digital desmantela ese eje. No se desarrolla, sino que se despliega de inmediato. El espectador no sigue una línea de razonamiento, sino que se enfrenta a un montaje espacial. Esta simultaneidad espacial —una imagen, una tipografía, un afecto— encarna una nueva economía semiótica que Derrida anticipó cuando observó que la escritura no fonética “ya no forma una cadena, sino una red” (p. 88).

En este sentido, el meme no es un sucesor del tuit, sino su deconstrucción. Expone los límites del discurso fonético al poner en primer plano aquello que siempre estuvo fuera de él: lo gráfico, lo gestual, lo iterable. La temporalidad lineal del tuit colapsa en la instantaneidad visual del meme. La presencia cede su lugar a la circulación; la autoría se disuelve en la reescritura colectiva. Cada meme es una reescritura anónima, una huella sin origen. “La huella”, escribe Derrida, “no es una presencia, sino el simulacro de una presencia que se disloca, se desplaza y remite más allá de sí misma” (p. 156). Esa definición podría describir al meme con precisión.

De los márgenes al centro: el retorno de lo reprimido

El auge del meme marca no solo un cambio tecnológico, sino también una inversión cultural. Históricamente, Occidente consideró las escrituras no fonéticas como primitivas u ornamentales —periféricas respecto al trabajo serio del pensamiento. El meme, antes desdeñado como folclore digital juvenil, ocupa ahora el centro del discurso político y cultural. Campañas, movimientos e ideologías circulan mediante el humor, el remix y la alegoría visual.

Lo que Derrida denominó el “etnocentrismo del alfabeto” (p. 85) —la creencia de que la escritura fonética es la forma universal de la razón— se ve hoy socavado por las mismas tecnologías que aquel paradigma engendró. Los medios digitales han democratizado el signo gráfico, recuperando la economía expresiva del ideograma y el collage. En los memes, lo visual y lo textual cohabitan sin jerarquía, anunciando una era post-discursiva en la que la imagen sustituye al argumento como vehículo privilegiado de persuasión.

No se trata, sin embargo, del fin de la escritura, sino de su metamorfosis. Derrida anticipó que la expansión de la cibernética y la informática “extendería el dominio de la escritura a todo aquello que dé lugar a la inscripción en general” (p. 9). El meme es una de esas extensiones: una escritura que no se escribe, un texto sin texto. Realiza lo que Derrida denominó arqui-escritura: la estructura originaria de huellas de la que surge toda significación.

Conclusión: hacia una gramatología del meme

La transformación del tuit al meme resume una oscilación histórica más profunda: de lo fonético a lo no fonético, de la voz a la huella. La gramatología derridiana nos permite ver este proceso no como una decadencia del discurso racional, sino como el retorno de la dimensión gráfica reprimida que subyace a toda escritura. El meme, en este sentido, es el jeroglífico contemporáneo: un signo fragmentario que resiste la linealidad y se niega a ser subsumido bajo la lógica de la voz.

Cuando los políticos aparecen como memes —adornados con sombreros o escenificados en tableaux irónicos— no se trata simplemente de sátira; es el síntoma de una reconfiguración cultural. El sentido ya no se pronuncia: circula. El meme no reemplaza a la palabra; revela lo que la palabra siempre había ocultado: que toda escritura, en cualquiera de sus formas, es un acto de diferencia, no de presencia.

Referencias

Derrida, J. (1976). De la gramatología (Trad. G. C. Spivak). Baltimore: Johns Hopkins University Press.
Shifman, L. (2014). Memes in Digital Culture. Cambridge, MA: MIT Press.
Milner, R. M. (2016). The World Made Meme: Public Conversations and Participatory Media. Cambridge, MA: MIT Press.

Dean, J. (2019). Comrade: An Essay on Political Belonging. Londres: Verso.

 

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