Simulacros en la era de la IA: Baudrillard y la hiperrealidad sígnica
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From Lascaux II to the Matrix. AI art |
La rápida proliferación de la inteligencia artificial ha transformado la manera en que se producen textos, imágenes e incluso voces. Estos productos a menudo no tienen un correlato directo en el mundo: son patrones generados, ensamblados a partir de datos previos pero no vinculados a ninguna fuente original. ¿Cómo deberíamos interpretar la fotografía de una persona que nunca existió, o un ensayo creado sin intención autoral? Simulacros y simulación de Jean Baudrillard (1981/1994) ofrece un marco conceptual sorprendentemente pertinente. Su teoría de la simulación, las cuatro fases de la imagen y la emergencia de la hiperrealidad iluminan no solo la lógica de la cultura mediática en general, sino también las dinámicas particulares del contenido generado por IA.
El destino de la imagen
Al inicio de La precesión de los simulacros, Baudrillard describe cuatro etapas sucesivas en el destino de la imagen:
- Reflejo: la imagen refleja una realidad profunda —un retrato o un icono religioso que pretende reflejar algo externo y sagrado.
- Distorsión: la imagen enmascara y altera la realidad que representa, como ocurre en la propaganda o la publicidad que reformulan la percepción.
- Ocultamiento: la imagen oculta la ausencia de una realidad profunda, sosteniendo la ilusión de una sustancia allí donde no hay nada. Las campañas que prometen “felicidad” a través del consumo ejemplifican esta etapa.
- Simulacro puro: la imagen no guarda ninguna relación con realidad alguna. “Es su propio puro simulacro” (Baudrillard, 1994, p. 11).
Este esquema abre paso a una afirmación radical: los signos no solo distorsionan u ocultan la realidad, sino que finalmente generan un mundo sin origen. Baudrillard lo resume así: “la simulación ya no es la de un territorio, un ser referencial o una sustancia. Es la generación por modelos de un real sin origen ni realidad: lo hiperreal.” Una vez alcanzada esta fase, las imágenes circulan de forma autónoma, produciendo sus propios efectos de verdad.
Modelos sin territorio: del mapa de Borges a la IA
Baudrillard comienza con la fábula de Borges sobre los cartógrafos que confeccionan un mapa tan detallado que cubre el territorio mismo. Tradicionalmente leída como una alegoría de la representación, Baudrillard la invierte: hoy no es el mapa el que sigue al territorio, sino el territorio el que se desintegra bajo la persistencia del mapa. Lo que queda son solo “los jirones de lo real” dispersos en el desierto de la simulación.
Esta alegoría anticipa la IA de manera inquietante. Los grandes modelos de lenguaje y los sistemas generativos no corresponden directamente al mundo. Son “mapas” construidos a partir de datos textuales o visuales, modelos de modelos, desprendidos de cualquier realidad originaria. Pero estos mapas no se limitan a describir la realidad: la preceden, configurando lo que cuenta como significativo o verosímil. Cuando ChatGPT o Stable Diffusion producen una salida, no están reproduciendo un mundo sino conjurando uno mediante patrones de signos. Es el modelo el que engendra el territorio, y no al revés. La IA literaliza así la “precesión de los simulacros”.
Simulación, simulacros, hiperrealidad
Para comprender esta lógica, Baudrillard distingue entre representación y simulación. La representación presupone una correspondencia estable entre los signos y la realidad, aunque sea imperfecta. La simulación disuelve ese vínculo: el signo ya no es imagen de lo real, sino un sistema que produce la realidad misma.
Un simulacro es precisamente ese signo: una copia sin original, un modelo que fabrica en lugar de reflejar. Disneyland constituye el caso clásico en Baudrillard. No es simplemente un espacio de fantasía, sino una máquina de disuasión. Se presenta como imaginario para persuadirnos de que el mundo “exterior” es real, cuando en realidad todo Los Ángeles —y la América que lo rodea— pertenecen ya al orden de la simulación.
En la actualidad digital, el metaverso de Meta cumple la misma función. Al anunciarse como un espacio virtual artificial y acotado, nos tranquiliza con la idea de que nuestro mundo offline es real. Sin embargo, nuestra vida cotidiana —ya saturada de redes sociales, curación algorítmica, economías virtuales e “influencers auténticos”— pertenece de lleno a la hiperrealidad. El metaverso, como Disneyland, oculta que el afuera ya ha colapsado en la simulación.
Réplicas y sustitutos: las cuevas de Lascaux
Baudrillard recuerda la decisión de cerrar las cuevas prehistóricas de Lascaux para preservarlas, sustituyendo el acceso por una réplica exacta construida al lado. Desde ese momento, la distinción entre original y copia colapsó: la duplicación bastaba para tornar a ambos artificiales.
