La firma en la era de la IA: Derrida, el arte y la paradoja de la autenticidad

A Pair of Sneakers. In the style of Van Gogh. AI image

Introducción

La obsesión contemporánea por verificar la autenticidad —sea mediante pasaportes, escáneres biométricos, tokens en blockchain o certificados firmados— resuena con una paradoja que Jacques Derrida identificó hace décadas. En Firma, acontecimiento, contexto (Signature Event Context, 1972/1988), Derrida sostuvo que una firma solo funciona si puede repetirse: “Un signo escrito porta en sí una fuerza que rompe con su contexto, es decir, con la colectividad de presencias que organizan el momento de su inscripción” (1988, p. 9). En otras palabras, la posibilidad misma de reconocimiento depende de la iterabilidad—la capacidad de una marca (trace) de reproducirse en otro lugar, separada de su origen. Este principio socava la noción de una originalidad pura. En tiempos de arte generado por IA, deepfakes y objetos digitales coleccionables, la intuición derridiana adquiere un aire inquietantemente profético.

Marcas e identidad

La identidad siempre se ha ligado a marcas externas. Para probar quién soy, presento documentos con firmas, fotografías o huellas digitales. Estos símbolos de unicidad operan únicamente porque pueden ser cotejados con copias almacenadas en otro sitio. Derrida insiste: “La forma significante debe poder desprenderse de la intención presente y singular de su producción” (Firma, acontecimiento, contexto, 1988, p. 9). Esta lógica desestabiliza aquello mismo que asegura: el yo auténtico.

La identidad artística funciona bajo la misma paradoja. El “toque” del artista —la pincelada, el trazo, la mancha— se toma como evidencia de presencia, aunque el cuerpo del creador esté ausente del lienzo. La connoisseurship decimonónica, representada por Giovanni Morelli, buscaba identificar pintores mediante la repetición inconsciente de formas como orejas o manos. Freud, fascinado por Morelli, comparó este método con descifrar los lapsus del inconsciente, aludiendo a la memoria como una “pizarra mágica” (Wunderblock) que conserva huellas debajo de su superficie borrable. Derrida desarrolla esta noción en La escritura y la diferencia (L’écriture et la différence, 1978/2001), donde enfatiza que la identidad se construye a partir de “impresiones psíquicas repetidas” (p. 211). Tanto en el arte como en la vida, el yo se escribe en una serie de marcas iterables, nunca idénticas, siempre diferidas respecto de sí mismas.

El toque del artista en la era digital

La paradoja de la repetición se intensifica en el ámbito digital. Las imágenes generadas por IA imitan estilos con una precisión desconcertante. Una composición en Midjourney puede aproximarse al trazo de Van Gogh o a las geometrías de Mondrian. Pero si el valor del estilo radica en sus marcas repetibles, ¿la replicación algorítmica invalida o prolonga la autoría?

La noción derridiana de iterabilidad ilumina el problema: “La iteración altera, contaminando la pura repetición con diferencia” (Limited Inc, 1988, p. 40). Cada copia conlleva una desviación, aun cuando reclama fidelidad. El llamado “original” ya era iterable, ya estaba marcado por la repetición. En este sentido, el arte generado por IA no crea un nuevo dilema, sino que revela la inestabilidad que siempre estuvo allí. El aura del toque artístico se desplaza hacia un conjunto de datos, pero la estructura permanece: identidad mediante huellas repetibles, nunca idénticas.

La misma tensión surge en los debates sobre los NFTs. Una obra digital, infinitamente reproducible, adquiere “autenticidad” solo a través de un certificado criptográfico. Aquí, nuevamente, la copia autentica al original, invirtiendo la jerarquía tradicional. Lo que se vende no es la imagen misma, sino la marca de propiedad adjunta, una firma. El esquema derridiano reaparece: la autenticidad está garantizada precisamente por la posibilidad de duplicación.

