Más allá de las palabras: Nietzsche y el lenguaje como máscara trágica

Vitral matizando la luz cegadora. AI art

Introducción

¿Qué hay “más allá” del bien y del mal? La obra de Friedrich Nietzsche, desde sus primeros textos filológicos hasta sus escritos filosóficos de madurez, gira en torno a esta pregunta fundamental: ¿es posible que el lenguaje, lejos de ser un instrumento neutro para acceder a la verdad, sea una ilusión necesaria, una máscara que vela tanto como revela?

Dos textos tempranos —El nacimiento de la tragedia (1872) y Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873)— abordan esta problemática desde distintos ángulos, aunque con una sorprendente coherencia subterránea. El primero, en clave estética y mitológica; el segundo, en un estilo mordaz, aforístico y más cercano a una antropología del conocimiento. Este artículo explora la afinidad estructural entre ambos textos y defiende la tesis de que el lenguaje, para Nietzsche, no es un medio transparente hacia lo real, sino la forma apolínea que la imaginación dionisíaca adopta para poder vivir consigo misma.

El lenguaje como superficie apolínea

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche desarrolla su conocida oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Lo apolíneo representa la forma, la medida, la figura que separa y delimita. Lo dionisíaco, por el contrario, simboliza el éxtasis, el desbordamiento, el fondo caótico de la existencia. En este marco, el lenguaje —especialmente el diálogo de la tragedia— aparece como una manifestación apolínea por excelencia. Dice Nietzsche en la sección 9:

“Todo lo que aflora a la superficie en la parte apolínea de la tragedia griega, en el diálogo, ofrece un aspecto sencillo, transparente, bello […] Pero si apartamos la vista del carácter que aflora a la superficie y que se vuelve visible del héroe —carácter que no es, en el fondo, otra cosa que una imagen de luz proyectada sobre una pantalla oscura, es decir, enteramente apariencia— nos percataremos súbitamente de un fenómeno en el que ocurre al revés que en un conocido fenómeno óptico. Cuando, habiendo hecho un enérgico esfuerzo de mirar de frente al sol, apartamos luego los ojos cegados, tenemos delante de ellos manchas de colores oscuros […]; a la inversa, aquellas aparenciales imágenes de luz del héroe sofocleo, en suma, lo apolíneo de la máscara, son productos necesarios de una mirada que penetra en lo íntimo y horroroso de la naturaleza, son, por así decirlo, manchas luminosas para curar la vista lastimada por la noche horripilante.”

El diálogo trágico no está hecho para revelar directamente el subsuelo inmanente, lo esencial, sino para tamizarlo, como la lámpara de papel japonesa filtra la luz del fuego interior: hace visible sin quemar, vuelve habitable sin domesticar.

Metáforas que olvidaron serlo

Un año después, Nietzsche publica Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, donde retoma esta crítica al lenguaje desde una perspectiva más epistemológica. Lejos de concebir el conocimiento como un proceso de descubrimiento de esencias, lo presenta como un sistema de metáforas cristalizadas:

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos. En resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”.

Nietzsche denuncia así la naturalización de las formas lingüísticas como si fueran verdades inmutables. Lo que llamamos “concepto” no es más que una metáfora gastada, una imagen que ha perdido su carácter sensible y poético. El lenguaje, lejos de estar anclado en la razón o en la lógica, surge del impulso artístico de la imaginación.

Más allá del lenguaje: mito y desbordamiento

Si en Sobre verdad y mentira el lenguaje es ilusión socialmente necesaria, en El nacimiento de la tragedia se perfila como una forma estética que, sin embargo, apunta a un fondo inefable. La tragedia griega, según Nietzsche, surge precisamente de la tensión entre el canto coral —expresión dionisíaca, música sin figura— y la representación apolínea que introduce el héroe en escena. El lenguaje escénico sería así una máscara que el caos necesita para hablar:

“La verdadera esencia de la tragedia no reside en el drama sino en la música, y el drama sólo es un medio para que esa esencia se manifieste”.

