El mito del autor: de Homero a Barthes

Trovadores en torno al fuego. AI image
Introducción

La figura del autor ha sido durante siglos un pilar de la tradición literaria occidental. Desde la Antigüedad hasta la modernidad, se ha tendido a imaginar al creador como un genio aislado, capaz de dar forma a mundos enteros con su sola inspiración. Sin embargo, esa concepción romántica resulta problemática si observamos la historia con mayor atención. Desde los cantos atribuidos a Homero hasta las tesis de Roland Barthes y Jacques Derrida, se perfila otra imagen: la literatura como un tejido colectivo, un entramado de voces y memorias en el que el sujeto individual se diluye. Este ensayo propone recorrer ese trayecto, mostrando cómo el “autor” no es tanto el origen del texto como una construcción cultural destinada a garantizar un sentido unificado allí donde lo que reina es la multiplicidad.

Los griegos y la cuestión homérica

Pocas figuras encarnan mejor la paradoja de la autoría que Homero. Tradicionalmente se le adjudican dos de las epopeyas más influyentes de la historia: la Ilíada y la Odisea. No obstante, la llamada “cuestión homérica” pone en duda si existió realmente un poeta único o si esos relatos son el resultado de una larga tradición oral plasmada por distintos aedos. Según los estudiosos, los poemas circularon durante generaciones antes de ser fijados por escrito, acumulando añadidos, variantes y reinterpretaciones.

De este modo, “Homero” podría ser menos una persona que un nombre colectivo, una etiqueta que designa la cristalización de innumerables voces en un momento determinado de la cultura griega. En esa medida, la autoría homérica se asemeja a una máscara que oculta el carácter anónimo y plural de la epopeya. Tal situación anticipa, de algún modo, la intuición de Barthes: el escritor no es la fuente del significado, sino un lugar de paso donde confluyen tradiciones, estilos y lenguajes.

La tradición trovadoresca

Si los poemas homéricos recuerdan la fuerza de la colaboración, la lírica provenzal refuerza aún más la idea de la creación compartida. Los trovadores, activos entre los siglos XII y XIII en el sur de Francia, componían canciones que circulaban en plazas, cortes y festivales. Sus versos eran interpretados, memorizados, modificados y transmitidos sin que existiera una única versión autorizada. Cada performance introducía matices distintos, haciendo del poema un organismo vivo que se transformaba con cada encuentro.

Esta dinámica pone en cuestión la noción de obra como entidad cerrada. En la poesía trovadoresca, lo decisivo no es la firma personal, sino el vínculo comunitario que sostiene la memoria colectiva. El verso se mantiene porque es repetido, reinventado y apropiado por muchos. No sorprende que Nietzsche, siglos después, recuperara ese espíritu lúdico y vital en La gaya ciencia, donde la palabra poética se asocia a la danza, al canto y a la celebración. La “ciencia alegre” evoca esa dimensión festiva de la palabra que nunca pertenece del todo a quien la pronuncia, pues circula en el aire común.

Barthes y “la muerte del autor”

Con Barthes la sospecha se convierte en teoría explícita. En su célebre ensayo La muerte del autor (1968), declara que el escritor ya no es la fuente privilegiada del sentido, sino apenas un mediador cuya voz se disuelve en la escritura. “Un texto —afirma— no está hecho de una línea de palabras que liberen un único sentido teológico, sino de un espacio de múltiples dimensiones”. En lugar del creador inspirado, aparece el scriptor: un sujeto que no engendra significados originales, sino que combina y redistribuye discursos preexistentes.

Esta concepción desestabiliza la imagen romántica del artista como origen absoluto. Homero y los trovadores pueden releerse, entonces, como ejemplos históricos que encarnan esa misma lógica: ambos remiten a tradiciones colectivas antes que a individuos singulares. La teoría barthesiana no destruye la literatura, sino que la abre a un horizonte más vasto, donde cada lector participa activamente en la producción de sentido.

Derrida y el mito del origen

La deconstrucción derridiana refuerza esta perspectiva al cuestionar la noción misma de un inicio puro. En De la gramatología (1967), Derrida sostiene que no existe un punto de partida absoluto para el lenguaje; lo que llamamos “origen” no es más que una ficción retrospectiva que ordena un campo siempre ya diferido. La inscripción, lejos de ser una mera copia secundaria, constituye la condición de posibilidad del sentido: todo signo se inscribe en una red de diferencias que nunca remite a una fuente última.

Aplicada a la literatura, esta reflexión disuelve la tentación de buscar en Homero, en un trovador o en cualquier autor la clave definitiva del texto. Lo que tenemos, en cambio, es un movimiento interminable de huellas, un palimpsesto en el que cada palabra lleva consigo restos de otras. La “autoría” funciona como un efecto de cierre, un recurso cultural que pretende detener esa deriva incesante.

Conclusión

El recorrido desde la Antigüedad hasta la crítica contemporánea muestra que el autor no es un origen estable, sino una figura móvil, a veces incluso ficticia. Homero representa el mito de un poeta único que en realidad sintetiza una tradición entera; los trovadores confirman la fuerza de la colectividad frente a la firma individual; Barthes explicita el desplazamiento del creador en favor de la multiplicidad del texto; y Derrida revela la imposibilidad de un origen absoluto.

Lejos de empobrecer la literatura, esta descentración la enriquece, pues nos permite leer cada obra como un nudo en una red infinita de voces y resonancias. El “mito del autor” se revela entonces como un artificio útil para ciertas épocas, pero insuficiente para comprender la complejidad de los textos. En la actualidad, cuando la escritura algorítmica plantea nuevos interrogantes sobre creatividad y propiedad, estas reflexiones recobran vigencia: quizá lo decisivo no sea quién firma, sino cómo las palabras siguen tejiendo sentidos en una comunidad que las hace suyas.

Referencias

  • Barthes, R. (1987). El susurro del lenguaje. Barcelona: Paidós.
  • Barthes, R. (2009). La muerte del autor. En El susurro del lenguaje (pp. 65-72). Barcelona: Paidós.
  • Derrida, J. (2005). De la gramatología. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Homero. (2006). Ilíada. Madrid: Gredos.
  • Homero. (2007). Odisea. Madrid: Gredos.
  • Nietzsche, F. (2003). La gaya ciencia. Madrid: Alianza.
  • Nietzsche, F. (2012). El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza.
  • Zumthor, P. (1991). La letra y la voz: De la literatura medieval. Madrid: Cátedra.

 

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