La doble vida de Derrida: entre el activismo y la burocracia
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| Jekyll y Hyde. AI art |
Pocos pensadores del siglo XX han dividido tanto la opinión como Jacques Derrida. Celebrado como el padre de la deconstrucción, se convirtió en una figura de referencia para movimientos intelectuales radicales, especialmente en el mundo angloamericano. Sin embargo, como observó Jonathan Rée en su reseña Metaphor and Metaphysics: The End of Philosophy and Derrida, Derrida encarna una contradicción llamativa. A veces aparecía como una voz política incendiaria, atacando los cimientos del pensamiento occidental y llamando a su transfiguración. En otros momentos parecía un consumado burócrata, dirigiendo organismos subvencionados por el Estado y desarrollando una carrera indistinguible de la de cualquier otro filósofo académico. Esta dualidad —profeta radical en el extranjero, profesor burócrata en casa— define la “doble vida” de Derrida. Lejos de ser un detalle incidental, revela tanto los mecanismos de su recepción como la naturaleza fracturada de la subjetividad misma.
El hiperactivista político
En la turbulencia de 1968, Derrida adoptó momentáneamente la retórica de la agitación. Rée recuerda que “en una conferencia en Nueva York ese octubre, Derrida se presentó como un audaz hiperactivista político con el coraje de llamar a Vietnam por su nombre, y sugirió que su obra formaba parte de una transfiguración irreversible de Occidente” (Metaphor and Metaphysics, p. 31, mi traducción). Su conferencia, más tarde publicada como Los fines del hombre, evocaba el temblor de la oikonomia occidental —el propio hogar u orden estructural del pensamiento metafísico—. En una prosa densa y apocalíptica, Derrida proclamó:
“¿No es acaso esta seguridad de lo próximo lo que tiembla hoy, es decir, la copertenencia y copropiedad del nombre del hombre y del nombre del Ser, tal como esta copropiedad habita… el lenguaje de Occidente… y tal como es también despertada por la destrucción de la onto-teología?” (Márgenes de la filosofía, p. 133).
Este pasaje ilustra el registro profético que Derrida asumía ocasionalmente. Para su público en Estados Unidos, lo situaba como el filósofo que se atrevía a llamar a la destrucción de los fundamentos metafísicos, alineando la crítica filosófica con la insurrección política. En los departamentos de literatura inglesa, su nombre se convirtió rápidamente en sinónimo de resistencia contra jerarquías arraigadas.
El académico institucional
Dentro de Francia, la imagen era marcadamente distinta. Rée señala con seca ironía que Derrida “ha podido… seguir una carrera normal y brillante como filósofo académico profesional, y es ahora director de una promoción mitterrandista de la filosofía francesa, el Collège International de Philosophie en París” (Metaphor and Metaphysics, p. 31, mi traducción). Lejos de levantar barricadas, Derrida cultivó funciones institucionales y prosperó bajo el mecenazgo estatal. Mientras Sartre arriesgaba su reputación en protestas públicas y Foucault participaba activamente en movimientos de reforma penitenciaria, las intervenciones políticas de Derrida eran cautelosas y, a menudo, externas —apoyo a disidentes en Europa del Este, por ejemplo, más que movilizaciones en suelo francés.
El contraste es revelador. Sartre fusionaba labor intelectual con activismo militante, Foucault desdibujaba la frontera entre erudición y lucha directa, pero Derrida se movía en la seguridad de los pasillos académicos. Sus logros institucionales fueron considerables: como cofundador del Collège International de Philosophie en 1983, aseguró un puesto permanente financiado con recursos públicos. Difícilmente era este el perfil de un agitador revolucionario.
El sujeto dividido: una lectura lacaniana
Interpretar esta divergencia como simple hipocresía sería reduccionista. Lacan recuerda que el sujeto está siempre dividido, fracturado entre el discurso consciente y la posición inconsciente. El yo no es una unidad, sino una construcción fisurada. El propio Derrida deconstruyó la noción de identidad estable mediante sus conceptos de différance y huella. La aparente disonancia entre agitador apocalíptico y filósofo institucional puede entenderse, así, como la escenificación del sujeto escindido.
En términos lacanianos, Derrida fue ambas cosas a la vez: el significante “Derrida” circulaba internacionalmente como emblema revolucionario, mientras que Jacques Derrida habitaba el orden simbólico de la academia francesa. La distancia entre estos dos Derridas no es un accidente, sino una necesidad estructural. Demuestra cómo la reputación, el discurso y la vida institucional producen versiones múltiples e irreconciliables del sujeto.
Reputación y tergiversación
Rée agudiza este punto cuando observa que “la reputación de Derrida descansa principalmente en el uso de su nombre y de sus obras como punto de reunión… Para muchos, su trabajo es conocido a través de resúmenes simplificados, a menudo idólatras, más que por sus propios escritos —‘el digest de Derrida’, como alguien dijo” (Metaphor and Metaphysics, p. 31, mi traducción). En el extranjero se le celebraba como al filósofo que había demostrado que distinciones como Verdadero/Falso o Bien/Mal eran “insostenibles y reaccionarias”. De esa caricatura se deducía la conclusión de que la filosofía misma, obsesionada con la Verdad, debía abandonarse, y que incluso la crítica literaria necesitaba ser revolucionada a la luz de la deconstrucción.
El Derrida simbólico fue, por lo tanto, menos un autor que un significante flotante: un nombre que reunía esperanzas, temores y modas intelectuales. Sus escritos se volvieron menos importantes que el aura que generaban. Como ironiza Rée, “fuera de Francia, el Derrida apocalíptico sigue vivo” (mi traducción). Dentro de Francia, sin embargo, lo que permaneció fue el profesor mesurado, dirigiendo instituciones y asegurando salarios.
Conclusión
La doble vida de Derrida —hiperactivista en el extranjero, burócrata en casa— capta tanto las paradojas de la reputación intelectual como la inestabilidad de la subjetividad. A diferencia de Sartre o Foucault, no fusionó la filosofía con la política de calle. En cambio, osciló entre la retórica incendiaria y el poder administrativo. Descartar esto como oportunismo sería pasar por alto su sentido más profundo: el sujeto dividido no puede ser de otro modo. La contradicción de Derrida ilustra su propia lección: que no existe un origen, ni un yo unificado, sino huellas y diferencias que rehúsan coherencia. El profeta apocalíptico y el burócrata académico no son dos máscaras que esconden a un Derrida verdadero; constituyen, precisamente, su identidad.
Bibliografía
- Derrida, Jacques. Márgenes de la filosofía. Trad. Carmen González Marín. Madrid: Cátedra, 1994.
- Lacan, Jacques. Escritos. Trad. Tomás Segovia. México: Siglo XXI, 1971.
- Rée, Jonathan. “Metaphor and Metaphysics: The End of Philosophy and Derrida.” Metaphor and Metaphysics, 1983.
- Sartre, Jean-Paul. Situaciones. Madrid: Alianza, varias ediciones.
- Foucault, Michel. Microfísica del poder. Ed. y trad. Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría. Madrid: La Piqueta, 1979.

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