De la reproducción a la generatividad: actualizar a Benjamin en la era de la IA
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Introducción
Cuando Walter Benjamin publicó La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1935/36), captó un umbral decisivo en la historia de la cultura: el momento en que la obra dejó de existir exclusivamente como objeto único y aurático para ingresar en el dominio de lo reproducible. La fotografía y el cine no se limitaron a multiplicar las obras; transformaron las condiciones mismas del arte, socavando la singularidad del original. El análisis de Benjamin se ha vuelto canónico, un punto de referencia para pensar la relación entre tecnología, estética y política. Sin embargo, la historia no concluyó donde él la dejó. En nuestro tiempo, el auge del software inteligente y de la inteligencia artificial generativa anuncia un nuevo desplazamiento histórico, en el cual la reproducción se reconfigura en generatividad: una producción de “copias sin originales”.
La genealogía de la reproducción
Para los griegos, la reproductibilidad era limitada: fundición en bronce o terracota, acuñación de monedas. La mayoría de las obras —pinturas, esculturas— permanecían irreductiblemente únicas. La Baja Edad Media introdujo la xilografía, que hizo reproducible el arte gráfico por primera vez. La imprenta extendió este principio a la literatura, inaugurando una revolución que Benjamin trató como un caso particular de una lógica más amplia de la reproducción.
Desde allí, las tecnologías se aceleraron. El grabado y el aguafuerte ampliaron la reproducibilidad de las imágenes durante el Renacimiento. La litografía, a inicios del siglo XIX, resultó revolucionaria: los artistas podían dibujar directamente sobre piedra, produciendo impresiones con una rapidez y flexibilidad inéditas, incluso al ritmo de los periódicos diarios. La fotografía de mediados del siglo XIX superó a la litografía al eliminar por completo la mano del artista. Bastaban el ojo y la lente, y la reproducción podía seguir el curso mismo de los acontecimientos. El cine añadió movimiento y sonido sincronizado, inaugurando los medios de comunicación de masas modernos. La grabación sonora, a su vez, convergió con estos avances, llevando a Paul Valéry —citado por Benjamin— a profetizar un mundo en el que los contenidos audiovisuales serían tan disponibles como el agua o la electricidad.
Hacia 1900, por tanto, la reproducción no solo había transformado la circulación del arte, sino que se había convertido en un proceso artístico en sí mismo. En la fotografía y el cine, la reproducción ya no era secundaria respecto al arte: se había vuelto arte.
Más allá de la reproducción: el umbral de la IA
Si la genealogía de Benjamin culminaba en la fotografía y el cine, nuestro presente introduce un estadio cualitativamente nuevo. La inteligencia artificial generativa ya no reproduce un original. Más bien, fabrica artefactos sin origen, obras que no presuponen una existencia previa, sino que emergen de patrones extraídos de innumerables huellas de datos. Si la reproducción técnica democratizó el acceso al arte, la generación algorítmica disuelve la propia distinción entre original y copia.
Esta mutación señala una ruptura en el marco de Benjamin. La reproducción implicaba siempre una referencia a un origen, aunque solo fuera para socavar su aura. La generatividad produce sin tal referencia. En este sentido, las imágenes, textos y sonidos generados por IA no son copias, sino simulaciones que colapsan la lógica misma de la originalidad. Son instancias de lo que podría llamarse un arte sin origen.
Derrida y la arche-écriture de la IA
Aquí resulta decisiva la noción de arche-écriture (escritura originaria) de Jacques Derrida. En De la gramatología (1967/1997), Derrida desestabiliza la jerarquía metafísica que privilegia la voz como presencia sobre la escritura como representación. La escritura no es una inscripción secundaria, sino un proceso originario de différance: un juego interminable de huellas sin origen puro.
El arte generado por IA resuena con esta lógica. Cada obra no es la reproducción de una presencia originaria, sino un tejido de huellas, una iterabilidad sin origen. En este sentido, la transición de la reproducción a la generatividad refleja el desplazamiento derridiano de la metafísica de la presencia. La obra deja de ser emanación de un origen —genio, inspiración, objeto material— y se convierte en manifestación de la pura huella, de una différance algorítmica.
Conclusión
Benjamin previó cómo la reproducción transformaría el arte al erosionar el aura de la unicidad. Hoy, el software inteligente lleva esta historia más lejos: no solo se disuelve el aura, sino que colapsa la lógica misma del origen. Lo que surge no es arte reproducido, sino arte generativo; no copias de originales, sino obras sin origen. En este nuevo horizonte, la genealogía benjaminiana converge con la crítica derridiana de la metafísica. La era de la generatividad es la era de la arche-écriture, donde la obra no es otra cosa que el juego de las huellas, infinitamente iterable y sin comienzo.
Referencias
- Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (2.ª ed., A. Brotons Muñoz, Trad.). Editorial Ítaca. (Obra original publicada en 1936)
- Derrida, J. (2012). De la gramatología (C. Ceretti, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1967)
- Valéry, P. (1999). Piezas sobre el arte (Vols. 1–2, J. Cortázar, Trad.). Editorial Losada. (Obra original publicada en 1931–1945)

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