Signo y Diferencia: Entre Tradición y Deconstrucción

Introducción

Pocos conceptos han ejercido una influencia tan duradera sobre la historia de la filosofía y la lingüística como el de Signo. Desde De Interpretatione de Aristóteles hasta el Curso de lingüística general de Saussure, el signo ha sido tratado como un puente entre pensamiento, lenguaje y realidad. Sin embargo, la deconstrucción de Jacques Derrida en De la grammatología demuestra que esta estructura aparentemente estable se ve socavada por sus propios supuestos. Al interrogar los compromisos metafísicos que subyacen al signo, Derrida expone la fragilidad de nociones como el origen, el significante trascendental y el logocentrismo. Este artículo explora la crítica de Derrida en relación con las concepciones clásicas y modernas del signo, centrando la atención en Aristóteles, Agustín, Jakobson y Saussure, y culminando con la propuesta derridiana de la escritura-arquitectónica (archi-écriture).

Los Fundamentos Clásicos: Aristóteles y Agustín

La tradición occidental del signo comienza con De Interpretatione de Aristóteles. Para él, los signos median entre el mundo, el alma y la expresión lingüística:

"Ahora, los sonidos hablados son símbolos de las afecciones del alma, y los signos escritos son símbolos de los sonidos hablados. Y así como los signos escritos no son los mismos para todos los hombres, tampoco los sonidos hablados. Pero aquello de lo que son signos en primer lugar —las afecciones del alma— es igual para todos; y aquello de lo que estas afecciones son semejanzas —las cosas mismas— también es igual." (Aristóteles, De Interpretatione, 16a3–8)

Aquí encontramos un modelo de origen: la realidad se imprime en el alma como "afecciones" universales, que luego el habla expresa y que la escritura posteriormente representa. Así, el habla se privilegia como el vínculo más inmediato entre el pensamiento interno y la realidad externa, relegando a la escritura a un estatus secundario y derivado.

Agustín desarrolla un marco similar en De Dialectica. Un signo, escribe, es:

"quod se ipsum sensui, et praeter se aliquid animo ostendit" — "algo que se muestra a los sentidos y algo distinto de sí mismo a la mente" (Agustín, De Dialectica)

Para Agustín, los signos señalan más allá de sí mismos, uniendo lo sensible y lo inteligible. Esto refuerza el modelo jerárquico: los signos sirven como conductos, conduciendo la mente de la realidad perceptible hacia la verdad inteligible. El supuesto subyacente sigue siendo que el significado se origina en un ámbito estable más allá del lenguaje.

El Estructuralismo y sus Residuos Metafísicos

Siglos después, la lingüística estructural reformuló el concepto de signo, aunque parecía romper con la metafísica. Roman Jakobson, desarrollando la obra de Saussure, reafirmó esta estructura bipartita:

"Toda unidad lingüística es bipartita e involucra ambos aspectos —uno sensible y otro inteligible, o en otras palabras, tanto el signans 'significante' (el significante de Saussure) como el signatum 'significado' (signifié). Estos dos constituyentes de un signo lingüístico (y del signo en general) necesariamente se presuponen y requieren mutuamente." (Jakobson, 1963, citado en Derrida, De la grammatología)

Si bien el estructuralismo enfatizó el carácter relacional y diferencial de los signos, Derrida argumenta que no escapó a la metafísica. La propia división entre significante y significado presupone un significante trascendental —algún contenido conceptual que estabilice el significante. Incluso en el estructuralismo, el sueño de la presencia y del origen persiste.

La Deconstrucción de Derrida: Escritura-Arquitectónica y Diferancia

Derrida desmonta esta jerarquía al introducir el concepto de archi-écriture: una textualidad primordial que precede tanto al habla como a la escritura. Como insiste:

"No hay signo lingüístico antes de la escritura." (De la grammatología, p. 14)

Esta afirmación provocadora revierte la suposición de que la escritura es secundaria. Para Derrida, la escritura es la condición de posibilidad de la significación misma. El habla ya no ocupa la posición privilegiada de inmediatez; en cambio, tanto el habla como la escritura se encuentran atrapadas en un sistema más amplio de textualidad.

Esto conduce directamente a su crítica del significante trascendental. Si el significado estuviera fundamentado en un origen estable (verdad, Dios, justicia, presencia), entonces el lenguaje podría asegurar la referencia. Pero Derrida muestra que cada signo remite no a una esencia fija, sino a otro signo, en una cadena perpetua de différance —su neologismo que captura tanto el aplazamiento como la diferencia. El significado siempre se pospone, nunca está plenamente presente.

La palabra “Dios”, por ejemplo, podría parecer denotar un ser estable y trascendente. Sin embargo, como observa Derrida, su significado se media sin cesar por contextos culturales, históricos y lingüísticos. De manera similar, “justicia” resiste la clausura: se desplaza a través de discursos legales, políticos y filosóficos, nunca alcanzando una forma definitiva. En ambos casos, el supuesto significante trascendental se disuelve en un juego infinito de interpretaciones.

Logocentrismo, Fonocentrismo y la Crítica de la Presencia

En el núcleo del argumento de Derrida se encuentra el concepto de logocentrismo: la tendencia occidental a privilegiar el logos como fuente de verdad y presencia. Esto está estrechamente ligado al fonocentrismo, la creencia de que el habla nos acerca más al significado que la escritura. Como dice Derrida:

"La esencia del fono estaría inmediatamente próxima a aquello que, dentro del 'pensamiento' como logos, se relaciona con el 'significado', lo produce, lo recibe, lo habla, lo 'compone'." (De la grammatología, mi traducción)

Desde Aristóteles hasta Husserl, este supuesto se repite: se piensa que la voz proporciona acceso a la presencia, mientras que la escritura se considera una representación externa y secundaria. Derrida desestabiliza este binarismo al mostrar que tanto el habla como la escritura están igualmente implicadas en el juego de los significantes. Ningún origen privilegiado o inmediatez fundamenta el significado.

Conclusión

La historia del signo, desde las “afecciones del alma” de Aristóteles hasta el estructuralismo postsaussureano, ha estado ligada a la búsqueda metafísica del origen y la presencia. La intervención de Derrida revela que esta búsqueda descansa sobre un terreno inestable. Al desmontar la jerarquía del habla sobre la escritura y rechazar el significante trascendental, Derrida reconfigura el lenguaje como un juego interminable de différance, donde el significado nunca se asegura, sino que siempre se pospone.

A la luz de esto, el signo no es un puente transparente entre pensamiento y realidad, sino una red inquieta de rastros, que resiste para siempre el cierre. Hablar de origen o de significado estable es, desde esta perspectiva, un acto de vanidad: un deseo metafísico de certeza donde solo prevalece la diferencia.

Referencias

  • Aristóteles. (1993). De Interpretatione (Περὶ Ἑρμηνείας) (J. L. Ackrill, Trad.). Clarendon Press.
  • Agustín. (1975). De Dialectica. En Sobre la dialéctica (J. P. Smith, Trad.). Catholic University of America Press.
  • Derrida, J. (1997). De la grammatología (G. C. Spivak, Trad.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1967)
  • Jakobson, R. (1963). Ensayos de lingüística general. París: Éditions de Minuit.
  • Saussure, F. de. (2011). Curso de lingüística general (P. Meisel & H. Saussy, Eds.; W. Baskin, Trad.). Editorial Gredos. (Obra original publicada en 1916)

 

 

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