Guerra, tecnología y naturaleza humana: leyendo a Marinetti y Benjamin hoy
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| La guerra como espectáculo. AI art |
Introducción
A comienzos del siglo XX, el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti fundó el Futurismo, un movimiento que exaltaba la velocidad, la maquinaria y la violencia como fuentes de inspiración artística. Nacionalista ferviente y más tarde partidario abierto de Mussolini, Marinetti dio una expresión cultural a la ideología fascista al fusionar estética y guerra. Su Manifiesto de la guerra colonial en Etiopía (1935) ejemplifica esta tendencia: glorificaba la invasión italiana de Etiopía como una misión civilizadora y una aventura tecnológica.
Casi al mismo tiempo, Walter Benjamin elaboraba su crítica al arte y a la política de su época. En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1935–36), advertía que el fascismo convierte la vida política en espectáculo, canalizando las energías colectivas hacia el teatro destructivo de la guerra. Estos textos, escritos desde posiciones opuestas, comparten una preocupación común: la relación entre arte, tecnología y las pulsiones humanas. Su confrontación plantea interrogantes que siguen siendo pertinentes hoy, más allá de las divisiones ideológicas.
Marinetti, el Futurismo y la guerra colonial
El Futurismo de Marinetti proponía una ruptura radical con el pasado. La tradición, los museos y la cultura clásica eran denunciados como estancamiento; en su lugar, los futuristas celebraban la velocidad, las máquinas y la agresión. “La guerra —había proclamado ya en el Manifiesto Futurista (1909)— es la única higiene del mundo”. Esta convicción moldeó sus escritos posteriores, incluido el manifiesto de 1935 sobre Etiopía.
En este texto, la guerra no era solo un deber patriótico sino también un acto estético. La invasión, según Marinetti, fusionaba creación artística y desempeño tecnológico, demostrando la vitalidad de Italia frente a un enemigo supuestamente “atrasado”. El manifiesto exaltaba aviones, vehículos blindados y armas químicas como instrumentos de progreso y renovación. Al presentar la violencia como belleza y la conquista como creatividad, Marinetti convertía la agresión colonial en espectáculo.
El trasfondo político era la ambición imperial de Mussolini, que buscaba expandir la influencia italiana en África y consolidar la autoridad fascista en casa. El texto de Marinetti funcionó como propaganda cultural, justificando atrocidades al enmarcarlas como parte de un destino artístico y nacional. En este sentido, el manifiesto muestra cómo la fascinación modernista por la innovación podía ser puesta al servicio de fines destructivos.
La crítica de Benjamin a la política estetizada
El ensayo de Benjamin ofrece un contrapunto agudo. Para él, el fascismo no suprime las energías artísticas, sino que las redirige hacia representaciones míticas del poder. Al dar a las masas la ilusión de participación sin alterar las relaciones de propiedad, el fascismo estetiza la política. Benjamin lo resumió en términos escalofriantes: “Solo la guerra hace posible movilizar todos los recursos técnicos actuales manteniendo intacto el sistema de propiedad” (Benjamin, 2018, p. 60). En otras palabras, la guerra absorbe las fuerzas productivas de la modernidad sin resolver las injusticias de fondo.
Añadía: “Si la utilización natural de las fuerzas productivas es impedida por el sistema de propiedad, el aumento de los aparatos técnicos, de la velocidad y de las fuentes de energía, presionará hacia una utilización antinatural, y esta se encuentra en la guerra” (Benjamin, 2018, p. 61). Cuando las relaciones sociales impiden que la técnica sirva al bienestar colectivo, esta se expresa en destrucción. La guerra se convierte, así, en la salida grotesca para una creatividad bloqueada. El análisis de Benjamin ilumina directamente la glorificación futurista de la violencia: lo que Marinetti celebraba como belleza era, para Benjamin, el síntoma de un sistema patológico.
Más allá del fascismo y el comunismo: el problema más profundo
Sería engañoso, sin embargo, ver esta dinámica como exclusiva del fascismo. El siglo XX ofrece múltiples ejemplos de ideologías diversas que movilizaron la técnica para la violencia masiva. La Unión Soviética bajo Stalin canalizó la producción industrial hacia la colectivización forzada y el rearme, sacrificando millones de vidas. La China maoísta transformó igualmente los recursos humanos y tecnológicos en motores de represión y devastación durante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.
Estos regímenes compartían poco con el fascismo italiano en el plano ideológico, pero coincidieron en convertir las capacidades modernas en instrumentos destructivos. Esto sugiere que el problema va más allá de las etiquetas de capitalismo, fascismo o comunismo. Impulsos humanos como la codicia, la envidia, el resentimiento y el miedo reaparecen una y otra vez como motores del conflicto. La tecnología amplifica estas tendencias, posibilitando guerras a una escala inédita. La euforia de Marinetti ante la velocidad y las armas, y la advertencia sobria de Benjamin sobre los usos antinaturales de la producción, convergen en esta idea: a menos que las pasiones humanas se redirijan, la innovación corre el riesgo de servir a la aniquilación más que a la liberación.
Relevancia contemporánea
Hoy, las advertencias de Benjamin resuenan en nuevos escenarios. El gasto militar crece junto con la guerra digital, la inteligencia artificial y los conflictos derivados del clima. Así como los futuristas celebraban aviones y tanques, la cultura contemporánea a menudo romantiza la ciberguerra o los ataques con drones como muestras de progreso. Al mismo tiempo, energías sociales bloqueadas —por la desigualdad, la escasez de recursos o la frustración política— buscan todavía salidas. El peligro sigue siendo que, como previó Benjamin, la guerra aparezca como resolución perversa de los atascos sistémicos.
El desafío, por tanto, no consiste solo en oponer una ideología a otra, sino en cultivar formas culturales y políticas que encaucen la técnica hacia la vida y no hacia la destrucción. Esto implica afrontar no solo estructuras institucionales, sino también las pulsiones destructivas incrustadas en la naturaleza humana. Reconocer estas tendencias es el primer paso para resistir su explotación.
Conclusión
La yuxtaposición de Marinetti y Benjamin muestra dos rostros de la modernidad. Marinetti exaltaba la violencia como arte y progreso, transformando la conquista colonial en espectáculo estético. Benjamin desenmascaraba esa fascinación como el resultado perverso de una sociedad incapaz de reconciliar poder tecnológico y justicia social. Sin embargo, la persistencia de la guerra bajo múltiples ideologías sugiere que las raíces de la violencia no se limitan a los sistemas políticos, sino que se hunden en pasiones humanas duraderas.
La tarea sigue siendo resistir las seducciones de la destrucción estetizada y reorientar la creatividad hacia la vida. Atender a Benjamin hoy significa asumir una responsabilidad: el potencial tecnológico debe guiarse con sabiduría y no abandonarse a nuestros impulsos más oscuros.
Referencias
Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la
época de su reproductibilidad técnica (A. Brotons Muñoz, Trad.). Ediciones
Godot.
Marinetti, F. T. (1909). Manifiesto Futurista.
Le Figaro.
Marinetti, F. T. (1935). Manifiesto de la guerra colonial en Etiopía.

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