Ciencias vs. Humanidades: El sesgo en la recepción de la IA
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| Verso y Ecuación. AI art |
La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta transversal a múltiples áreas del conocimiento. Sin embargo, no todos los campos la reciben de la misma manera. En las ciencias duras —física, química, biología—, su participación se percibe como natural y útil: algoritmos que predicen estructuras de proteínas (Jumper et al., 2021), sistemas de visión artificial para experimentos de laboratorio, modelos de simulación astronómica. El juicio dominante es que la IA aumenta la precisión, ahorra tiempo y abre horizontes de descubrimiento.
En contraste, en las disciplinas humanísticas —literatura, filosofía, historia—, la reacción suele ser de sospecha. Cuando un sistema inteligente redacta un poema, un ensayo o incluso una reseña crítica, se lo acusa de carecer de “autenticidad”, de “espíritu”, de “interioridad”. En foros y revistas culturales, los textos generados por máquinas son cuestionados como copias sin esencia, mientras que sus aplicaciones en ciencias duras se aceptan sin reparo.
La tesis de este ensayo es que nos enfrentamos a un sesgo disciplinar profundamente arraigado: aceptamos la IA en el ámbito científico porque creemos que la investigación es objetiva y despojada de perspectiva personal, mientras que rechazamos sus productos en el ámbito humanístico porque los asociamos con una pérdida de creatividad subjetiva. Este prejuicio es inconsistente, porque tanto en ciencia como en arte intervienen procesos de imaginación, intuición e inventiva.
Posible raíz del prejuicio: la herencia romántica
Para entender esta disparidad, hay que mirar hacia atrás, al Romanticismo. En el siglo XIX cristalizó la idea de que la obra de arte es una “emanación del alma”, una expresión única e irrepetible del yo creador. El poeta debía ser visto como un profeta o visionario cuya sensibilidad confería valor estético a la obra.
Esta herencia cultural fijó un estándar que aún persiste: un poema debe tener un “yo” detrás, un autor con biografía, experiencia y un historial de vida que legitime la obra. En cambio, la investigación científica fue progresivamente definida en clave positivista, como un campo de leyes universales y verificables, donde la subjetividad del investigador debía desaparecer en favor del método.
Pero esta división es artificial. Si bien la ciencia busca validación empírica, la génesis de las ideas científicas está llena de intuiciones, metáforas y estímulos creativos. Como veremos, Einstein o Mendeleiev no creaban fórmulas como máquinas impersonales; su trabajo estaba atravesado por impulsos semejantes a los que mueven al poeta o al músico.
Inspiración científica y artística: una frontera difusa
El poeta Friedrich Schiller, en una carta de 1795 a su amigo Körner, describe su proceso creativo en términos pre-lingüísticos: “una cierta disposición musical precede, y solo después surge la idea poética”. Nietzsche (1872/1999) interpretó esta confesión como prueba de que la creación auténtica nace en un plano dionisíaco, preconceptual y afectivo.
Algo semejante ocurre en la ciencia. Einstein relataba que antes de formular sus ecuaciones tenía “visiones” espaciales y musicales de las relaciones físicas. Jacques Hadamard, en The Psychology of Invention in the Mathematical Field (1945), mostró cómo numerosos matemáticos describían procesos análogos a los de los artistas: intuiciones súbitas, imágenes oníricas, impulsos afectivos. Mendeleiev, por ejemplo, soñó literalmente con la tabla periódica y luego la organizó de manera sistemática.
Incluso los alquimistas medievales, aunque lejos de la ciencia moderna, trabajaban en un cruce entre metáfora, mito y observación material. Esto demuestra que la frontera entre creación científica y artística no es tan nítida. Ambas requieren imaginación, metáfora, intuición; ambas contienen subjetividad, aunque luego se traduzcan en lenguajes distintos: fórmulas o versos.
El papel de la IA en ciencias duras y humanidades
¿Por qué entonces la inteligencia artificial se integra con tanta facilidad en las ciencias duras y genera tanta resistencia en las humanidades?
En ciencias duras, la IA se entiende como herramienta instrumental. Si un algoritmo predice la estructura de una proteína con mayor precisión que un humano, el resultado es verificable: la proteína o bien adopta esa forma, o no. Nadie exige que el sistema tenga perspectiva personal. Como dice Margaret Boden (2004), lo esencial es la capacidad de explorar espacios de posibilidad y producir soluciones que los humanos solos no alcanzarían.
En humanidades, en cambio, el producto es evaluado bajo el criterio romántico de la autenticidad. Un verso generado por algoritmos puede ser formalmente correcto, pero se sospecha de su valor porque no proviene de una “interioridad” humana. La paradoja es clara: toleramos que la IA sustituya la mente humana en los cálculos más complejos, pero nos escandaliza que escriba un soneto.
Esto revela que no se trata de una diferencia esencial entre campos, sino de un sesgo cultural: aceptamos el reemplazo del sujeto en ciencia, pero no en arte, aunque ambos dependen de procesos creativos que comparten una misma raíz.
Hacia una crítica del sesgo
Llegados a este punto, solo hay dos posiciones coherentes:
· O bien reconocemos que ninguna producción, ni poema ni fórmula, proviene de un “alma” inmaterial, sino de procesos complejos que combinan intuición, técnica y contexto cultural. En este caso, no hay motivo para rechazar un poema de IA más de lo que aceptamos una predicción científica de un algoritmo inteligente.
· O bien sostenemos que sí existe algo así como un “espíritu” o subjetividad creadora, pero entonces debemos reconocerla también en la ciencia, que históricamente se ha nutrido de inspiración y visión.
En cualquier caso, no hay fundamento para discriminar los productos de la inteligencia artificial en humanidades y aplaudirlos en ciencias duras. El sesgo no está en la máquina, sino en nuestra concepción fragmentada de lo humano.
Conclusión
La resistencia a la inteligencia artificial en humanidades no se explica por
criterios técnicos, sino por una herencia cultural romántica que identifica la
obra de arte con la interioridad de un autor. En las ciencias duras, en cambio,
hemos aprendido a invisibilizar la subjetividad creadora, y por ello aceptamos
sin reparo la participación de sistemas inteligentes.
La verdadera discusión no debería ser si la IA “tiene alma” o no, sino cómo redefinimos la creatividad y el papel del sujeto en todos los campos del saber. Quizás sea hora de recordar que tanto Schiller como Einstein describieron su trabajo en términos de inspiración preconceptual, de impulsos creativos que preceden a la forma final. En esa zona liminal entre música y ecuación, entre visión y palabra, habita también hoy la inteligencia artificial.
Bibliografía
- Boden, M. (2004). The Creative Mind: Myths and Mechanisms. Routledge.
- Hadamard, J. (1945). The Psychology of Invention in the Mathematical Field. Princeton University Press.
- Jumper, J. et al. (2021). “Highly accurate protein structure prediction with AlphaFold.” Nature, 596, 583–589.
- Nietzsche, F. (1999). The Birth of Tragedy (R. Speirs, Trans.). Cambridge University Press. (Original work published 1872).
- Ricoeur, P. (1975). La metáfora viva. Trotta.
- Schiller, F. (1795). Letter to Christian Gottfried Körner, December 1795.

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