Esta lógica resuena con el contenido generado por IA. El “original” resulta inaccesible o irrelevante; lo que importa es la circulación de sustitutos convincentes. Un rostro sintético producido por un modelo generativo no imita a una persona concreta: es un Lascaux replicado, un sustituto perfecto que elimina la necesidad de un referente original. También en los datos de entrenamiento, la IA se alimenta de reproducciones infinitas, reciclando signos hasta que el origen deja de ser necesario.
El caso de Lascaux dramatiza la condición de la IA: lo real ya no se oculta tras las apariencias, sino que ha desaparecido por completo, dejándonos solo réplicas convincentes “más verdaderas que lo verdadero”.
La hiperrealidad cotidiana: de los Loud a los influencers
Baudrillard analiza también el experimento televisivo de 1971 que filmó a la familia Loud, presentado como una ventana sin guion a la “vida real”. La familia acabó desintegrándose bajo la mirada de las cámaras, planteando la paradoja: ¿la televisión registró la realidad o produjo la propia crisis que decía observar? El programa ofrecía no la realidad, sino un frisson de lo real, una simulación más cautivadora que la vida misma.
Esto anticipa a los influencers y al streaming actual, donde actuaciones cuidadosamente escenificadas se disfrazan de vidas “auténticas”. Los avatares de IA prolongan ahora esa lógica: influencers sintéticos sin humanos detrás generan espectáculos, interactúan con seguidores y encarnan marcas. Como los Loud, ofrecen la ilusión de intimidad, pero una intimidad fabricada, calculada y, en definitiva, hiperreal.
Actualización en el paisaje digital
Las categorías de Baudrillard se materializan hoy de manera concreta en los medios contemporáneos. La fotografía alguna vez reflejó la realidad (fase uno). Con las herramientas de edición, pudo distorsionarla (fase dos). Los influencers encarnan la fase tres: podcasts que presentan autenticidad curada enmascaran la ausencia de un yo no mediado. Hoy, las imágenes generados por IA habitan plenamente la fase cuatro. Un retrato sintético de una persona inexistente es un simulacro puro, un signo sin referente.
La IA intensifica el bucle anticipado por Baudrillard: los signos producen signos. Los modelos no se entrenan sobre la realidad, sino sobre corpora de textos e imágenes —signos sobre signos. Sus salidas reingresan en la circulación, configurando el discurso y alimentando futuros modelos. La IA no es una distorsión de la realidad, sino una generadora de hiperrealidad.
Relevancia hoy
El marco de Baudrillard aclara tres dimensiones de nuestra condición digital:
- Dimensión epistemológica: en la hiperrealidad, la frontera entre verdad y ficción colapsa. La política de la “posverdad” es menos un fracaso de los hechos que el triunfo de la simulación.
- Dimensión ética: si autoría y autenticidad se reducen a circulación, ¿cómo evaluar la responsabilidad? Un discurso falso generado por IA puede tener consecuencias al margen de su factualidad.
- Dimensión cultural: los memes, las criptomonedas, las economías virtuales y el metaverso no reflejan la realidad, sino que crean órdenes simbólicos nuevos. Como Disneyland o Lascaux II, se sostienen como réplicas, no como representaciones.
Conclusión
La inteligencia artificial, lejos de ser una tecnología neutral, visibiliza la lógica que Baudrillard diagnosticó hace décadas. Ejemplifica el paso de la representación a la simulación, culminando en la hiperrealidad, donde los signos proliferan sin referentes y a su vez configuran lo que cuenta como real. El mapa de Borges, la réplica de Lascaux, la vida televisada de los Loud: todos fueron señales tempranas de una cultura en la que el modelo engendra el mundo. La IA no hace sino acelerar esta dinámica, convirtiendo la hiperrealidad en la infraestructura de la vida cotidiana.
Como sugirió Baudrillard, “ya no hay diferencia entre lo real y su doble” (1994, p. 12). Para comprender nuestra ecología mediática actual, debemos ver a la IA no como una imitación de la realidad, sino como uno de sus principales motores. No vivimos después de la teoría de Baudrillard: vivimos dentro de ella.
Referencias
- Baudrillard, J. (1994). Simulacros y simulación (trad. A. Vicens y C. Cerretini). Barcelona: Editorial Kairós. (Obra original publicada en 1981).
- Gunkel, D. J. (2007). Second thoughts: Toward a critique of the digital divide. Critical Studies in Media Communication, 24(2), 187–202.
- McIntyre, L. (2018). Post-truth. MIT Press.
- Paris, B., & Donovan, J. (2019). Deepfakes and cheap fakes: The manipulation of audio and visual evidence. Data & Society.
- Poster, M. (2001). What’s the matter with the Internet? University of Minnesota Press.
- Wardle, C., & Derakhshan, H. (2017). Information disorder: Toward an interdisciplinary framework for research and policy making. Council of Europe report.
- West, D. M. (2019). How to combat fake news and disinformation. Brookings Institution.

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