Esta perspectiva permite reinterpretar la famosa expresión nietzscheana “más allá del bien y del mal”. El “más allá” no designa un plano superior, racional o ideal, sino un retorno al fondo dionisíaco que precede y excede toda forma establecida, todo juicio moral, toda oposición binaria. Debajo de la aparente claridad del bien y el mal, del lenguaje y de la verdad, subyace un magma sin forma que no puede decirse sino veladamente —el ámbito dionisíaco, lo originario, lo trágico. En este sentido, la expresión se relaciona directamente con la crítica al lenguaje como aparato normativo, como máquina de codificación de la experiencia.

El olvido como condición de posibilidad

Ambos textos coinciden en identificar el olvido como mecanismo constitutivo del conocimiento. No hay verdad sin olvido: tanto la palabra como el concepto funcionan porque hemos dejado atrás su génesis metafórica, su arbitrariedad originaria. En Sobre verdad y mentira, Nietzsche es explícito:

“Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una ‘verdad’”.

Y en El nacimiento de la tragedia, esta función del olvido adquiere una dimensión estética y vital. El arte, en especial la tragedia, permite olvidar la terrible verdad del sufrimiento universal y afirmarla al mismo tiempo:

“El arte nos salva del conocimiento al darnos una ilusión que se reconoce como tal, una apariencia que no oculta sino que revela la necesidad de vivir a pesar de todo”.

Este vínculo entre arte, olvido y lenguaje como forma de mediación nos sitúa en un pensamiento trágico de la verdad: una verdad que sólo se soporta a condición de no acceder a ella directamente, sino a través de una máscara.

Conclusión: Decir lo indecible

La relación entre estos dos textos tempranos de Nietzsche apunta a una concepción radical del lenguaje: no como medio de acceso a una esencia, sino como forma simbólica que permite vivir con lo indomeñable. El lenguaje no es un reflejo fiel del mundo, sino una ficción necesaria, una construcción estética que permite habitar un caos inaccesible. Como afirma en El nacimiento de la tragedia, el mito —expresado en imágenes y sonidos— precede y desborda toda racionalización discursiva.

En este sentido, el famoso diagnóstico de Más allá del bien y del mal no es una simple crítica moral, sino una afirmación estética: ir “más allá” es atreverse a desmontar las categorías lingüísticas que nos encadenan a una visión empobrecida del mundo. El lenguaje, como máscara, no es sólo ilusión: es también la posibilidad de una verdad más profunda, aquella que se afirma en el canto, en la danza, en la metáfora viva, en el estremecimiento ante el abismo.

¿Un nuevo esencialismo?

El diálogo trágico, entonces, no está hecho para revelar directamente lo esencial. Su función se asemeja más a la de un vitral: no es una ventana transparente hacia la verdad, sino una forma coloreada que transforma la luz cruda del fondo en una figura soportable. Bajo la aparente claridad del “bien y el mal”, del lenguaje y de la verdad, se agita un magma informe que sólo puede insinuarse de modo velado: el ámbito dionisíaco, lo originario, lo trágico.

Pero ¿acaso esta máscara, que no sólo oculta sino que también posibilita una verdad más profunda, apunta hacia un nuevo tipo de esencialismo? ¿Uno quizás influido por la “cosa en sí” kantiana o por la “Voluntad” de Schopenhauer? Este interrogante será el punto de partida de nuestro próximo artículo.

Bibliografía

  • Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza, 2008.
  • Nietzsche, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. En Obras completas, vol. I. Madrid: Tecnos, 2000.
  • Sloterdijk, Peter. Crítica de la razón cínica. Madrid: Siruela, 2003.
  • Lacoue-Labarthe, Philippe & Nancy, Jean-Luc. El mito nazi. Valencia: Pre-Textos, 2006.
  • Ortega y Gasset, José. El tema de nuestro tiempo. Madrid: Espasa Calpe, 1923.

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