La imposibilidad de un lenguaje puro: Derrida sobre la definición aristotélica de metáfora

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Introducción

En la Poética, Aristóteles ofreció una de las definiciones más citadas de metáfora: consiste, escribe, en “dar a una cosa un nombre que pertenece a otra” (Poética 1457b6–9). Jacques Derrida retoma esta fórmula en Márgenes de la filosofía (p. 231), donde se convierte en punto de partida para una amplia deconstrucción del sueño filosófico de un lenguaje literal. Si la metáfora es nombrar con un término ajeno, su contrario sería un nombrar auténtico: un discurso en el que cada entidad posea su designación propia. Esta alternativa aparente, sostiene Derrida, es precisamente la fantasía que los metafísicos han perseguido: la ilusión de un decir purificado de toda intrusión figurativa. Sin embargo, la idea misma de tal pureza está comprometida desde dentro, pues se formula mediante metáforas de propiedad, pertenencia y traslado.

La definición aristotélica y sus implicaciones

La formulación de Aristóteles sitúa la metáfora como una forma de desplazamiento: un nombre es transportado de su ámbito legítimo a un territorio extraño. Esta descripción supone que los nombres se encuentran normalmente unidos a sus objetos naturales de manera directa y autosuficiente. En este sentido, lo no metafórico sería el dominio de los nombres propios, expresiones que pertenecen única y exclusivamente a las cosas que designan. Aunque Aristóteles no desarrolla una filosofía de la literalidad, su oposición entre lo “propio” (kurios) y lo “ajeno” (allotrios) ya sugiere tal distinción.

La relectura de Derrida en Márgenes

Cuando Derrida reintroduce la definición aristotélica, subraya sus presupuestos latentes. Clasificar la metáfora como un préstamo implica que algunas palabras disfrutan de una posesión legítima y no derivada. Esto instituye el ideal de una lengua pura, el idioma de la verdad al que siempre aspiró el discurso metafísico. Según Derrida, sin embargo, este ideal se autodestruye: la oposición entre propio e impropio, auténtico y ajeno, se construye a partir de metáforas de pertenencia. Invocar la “propiedad” para asegurar un ámbito más allá de la figura es quedar atrapado en los mismos giros que se pretende excluir.

Las consecuencias de la inferencia

Las repercusiones de este análisis son decisivas. En primer lugar, el sueño de un lenguaje no metafórico resulta incoherente, ya que la noción misma de autenticidad o propiedad es figurativa. En segundo lugar, los sistemas metafísicos terminan reciclando lo que intentan expulsar: al proteger el sentido de la contaminación tropológica, no hacen sino reacondicionar y normalizar figuras ya existentes. Derrida denomina a este proceso un “blanqueamiento”, mediante el cual las metáforas se vuelven transparentes y aparecen como conceptos literales.

Basta observar expresiones corrientes: la pata de una mesa, el pie de una montaña, el acto de asir una idea. Todas comenzaron como extensiones figurativas, pero su origen suele olvidarse. La filosofía procede de manera similar: términos como fundamento, origen, esencia o base arrastran genealogías metafóricas que, con el tiempo, se enmascaran gracias a su institucionalización en el discurso conceptual. Pretender un registro absolutamente literal equivale a desconocer este proceso histórico y a recaer en el mismo juego tropológico que se intenta negar.

Metáfora y metafísica en antagonismo recíproco

Esto explica la tesis derridiana según la cual metáfora y metafísica se rodean en una relación de antagonismo mutuo. La metafísica aspira a la literalidad y trata la metáfora como una desviación secundaria y defectuosa. No obstante, la propia noción de metáfora depende de una red figurativa de traslado, extrañamiento y propiedad. En consecuencia, la metafísica no puede definir su pureza sin presuponer aquello que rechaza. Cuanto más insiste la filosofía en una lengua de la esencia, más recicla inadvertidamente estructuras figurativas.

Conclusión

La definición aristotélica de metáfora, aunque aparentemente simple, encierra en sí misma la semilla de una paradoja. Al concebir la figura como un nombrar ajeno, apunta al mismo tiempo al ideal de un lenguaje propio y no metafórico. Derrida muestra que ese ideal es inalcanzable, pues el discurso de la propiedad es ya tropológico de principio a fin. Lo que parece ser el sustrato del significado literal no es más que una sedimentación de figuras blanqueadas, que giran interminablemente en torno a los mismos recursos que la filosofía sueña con superar. Lejos de constituir un adorno superficial, la metáfora se revela constitutiva del lenguaje mismo, y la metafísica permanece inseparable de sus corrientes figurativas.

Referencias

Aristóteles. (1999). Poética (V. García Yebra, Trad.). Madrid: Gredos. (Obra original ca. 335 a. C.)

Derrida, J. (2008). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.). Madrid: Cátedra.

Rée, J. (1994). Metaphor and metaphysics. New Literary History, 25(4), 639–663.

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