De la confesión a la colaboración: La muerte del artista y la aparición de los LLMs

Confesiones con máscaras. AI art
Introducción

La figura del genio solitario ha perseguido al pensamiento occidental desde el Romanticismo. Según esta visión, la creatividad pertenece a un individuo aislado; sin embargo, muchas formas culturales resisten esa imagen. El género de la confesión, por ejemplo, ya complica la idea de autoría singular:  Agustín se dirige a Dios y al lector al mismo tiempo; Rousseau expone su propia intimidad para la posteridad. Incluso en su registro más íntimo, la confesión nunca es simplemente privada: es colaborativa, un texto estructurado por la presencia de un público.

¿Qué sucede con la figura del creador  individual cuando esa dimensión colaborativa se desplaza de la literatura al arte, la teoría y, finalmente, a las tecnologías del lenguaje actuales?

La confesión y su doble destinatario

Las confesiones encierran una paradoja. Prometen sinceridad, pero su forma es teatral. Rousseau nos cuenta todo, pero lo hace consciente de que está actuando ante futuros lectores. Jacques Derrida, en Circumfession (1993), captó esta tensión: las confesiones no son ni completamente personales ni completamente públicas. Abren un espacio donde la voz privada y la recepción social se encuentran, y donde el autor nunca está solo.

Esta dualidad —el yo que habla consigo mismo, pero siempre ante otro— ya rompe la imagen romántica del escritor como genio aislado. Confesar es, por naturaleza, un acto colaborativo.

La confesión en el arte contemporáneo

Artistas del último siglo XX llevaron esta lógica aún más lejos. Confess All on Video (1994), de Gillian Wearing, situó a voluntarios detrás de máscaras, invitándolos a expresar sus verdades mientras ocultaban sus identidades. Los participantes aportaban el material; Wearing proporcionaba el marco. La autoría se fragmentaba, dispersa entre artista y confesor. El resultado no era un objeto producido por un sujeto único, sino una performance compartida y exhibida al público.

Otros artistas, como Tracey Emin con su carpa Everyone I Have Ever Slept With (1995), difuminaron de manera similar autobiografía y exposición, intimidad y público. El gesto confesional se volvía colaborativo, y su significado era inseparable de la interacción entre hablante, facilitador y espectador.

Barthes y la muerte del autor

El breve ensayo de Roland Barthes La muerte del autor (1967) suele considerarse una ruptura teórica, pero también prefigura lo que Wearing y otros llevarían a cabo más tarde: el desplazamiento de la soberanía del autor. Según Barthes, un texto es “un tejido de citas”; su significado no está asegurado por las intenciones del escritor, sino que se produce en el encuentro de los lectores con el texto.

Barthes desmonta con precisión crítica la imagen romántica del genio solitario. En su perspectiva, cada acto de lectura es una forma de colaboración: las palabras encuentran los contextos de los lectores, y el significado nunca está fijado de antemano. El autor se desvanece; lo que emerge es la red de interpretaciones.

Colaboración con máquinas

Visto desde esta perspectiva, los modelos de lenguaje a gran escala (LLMs) son menos rupturistas de lo que parecen a primera vista. También ellos desestabilizan la imagen del creador solitario. Un usuario proporciona indicaciones, un modelo genera respuestas, un editor o lector interpreta y moldea el resultado. Ningún agente único controla el significado. La dinámica recuerda a los participantes enmascarados de Wearing: se produce el discurso, pero su origen queda oculto y su autoridad se dispersa.

Los críticos suelen recurrir al lenguaje del Romanticismo cuando se resisten a la IA en la escritura. Temen la erosión de la voz individual, la desaparición de la autenticidad, la uniformización del estilo. Pero esta preocupación presupone el mito que la confesión, el arte colaborativo y Barthes ya habían comenzado a desmantelar: que el significado emerge de un creador aislado, en lugar de procesos compartidos.

Conclusión

Desde el doble destinatario de Agustín, pasando por los videos enmascarados de Wearing, el desmontaje teórico del control autoral de Barthes y, finalmente, las prácticas de co-escritura entre humanos y máquinas, la colaboración desestabiliza de manera recurrente al artista solitario. Si este cambio resulta liberador o inquietante sigue siendo una cuestión abierta. Lo que parece claro es que la creatividad ya no reside de manera segura en una única figura: se mueve entre escritor y lector, artista y participante, indicación y modelo. Tal vez siempre fue así, y solo el mito del genio nos hizo pensar lo contrario.

Referencias

  • Barthes, R. (1967). La muerte del autor. Aspen, 5–6.
  • Derrida, J. (1993). Circumfession (G. Bennington, trad.). University of Chicago Press.
  • Rousseau, J.-J. (1762). Confesiones.
  • Wearing, G. (1994). Confess All on Video [Video/Exposición].
  • Emin, T. (1995). Everyone I Have Ever Slept With 1963–1995 [Instalación en carpa].

 

 

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