“La mujer fue su segundo error”: Releyendo "El Anticristo" a través de “La muerte de Dios”

El mecanismo prohibido. Grabado, AI art
Introducción

«La mujer fue el segundo error de Dios» (El Anticristo, §48). Pocas líneas de los escritos de Nietzsche han suscitado tanta indignación. Citada con frecuencia como prueba de su desprecio hacia las mujeres, esta afirmación ha alimentado acusaciones de misoginia y servido para descartar su filosofía como envenenada por prejuicios personales. Sin embargo, leerla únicamente en la superficie es perder su resonancia más profunda. ¿Y si la frase no fuera un insulto burdo, sino parte de la crítica nietzscheana al cristianismo, a la moral sacerdotal y al colapso de la autoridad divina? En el marco de su pensamiento, especialmente en la proclamación de que «Dios ha muerto» (La gaya ciencia, §125), la figura de la mujer adquiere una dimensión simbólica. Ella encarna el mito del conocimiento, la disrupción y la rebeldía: las mismas fuerzas con las que la humanidad minó al Dios que la creó. Leída de esta manera, la escandalosa frase nietzscheana dramatiza no una misoginia, sino la ironía trágica de una deidad destruida por su propia obra, en eco con antiguos mitos griegos en los que los hijos derrocan a sus padres.

El escándalo de El Anticristo §48

En El Anticristo, Nietzsche declara sin rodeos: «La mujer fue el segundo error de Dios» (§48). Tomada literalmente, la frase parece reducir a la mujer a un error cósmico, un desliz divino tras el «primer error» de haber creado al hombre. En el mismo pasaje intensifica la provocación: «La mujer es por naturaleza una serpiente, Eva; todo sacerdote lo sabe». Este tipo de afirmaciones han sido leídas como prueba de desprecio, evidencias de su supuesta misoginia.

Pero la preocupación de Nietzsche rara vez es la mujer en sí misma. Le interesa más el papel simbólico que la tradición religiosa le atribuye. La imagen de Eva como serpiente, tentadora o portadora de ruina no surge de la experiencia empírica, sino de una mitología clerical diseñada para preservar el poder eclesiástico. En este sentido, el «error» no es la creación de la mujer, sino la construcción de su figura dentro de la doctrina cristiana. La Eva bíblica, lo bastante curiosa para acercarse al árbol del conocimiento, deviene arquetipo de la desobediencia: un gesto que, paradójicamente, abre el camino hacia la ciencia, el escepticismo y, en última instancia, la ruina de la autoridad divina.

Sacerdotes y moral de esclavos

Para entender la estrategia de Nietzsche, hay que situar el §48 dentro de su crítica más amplia al poder sacerdotal. En La genealogía de la moral explica cómo los sacerdotes inventaron la «moral de esclavos»: un sistema nacido del resentimiento, que glorifica la debilidad y condena la vitalidad. Dentro de este marco, la caricatura de la mujer cumple una función específica. Al llamarla serpiente, seductora o corruptora, los sacerdotes refuerzan la dominación patriarcal y justifican la represión de los impulsos vitales.

La fórmula «todo sacerdote lo sabe» es reveladora. Nietzsche no enuncia una verdad personal, sino que expone un cliché clerical. El mito de Eva permite a los sacerdotes desplazar sobre la mujer la responsabilidad por la sed de conocimiento humano, al mismo tiempo que presentan la curiosidad como pecado. Pero la ironía es clara: al culpar a la mujer por la entrada del conocimiento en el mundo, la marcan como la fuente mítica de las fuerzas que acabarán con Dios. En este giro se anuncia la inversión nietzscheana: la mujer, demonizada por la religión, aparece como agente simbólico de la caída divina.

Mujer, ciencia y la muerte de Dios

Nietzsche lleva más lejos la ironía: «En consecuencia, ella trae también la ciencia» (El Anticristo, §48). En el Génesis, es Eva quien prueba del fruto del árbol del conocimiento y persuade a Adán a hacer lo mismo. Desde entonces la humanidad se vuelve consciente del bien y del mal, de su propia desnudez y de la posibilidad de cuestionar el mandato divino. Nietzsche lee este episodio como una dramatización de cómo el conocimiento desestabiliza la autoridad religiosa.

