Del pronóstico a la escalada: Relectura del epílogo de "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica"
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| The Beauty of War. AI art |
El ensayo de 1935 de Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, sigue siendo uno de los análisis más influyentes de la estética moderna. Conocido sobre todo por sus reflexiones sobre el aura, la autenticidad y la transformación del arte bajo condiciones de reproductibilidad, el texto se discute con frecuencia en teoría cultural y de medios. Sin embargo, el breve epílogo merece un examen más detenido. Mientras que el cuerpo del ensayo disecciona cambios en la percepción, la tradición y el valor, la sección final traslada abruptamente la discusión al terreno de la política. Allí Benjamin afirma que el fascismo estetiza la vida política, mientras que el comunismo debería politizar la práctica artística. Más que una conclusión ordenada, el epílogo debe entenderse como una escalada: radicaliza las tesis precedentes al extraer sus consecuencias en los términos políticos más urgentes.
El prefacio y el epílogo como marcos
El prefacio establece el programa de Benjamin. Sostiene que cualquier análisis serio de la vida cultural debe confrontar las nuevas condiciones de producción y abandonar nociones obsoletas como “creatividad y genio, valor eterno y misterio” (Benjamin, 1969, p. 218). Estas categorías, advierte, pueden ser cooptadas por el fascismo. Frente a ello, sus conceptos están diseñados como armas críticas: herramientas que exponen cómo la reproductibilidad técnica reconfigura las relaciones estéticas y sociales.
Leído en contraste con esta apertura, el epílogo forma un espejo estructural. El prefacio posiciona el ensayo de manera diagnóstica, prometiendo una prognosis sobre el arte bajo el capitalismo. La sección final entrega entonces el pronóstico político: el fascismo organiza a las masas mediante el espectáculo sin alterar las relaciones de propiedad; el comunismo, en cambio, debería reorientar la producción cultural hacia la transformación colectiva. Así, el ensayo queda enmarcado en ambos extremos por intervenciones que vinculan el arte con el cambio histórico. El epílogo no es un apéndice separable, sino la intensificación lógica del gesto inicial de la obra.
El argumento del epílogo
El esquema político de Benjamin es conciso. El fascismo, escribe, “ve su salvación en dar a estas masas no su derecho, sino en cambio una ocasión para expresarse” (1969, p. 241). El derecho en cuestión es la demanda de modificar las estructuras de propiedad. Al negar el cambio sustantivo y, a la vez, ofrecer participación estética, el fascismo canaliza la frustración en expresión ritualizada. El resultado es la “introducción de la estética en la vida política” (p. 241).
Esta estetización culmina en la guerra, que ofrece el único objetivo a gran escala compatible con la preservación de la propiedad. “Todos los esfuerzos por estetizar la política culminan en una sola cosa: la guerra. La guerra y sólo la guerra puede fijar un objetivo para movimientos de masas a la mayor escala respetando el sistema tradicional de propiedad” (Benjamin, 1969, p. 241). Para ilustrarlo, Benjamin cita el manifiesto futurista de Marinetti, que glorifica la violencia como “bella” porque fusiona maquinaria, destrucción y placer sensorial en un espectáculo. Para Benjamin, esta celebración no es un malentendido, sino la prolongación lógica de la estética fascista.
Frente a ello, propone lo contrario: el comunismo debe politizar el arte. Donde el fascismo ofrece participación estética sin cambio estructural, el comunismo desplegaría la producción cultural para esclarecer las condiciones materiales y movilizar la lucha revolucionaria.
Retrospectiva e ironía histórica
Con la distancia del tiempo, la doble fórmula de Benjamin tiene un destino desigual. Su lectura del fascismo resultó estremecedoramente precisa. La Alemania nazi y la Italia de Mussolini transformaron la política en teatro ritual: concentraciones masivas, culto al Führer, cine propagandístico, desfiles coreografiados. La guerra se convirtió tanto en objetivo como en clímax estético, tal como predijo Benjamin.
Su esperanza en el comunismo, sin embargo, se derrumba ante la evidencia histórica. En la Unión Soviética, el arte fue efectivamente politizado, pero no para liberar. En cambio, el Realismo Socialista transformó la vida cultural en propaganda que glorificaba al líder y silenciaba voces independientes. Bajo Mao, el arte fue movilizado durante la Revolución Cultural como instrumento de adoctrinamiento. Lejos de emancipar a las masas, la producción cultural fue encadenada al control autoritario. En efecto, la visión de Benjamin de un arte politizado se realizó en la práctica, pero invertida: en lugar de concienciar, sirvió a la dominación.
La ironía es amarga. Lo que Benjamin teorizó como un camino hacia la libertad se convirtió, en manos de regímenes totalitarios, en un mecanismo de sometimiento. Sus categorías iluminan las opciones, pero la historia las llenó de un contenido opuesto.
El aura de la guerra entonces y ahora
En el epílogo Benjamin señala que, cuando las fuerzas productivas no pueden integrarse en un uso pacífico, encuentran su salida en el conflicto: “Sólo la guerra hace posible movilizar todos los recursos técnicos de hoy manteniendo el sistema de propiedad” (1969, p. 242). Para él, la guerra imperialista era una “rebelión de la tecnología” contra una utilización social bloqueada. La violencia se convertía en un escenario en el que la sociedad experimentaba su propia destrucción como gratificación estética.
La historia del siglo XX confirmó este juicio. Las guerras se escenificaron como espectáculos de modernidad: movilización masiva de maquinaria, armamento y propaganda. Sin embargo, su análisis también resuena hoy. La era digital trae nuevas formas de violencia estetizada: imágenes virales de drones, combates transmitidos en directo, videojuegos que simulan campos de batalla. La tecnología sigue convirtiendo la destrucción en imágenes consumibles, preservando la lúgubre intuición de Benjamin de que la sociedad moderna puede experimentar la aniquilación como placer visual.
Conclusión
El epílogo de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica no debe tratarse como un apéndice separable. Es a la vez conclusión y escalada: la necesaria consecuencia política de los argumentos estéticos del ensayo. En retrospectiva, la prognosis de Benjamin se cumplió trágicamente a medias. Diagnosticó con notable claridad la estetización de la política por el fascismo, pero su confianza en la politización emancipadora del arte por parte del comunismo fue desmentida por la historia. Aun así, el marco permanece como una guía valiosa. Las sociedades contemporáneas siguen estetizando la política, ya sea mediante el espectáculo populista, los eventos mediáticos corporativos o las simulaciones digitales de violencia. Reler a Benjamin hoy significa enfrentar el desafío que identificó: la tarea de movilizar el arte de manera crítica, sin entregarlo a la apropiación autoritaria.
Referencias
Benjamin, W. (1969). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (H. Zohn, Trad.). En H. Arendt (Ed.), Iluminaciones (pp. 217–252). Schocken Books.
Marinetti, F. T. (1935). Manifiesto del movimiento futurista sobre la guerra colonial etíope. En W. Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (p. 241).

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