Zapatos, fetiches y sneakers

Derrida ilustra la inestabilidad de la atribución en su ensayo Restituciones de la verdad en la puntualización (La vérité en pointure, 1978/1987), donde critica las lecturas opuestas de Heidegger y Meyer Schapiro sobre los zapatos de Van Gogh. ¿Eran botas campesinas o el calzado urbano del pintor? Cada interpretación proyecta una narrativa imposible de anclar en la obra misma. Los zapatos resisten una identidad definitiva, permanecen en un espacio liminal entre interior y exterior, utilidad y fetiche.

Este ejemplo resuena hoy en un lugar inesperado: la cultura de las zapatillas deportivas. Las sneakers, al igual que los zapatos de Van Gogh, acumulan significados más allá de su función. Las ediciones limitadas de Jordans o Yeezys derivan valor de marcas de autenticidad: logotipos, estampas, certificados. Sin embargo, estos signos son falsificados de manera constante, lo que exige complejos sistemas de verificación. Plataformas como StockX emplean etiquetas digitales y registros en blockchain, pero su autoridad descansa, en última instancia, en la repetibilidad de las marcas que intentan asegurar.

Las sneakers ejemplifican así lo que Derrida describió: “La iterabilidad altera, y esa alteración no es un accidente sino la estructura misma de la repetición” (Limited Inc, 1988, p. 40). El deseo de autenticar revela que la originalidad nunca estuvo sola; siempre dependió de huellas iterables estructuralmente inestables. Como objetos fetiche, las zapatillas muestran cómo el valor cultural circula a través de marcas cuya fiabilidad nunca es absoluta.

Pensar sin caja

En la conclusión de La verdad en pintura (1978/1987), Derrida destaca los umbrales —zapatos, marcos, puertas, cuerpos— que difuminan la línea entre dentro y fuera. Estas zonas liminares encarnan lo que la deconstrucción expone: que las oposiciones binarias (auténtico/falsificado, original/copia, interior/exterior) no se sostienen. El sentido se produce en la inestable interacción entre esos polos.

En la era digital, donde la IA puede replicar firmas e imágenes, y donde los NFTs funcionan como certificados de presencia para archivos inherentemente reproducibles, la lección derridiana es clara. La identidad, la autoría y la autenticidad no son esencias estables, sino efectos de huellas iterables, siempre suspendidas entre repetición y diferencia.

Más que lamentar el colapso de la originalidad, podríamos abrazar el espacio abierto por la deconstrucción: un espacio donde la creatividad y la interpretación se emancipan del mito de la pureza. Pensar, como sugiere Derrida, “sin caja” es reconocer que las estructuras que utilizamos para estabilizar el sentido son ellas mismas trazas provisionales.

Conclusión

Desde las firmas en cheques hasta las pinceladas de Van Gogh, desde la pizarra mágica de Freud hasta los NFTs y la verificación de sneakers, la paradoja de la identidad siempre ha descansado en marcas repetibles. Las reflexiones de Derrida sobre la trace y la iterabilidad iluminan una cultura en la que lo auténtico se autentica únicamente a través de la duplicación. En una época de inteligencia artificial y reproducción digital, la lección no es que la originalidad esté muerta, sino que nunca fue absoluta. Lo que persiste es el juego de la différance: la identidad como una marca siempre repetida, nunca idéntica a sí misma, siempre ya abierta al otro.

 

Referencias

Derrida, J. (1989). La escritura y la diferencia (P. Peñalver, Trad.). Anthropos. (Trabajo original publicado en 1967)

Derrida, J. (1997). Firma, acontecimiento, contexto. En J. Derrida, Limited Inc (A. López, Trad., pp. 7–29). Cátedra. (Trabajo original publicado en 1972)

Derrida, J. (1997). Limited Inc (A. López, Trad.). Cátedra. (Trabajo original publicado en 1988)

Derrida, J. (2001). La verdad en pintura (D. A. Sobral, Trad.). Paidós. (Trabajo original publicado en 1978)

Freud, S. (1976). Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. XIX). Amorrortu.

Morelli, G. (1980). Principios de crítica de arte (L. López-Ballesteros, Trad.). Istmo. (Trabajo original publicado en 1890)

Van Gogh, V. (1886). A Pair of Shoes [Óleo sobre lienzo]. Van Gogh Museum, Ámsterdam.

 

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