Aunque critica con frecuencia el racionalismo estéril, reconoce que la ciencia desempeña un papel destructor frente a las ilusiones que sostienen los sacerdotes. El «segundo error» no es que exista la mujer, sino que Dios, al crear seres dotados de curiosidad, abrió la puerta a su propia muerte. En La gaya ciencia, Nietzsche proclama: «Dios ha muerto. Dios permanece muerto. Y nosotros lo hemos matado» (§125). La humanidad, provista de inteligencia, desmanteló el andamiaje metafísico sobre el que descansaba la autoridad divina.

Aquí, «mujer» funciona como metáfora. Representa lo disruptivo, lo ambiguo, aquello que resiste la clasificación. Lejos de una condena literal a las mujeres, Nietzsche dramatiza cómo las narrativas religiosas instrumentalizan mitos de género. Al poner la ciencia en manos de la mujer, subraya la ironía de que la supuesta tentadora encarne el impulso hacia el saber que revela la obsolescencia de la fe en Dios. El verdadero error divino no fue Eva, sino la creación de seres racionales que ya no lo necesitarían.

Resonancias mitológicas

El motivo de los hijos que derrocan a sus progenitores resuena en la mitología griega, que Nietzsche conocía profundamente. En la Teogonía de Hesíodo, Crono devora a sus hijos para evitar la profecía de que uno de ellos lo destronaría. Sin embargo, el destino triunfa: Zeus escapa, obliga luego a su padre a devolver a sus hermanos y finalmente lo derrota. Los mismos hijos que Crono trató de suprimir provocan su caída.

Este ciclo refleja el relato bíblico. Dios crea al hombre y a la mujer, pero al otorgarles razón siembra sin querer las condiciones de su propia muerte. Adán y Eva, los «errores», se convierten en agentes de su ruina. Así como los hijos de Crono lo destronan, la humanidad declara la muerte de la deidad que la engendró. Nietzsche, empapado en la dialéctica de Apolo y Dioniso, en la sabiduría de Sileno y en la tragedia de Edipo, interpreta el mito de la mujer en este mismo registro: como arquetipo de la disrupción.

Tanto en Crono como en el Dios cristiano, el intento de controlar a los hijos fracasa. La represión engendra rebelión; el poder engendra su propia disolución. Nietzsche convierte este motivo mítico en diagnóstico de la cultura occidental: el destino de Dios quedó sellado en el instante en que creó criaturas capaces de pensar críticamente.

Conclusión

Leída superficialmente, la afirmación de que «la mujer fue el segundo error de Dios» parece un insulto mezquino. Pero dentro de la arquitectura del pensamiento nietzscheano, adquiere una fuerza irónica más profunda. La mujer simboliza el origen del conocimiento, la figura mítica a través de la cual la humanidad deja atrás la obediencia y comienza a socavar la autoridad divina. La creación de seres racionales —primero el hombre, luego la mujer— fue el error fatal del creador. Porque al producir criaturas capaces de curiosidad y ciencia, Dios abrió el camino hacia su propia muerte.

La célebre frase de Nietzsche, lejos de ser un simple gesto de misoginia, se alinea con su proclamación: «Dios ha muerto. Dios permanece muerto. Y nosotros lo hemos matado» (La gaya ciencia, §125). Se trata de un diagnóstico mítico de autodestrucción: un Dios derribado por aquellos que modeló. Más que condenar a las mujeres, Nietzsche usa el símbolo de Eva para mostrar cómo la religión escribió su propia sentencia, en eco con las historias antiguas en las que los hijos destronan a sus padres divinos. El «segundo error» no es la mujer, sino el conocimiento que hizo redundante la creencia en Dios.

Bibliografía

  • Nietzsche, Friedrich. El anticristo. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1999.
  • Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 2003.
  • Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1998.
  • Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 2002.
  • Kaufmann, Walter. Nietzsche: filósofo, psicólogo, anticristo. Trad. Jacobo Muñoz. Madrid: Editorial Taurus, 1980.
  • Ansell-Pearson, Keith. Una introducción a Nietzsche como pensador político. Trad. Julián Jiménez Heffernan. Barcelona: Ediciones Paidós, 1997.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Areopagitica 2.0: John Milton y la Libertad de Expresión en la Era Digital

El punto de vista crea el objeto: La universalidad de la teoría de F. de Saussure

Impacto de la revolución lingüística Saussureana en el pensamiento moderno