¿Debemos descartar un argumento solo porque lo escribió una IA?
![]() |
| Matar al mensajero. AI art |
En los foros digitales es cada vez más frecuente una escena que refleja nuestras tensiones culturales actuales. Una persona expone un razonamiento sobre un tema complejo; alguien responde con un contraargumento bien estructurado. Sin embargo, en lugar de debatir el contenido, la primera parte revisa el texto con un detector de inteligencia artificial y replica: “no aceptaré tu respuesta porque fue escrita por una máquina”. Este gesto, más que un análisis, constituye una negación inmediata del diálogo. Surge entonces la pregunta: ¿es legítimo invalidar una idea únicamente por haber sido redactada con ayuda algorítmica?
Ansiedad cultural y tecnologías disruptivas
La reacción descrita no es nueva. Cada vez que una técnica irrumpe en el horizonte cultural, aparece el miedo a que lo humano quede desplazado. La imprenta fue acusada de destruir la memoria y empobrecer el arte de la retórica. La fotografía fue recibida como una amenaza al estatuto de la pintura, pues eliminaba la necesidad de la destreza manual. La música electrónica fue descalificada como ruido mecánico frente a la nobleza de los instrumentos tradicionales. En todos estos casos, la sociedad experimentó una fase de ansiedad, para después terminar incorporando la novedad como parte legítima de la creación artística.
La inteligencia artificial genera hoy una inquietud semejante: el temor de que el texto pierda su autenticidad y que el autor humano sea reemplazado por un algoritmo sin conciencia ni intención.
El sesgo humanocéntrico y la figura del scriptor
El rechazo automático a los textos generados por inteligencia artificial revela un sesgo humanocéntrico. Durante siglos, lo humano ha sido concebido como única fuente de razón, creatividad y legitimidad discursiva. Cualquier producción no-humana se considera derivada o inferior. Sin embargo, desde mediados del siglo XX, varias corrientes filosóficas han cuestionado esta supremacía.
Roland Barthes, en La muerte del autor, sostuvo que el sentido de un texto no depende de la biografía de quien lo escribió, sino de la interpretación del lector: “dar un Autor a un texto es imponerle un freno, dotarlo de un significado último” (Barthes, 1968/1987, p. 73). En ese mismo ensayo introdujo la noción de scripteur (scriptor), que ya no garantiza la unidad del texto ni lo remite a una conciencia originaria. El scriptor “nace con el texto” y desaparece en el acto de escritura; su función no es expresar una interioridad, sino activar un tejido de citas y códigos culturales.
Si seguimos esta perspectiva, una IA no sería menos legítima que un autor humano, pues en ambos casos lo que circula es un entrecruzamiento de signos previos. Jacques Derrida, por su parte, subrayó que el origen nunca garantiza legitimidad; lo que importa es la red de diferencias en la que cada signo se inscribe. Lo esencial, entonces, no es que el argumento sea “auténticamente humano”, sino si se sostiene en su coherencia y en su capacidad de generar sentido en el lector.
Benjamin y la erosión del aura
Walter Benjamin, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, introdujo el concepto de aura como la unicidad irrepetible de la obra, ligada a su aquí y ahora. La fotografía y el cine, al poder reproducir infinitamente una imagen, erosionaron esa singularidad. Según Benjamin, “lo que con el aura se marchita es su fundamento en el aquí y ahora” (Benjamin, 1935/1969, p. 223).
La escritura producida con IA extiende esta transformación. Ya no se erosiona únicamente el aura del objeto artístico, sino la del sujeto autor. La firma humana pierde centralidad y la atención se desplaza hacia la circulación, la pertinencia y la recepción del texto. La diferencia es aún más radical: la fotografía reproducía un original, mientras que la inteligencia artificial genera variaciones potencialmente infinitas. No existe ya un origen único; cada texto es una combinación dentro de un tejido inagotable.
Matar al mensajero digital: la falacia del origen
Cuando alguien rechaza un razonamiento únicamente porque fue escrito con ayuda de inteligencia artificial, sin atender a su contenido, incurre en una variante de la falacia ad hominem: atacar el origen en lugar de la validez de la proposición. Si el argumento es sólido, bien fundamentado y pertinente, su procedencia no debería importar.
La filosofía conoce situaciones análogas. Muchas ideas han sido descartadas por provenir de autores “problemáticos” en lo moral o lo político, aunque sus planteamientos pudieran ser consistentes en el plano lógico. Evaluar un discurso exige analizar sus premisas y conclusiones, no reducirlo a la biografía o condición de su autor. De la misma manera, en el caso de los textos generados con IA, lo relevante no es la “pureza” de su origen humano, sino la fuerza de lo que afirman.
Responsabilidad y validez del argumento
El punto crucial no es quién compuso la frase, sino cómo se sostiene dentro de un intercambio crítico. Un argumento debe evaluarse en función de su consistencia interna, la solidez de su evidencia y la pertinencia respecto al tema en discusión. El hecho de que haya sido elaborado con ayuda de una máquina no lo hace menos válido.
Lo que sí cambia es el régimen de responsabilidad. La IA no asume consecuencias, no responde por lo que produce. El humano que la emplea debe verificar la información, garantizar la coherencia y aceptar la autoría en un sentido ético. La legitimidad no radica en la procedencia del discurso, sino en el compromiso de quien lo hace circular.
Conclusión
Descartar un argumento solo porque fue redactado con ayuda de IA constituye una forma de evasión intelectual. La historia muestra que cada innovación técnica primero despierta resistencias, luego transforma las categorías de autenticidad y finalmente enriquece la cultura. En lugar de bloquear el diálogo con una etiqueta, deberíamos aprender a discutir el contenido, asumiendo la responsabilidad de su uso.
Así como hoy nadie desprecia una fotografía por no ser “pintura verdadera”, pronto resultará anacrónico rechazar un texto por haber sido producido con una inteligencia artificial. La cuestión no es si el autor es humano o máquina, sino si el argumento resiste el examen crítico.
Bibliografía
· Barthes, R. (1968/1987). La muerte del autor. In Image-Music-Text (pp. 65–75). Hill and Wang.
· Benjamin, W. (1935/1969). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (H. Zohn, Trans.). In H. Arendt (Ed.), Iluminations (pp. 217–252). Schocken Books.
· Derrida, J. (1967/1976). De la grammatologie. Les Éditions de Minuit.

Comentarios
Publicar un comentario