La inmortalidad y su descontento: algoritmos, identidad y el sentido de la vida

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Introducción

En nuestra era de inteligencia artificial y tecnologías exponenciales, el antiguo sueño de la inmortalidad ha resurgido con una confianza científica renovada. Desde los intentos de Silicon Valley por subir la conciencia a la nube hasta las empresas de biotecnología que buscan detener el envejecimiento, se nos dice que la muerte pronto podría ser opcional. Pero detrás de este optimismo se oculta un inquietante conjunto de supuestos sobre la vida, la identidad y el sentido. Para explorarlos, recurrimos al historiador Yuval Noah Harari, al filósofo Daniel Dennett, a la imaginación literaria de Jorge Luis Borges y al desafío existencial planteado por Friedrich Nietzsche. Cada uno ofrece una visión única sobre nuestras aspiraciones de inmortalidad, y juntos revelan que la búsqueda de la vida eterna podría enmascarar una incomodidad filosófica más profunda.

¿Los organismos son algoritmos? El reduccionismo computacional de Harari

“Los organismos son algoritmos”: con esta frase impactante, Harari resume la tesis central de Homo Deus¹. Según él, los sentimientos, las decisiones e incluso la conciencia se reducen a cálculos bioquímicos. En una charla que acompaña el libro², describe a un mono contemplando una banana: evalúa la distancia, calcula el riesgo de depredadores, sopesando su hambre. Harari concluye que estas decisiones, al ser sistemáticas y orientadas a resultados, deben ser de naturaleza computacional.

Pero la analogía simplifica en exceso. Mientras que un algoritmo en ciencias de la computación es una serie de instrucciones paso a paso sobre entradas definidas, emociones como el amor o el duelo no se encuadran fácilmente en tales términos. Describir el hambre como un algoritmo es abstraerla de su dimensión corporal, contextual y cultural. Este recurso retórico ofrece una ilusión de claridad, pero carece de precisión científica. Corre el riesgo de aplanar la riqueza de la experiencia vivida, reduciéndola a líneas de código.

Dennett y el “yo” subible

Daniel Dennett lleva esta lógica aún más lejos. En una entrevista reciente³, especula que podría, en principio, ser subido digitalmente: “Podría ser inmortal mediante una copia completa de software de mí mismo. Esto es posible en principio; para los modelos lingüísticos grandes, es posible de hecho”⁴. La implicación es impactante: si la mente es software, entonces la identidad es portátil. Como un archivo, puede copiarse, almacenarse y reiniciarse.

Pero, ¿qué quiere decir Dennett con “yo”? ¿Se trata de un patrón de respuestas, un banco de memoria, un estilo lingüístico? Un modelo como ChatGPT puede imitar rasgos de personalidad, pero carece de experiencia subjetiva. Ser “yo” no es simplemente procesar información de forma familiar; es habitar un cuerpo, olvidar y recordar, equivocarse, envejecer. Una copia de software puede preservar datos y comportamiento, pero no puede replicar la existencia del ser.

Además, mientras que los modelos lingüísticos están diseñados para la reproducibilidad, los humanos se definen por su finitud. Nuestros recuerdos se desvanecen, nuestras células se deterioran y nuestras identidades se moldean por la erosión del tiempo. Subir un “yo” no es escapar de la muerte, sino generar un simulacro: un fantasma en la máquina sin ancla en la vida.

De la posibilidad tecnológica al aviso literario: Borges y el colapso del sentido

La visión especulativa de Dennett encuentra un inquietante contrapunto en la literatura. En el sobrecogedor relato de Borges El inmortal, el protagonista bebe de un río sagrado y se une a una sociedad de seres eternos⁵. Estos inmortales, sin embargo, no están elevados: son apáticos, errantes y carecen de propósito. Sin la muerte para definir la vida, cada acción pierde urgencia, y cada momento se funde con el siguiente. Con los siglos, la identidad se disuelve. Se olvidan los nombres. Incluso Homero se vuelve irreconocible.

La intuición de Borges es profunda: la mortalidad no es un defecto, sino una condición del sentido. Sin la presión del tiempo, el arte, el amor y la ética se debilitan. Cuando nada termina, nada importa. El cuento no concluye con un triunfo, sino con una renuncia: el protagonista anhela la muerte y bebe de otro río para recuperar su mortalidad.

Nietzsche: ¿amor a la vida o miedo a la muerte?

Donde Borges dramatiza el peso de una vida interminable, Nietzsche interroga nuestra actitud hacia la existencia misma. Su concepto del eterno retorno plantea una pregunta estremecedora: ¿podrías desear que esta vida, con todas sus alegrías y tormentos, se repita eternamente?⁶ Si no, argumenta Nietzsche, no afirmas verdaderamente la vida. La resientes.

Este resentimiento, cree Nietzsche, se disfraza como anhelo de trascendencia. No buscamos vivir más, sino evitar el sufrimiento. Anhelamos la inmortalidad no por amor a la vida, sino por miedo a la muerte. Pero decir “sí” a la existencia—abrazarla plenamente, sin condiciones—es convertirse en un verdadero Ja-Sager, un afirmador. Todo lo demás es una negativa disfrazada.

Las búsquedas modernas de eternidad digital resuenan con este resentimiento. Queremos nuestras mentes sin nuestros cuerpos, nuestros recuerdos sin nuestro dolor, nuestras vidas sin deterioro. Pero esta afirmación selectiva es un rechazo de lo real. El desafío nietzscheano atraviesa el corazón del utopismo tecnológico: ¿podemos amar la vida tal como es, o solo tal como la imaginamos mejorada?

Conclusión: el sentido de una vida mortal

El organismo-algoritmo de Harari, el yo subible de Dennett, el inmortal de Borges y el eterno retorno de Nietzsche convergen en una paradoja: la inmortalidad puede ser técnicamente posible, pero filosóficamente ruinosa. Si vivir es computar, el sentido se evapora en la abstracción. Si el yo puede copiarse, la identidad se vuelve ilusión. Si la vida no termina, el propósito se diluye. Y si deseamos la eternidad solo para evitar el dolor, estamos rechazando la vida misma.

Quizá, entonces, nuestra mortalidad no sea un fallo a superar, sino el fundamento mismo del valor. Afirmar la vida no es extenderla indefinidamente, sino abrazar sus límites. Debemos tener cuidado con lo que deseamos: al tratar de escapar de la muerte, podríamos renunciar a la vida.

References

  1. Yuval Noah Harari, Homo Deus: A Brief History of Tomorrow (Vintage, 2017), p. 83.
  2. Yuval Noah Harari, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=4ChHc5jhZxs&t=1487s
  3. Daniel Dennett, AI for Good Global Summit, Geneva, 2023.
  4. Daniel Dennett, YouTube interview: “Can We Be Immortal?” AI for Good, https://www.youtube.com/watch?v=JTg3SFZLts8&list=WL&index=1.
  5. Jorge Luis Borges, “El inmortal”, en El Aleph, (Penguin, 2004).
  6. Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, (1974), §341.

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